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Mi Esquina Socrática

La República que nunca hemos entendido (Parte 3)
Fecha de Publicación: 24/10/2016
Tema: Historia
 
El concepto de “República” que habría de ser definitivamente depurado –al menos en el Occidente– para el último tercio del siglo XVIII tuvo su momento cumbre durante el periodo por todos muy conocido de la Ilustración.
 
“¿Qué es la Ilustración?”, se preguntó Immanuel Kant. En pocas palabras, él se respondió a sí mismo: la liberación del hombre de servidumbres que él mismo se había impuesto.
 
Por eso sus contemporáneos no menos “ilustrados” del siglo XVIII también se creyeron los hombres más dichosos de la historia civil de Occidente. Incluso el símbolo que algunos interpretaron como el más apropiado para tiempos tan paradisíacos fue el del busto risueño de Voltaire esculpido por Houdon un hombre, al fin, según ellos, libre de todas las supersticiones del pasado. Tanto optimismo nos había sido inédito por lo menos desde los tiempos de la Atenas de Pericles…
 
La “Libertad” personal fue el tópico del momento durante la Ilustración. Elocuentemente a ella dedicó el poeta romántico Federico Schiller su “Oda a la Alegría” a la que habría de poner música medio siglo más tarde nadie menos que Ludwig Van Beethoven y convertir así ese arrebato lírico de un poeta “ilustrado” en el himno nacional para toda la Europa de hoy.
 
Esa “Ilustración” del siglo XVIII fue simultáneamente el momento psicológicamente más optimista y confiado en la historia del ímpetu republicano. No en balde, así hubo también de servir de marco histórico al ideal republicano más exaltado a ambos lados del océano atlántico: la idea del Progreso.
 
Tal entrelazamiento entre libertad y progreso se llegó a constituir en la promesa más exaltada de la Ilustración. Una promesa, sin embargo, de cariz emocional más que intelectual, que llevó a los “Ilustrados” en su imaginación a construir un armónico templo laico, al estilo de los griegos, y cuyas columnas habrían de simbolizar la República, la Libertad individual, el Progreso y la Alegría. El verdadero Partenón del culto racional del hombre por el hombre.
 
Nos creímos así individualmente de veras los nuevos dioses de un nuevo Olimpo, absolutamente liberados de todo aserto que no descansara sobre la roca infalible de las ciencias experimentales. Pues todas las tradiciones, a fin de cuentas, ya habrían sido probadas como meras supersticiones.
 
Por fin, estábamos de vuelta al Paraíso, pero esta vez solo en aras de la Razón, sin ninguna necesidad de un Crucificado que nos allanara el camino de vuelta a la inocencia bíblica de Adán y Eva. Y, encima, todo se debería exclusivamente a nuestros progresivos esfuerzos intelectuales y morales por hacer de esta tierra, y solo de esta tierra, el hogar racional definitivo para nuestra felicidad humana. Por eso Hegel, pocos años más tarde, hasta se atrevió a enlazarnos dialécticamente con la Divina Providencia… y Karl Marx se lanzó a hacerlo conquista social para todos los hombres del futuro.
 
Pero también este Paraíso encerraba sus serpientes, que nos mordieron sucesivamente los talones desde el periodo del Terror de la Revolución Francesa, al momento que más nos enloquecía el delirio de sabernos tan “Ilustrados”…
 
Y despertamos.
 
Y nos han mantenido despiertos las demás mordeduras, como las “villas miseria” de los comienzos de la Revolución Industrial, y de las luchas de clases que de ellas se derivaron, más los nacionalismos suicidas abiertos cual fauces asesinas en las trincheras de dos guerras mundiales, sumado el holocausto nuclear ensayado en Hiroshima y Nagasaki…
 
Y entonces volvimos, resignados, la vista hacia más atrás ya sabidos de que no todo lo que brilla es oro. Y rebuscamos entre las cenizas del ayer pre-“Ilustrado” aquellos más sobrios de la Ilustración escocesa y, de aquella otra “Revolución” Gloriosa de 1688, inspirada en el sereno pesimismo sobre lo humano de John Locke.
 
Ese pensador inglés (1632-1704) hubo de constituirse en nuestro verdadero salvador republicano de las catástrofes a las que nos conducía la soberbia ilustrada. Vinieron otros después como el Barón de Montesquieu, y un suizo alocado pero genial que respondía al nombre de Jean Jacques Rousseau. Pero el más sólido y genuino de todos ellos permaneció siéndolo Locke.
 
En sus dos Tratados de gobierno sentó las bases para lo que habría de ser la práctica republicana de los pueblos anglosajones: un Constitucionalismo escrito sobre la roca de la división entre manos diferentes y recíprocamente suspicaces de los poderes soberanos.
 
Aquí conviene hacer resaltar un punto con frecuencia olvidado por los grandes tratadistas del ámbito de la lengua francesa: Locke partía del supuesto de que el hombre era una criatura “caída”, y no, como lo pretendió Rousseau un “noble salvaje” cuyos primeros impulsos son siempre moralmente benévolos. ¿El salvaje bueno frente al corrupto civilizado?... Sí, repetía con entusiasmo Juan Jacobo porque nuestra naturaleza es ultimadamente buena, y lo del pecado original un mito y la rebelión satánica que supuestamente le precedió otra ficción ridícula.
 
Sin embargo, de todo ello se ha concluido contemporáneamente que la Inglaterra de Locke devino la verdadera cuna de la Libertad republicana moderna, mientras que la Francia de Rousseau lo ha sido de toda democracia republicana radical. Porque para Rousseau el equivalente moral del Gran Satanás de la tradición era en el racionalismo toda desigualdad social entre los hombres, dado que entre desiguales el mejor situado siempre termina por aprovecharse del peor posicionado. Ese sería, si se quiere, el verdadero pecado original para la razón del ilustrado. Terminemos, pues, de una vez por todas, concluía Rousseau, con las manifestaciones de toda desigualdad social, para ingresar en el inefable mundo de los iguales entre sí y por la misma razón libres y fraternos.
 
Dos rumbos hacia la República ideal: el del pesimista cristiano (Locke) y el del optimista neopagano (Rousseau).
 
Bajo esas dos inspiraciones diferentes la sangre hubo de correr casi al mismo tiempo en Europa y en América para asegurarnos la anhelada República ideal.
 
Los héroes anónimos del día fueron los masones. Trabajaron en secreto porque sentían muy cerca los pasos de animal grande de la censura drástica de los reyes absolutos o de la Iglesia Católica. Por eso nos heredaron hasta el día de hoy las dos vertientes republicanas: aquella del Gran Oriente de Paris, radical e intolerante, o aquella e más auténticamente ilustrada y civilizadora del rito escocés. En todo caso, nadie como ellos se constituyó en el auténtico guardián en secreto de las genuinas convicciones republicanas. Y también de la independencia política de todos los Estados americanos.
 
Pero la lucha en Europa se hacía más estruendosa al filo de la guillotina, mientras en nuestra América al humo de los arcabuces de los independentistas.
 
Y con resultados no menos disímiles: en Europa, válidos hasta 1914 del orgullo colonial, y en América, en cambio, impulsados por el espíritu de emprendimiento de los emigrados de todas partes.
 
Lo que se hubo de traducir a sistemas de división de poderes a los que no habría de temérsele, según distribuciones territoriales, unitarias o federales.
 
La figura más interesante para entender la realidad de todo ello fue la del francés Alexis de Tocqueville (1805-1859), con su opus magnum “La democracia en América”.
 
Este aristócrata intelectual decidió trasladarse a tierras americanas por unos pocos años para estudiar a fondo el fenómeno americano. Y concluyó que la Constitución escrita de los Estados Unidos garantizaba mejor la limitación y la separación entre los poderes soberanos de la República que las de Europa. Y como consecuencia de todo ello, que lo voluntario predominaba en la sociedad civil, no lo coactivo deliberadamente del Estado.
 
Lo cual, según él, hacía potencialmente de cada inmigrante europeo pobre, pero algo ilustrado, en América, un potencial empresario exitoso sobre la base del trabajo libre y de la cooperación voluntaria para la solución de los problemas comunales.
 
Con una vergonzosa excepción: la esclavitud de los africanos en el suelo libre de América, que queda para otra ocasión.
 
Francis Fukuyama, en uno de sus últimos libros, “El fin de la historia” (1992) parece darle el triunfo definitivo a la tesis de Tocqueville. Según él, la vía republicana ya no es sujeto de discusión sino de adhesión segura a su verdad.
 
Lo que nos lleva a preguntarnos qué tiene de incontrovertible en nuestros días ese modelo constitucional de los Estado Unidos de América.
 
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