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Mi Esquina Socrática

La República que nunca hemos entendido (Parte 2)
Fecha de Publicación: 21/10/2016
Tema: Historia
 
“República” en sentido estricto, como la vivió el sistema político de la Roma pre imperial, venía a significar un sistema de división simultanea de poderes autorizados a recurrir al uso de la fuerza. Los romanos parecieron reconocer implícitamente que todo poder coactivo es lo más difícil de administrar con justicia y lo más peligroso para el bienestar de cada cual.
 
Pero desde la época de los grandes caudillos militares romanos Mario y Sila, unos cien años antes de Cristo, el fantasma de la difunta monarquía de los etruscos empezó a rondar entre los cónsules y los generales victoriosos ominosamente. Y hasta Julio Cesar pareció casi haberlo logrado del todo y fue por ello ajusticiado por un grupo de patricios senadores leales a la tradición republicana en el 44 antes de Cristo. De todas maneras, el fantasma monárquico se hizo a su brutal asesinato más perentorio, y un siglo después, tras la transición de Octavio el “Augusto”, Tiberio hubo de ser el último caudillo elegido de entre las filas de los senadores.
 
Pero la República de hecho, que no de nombre, había muerto.
 
De un simbolismo mucho más intenso, por esos mismos tiempos se habría de dar a conocer por todo el mundo mediterráneo que un niño misterioso acababa de nacer en Belén de Judá.
 
Lo que me trae directamente al tema de Religión y Política.
 
En el mundo faraónico y en el de los demás sistemas de monarquías absolutas en la Mesopotamia y, más hacia el Este, hacia la India y aun la China, el poder supremo político del Estado coincidía en las mismas manos que el poder divino de los dioses. Todo ser humano respondía sumisamente a una única autoridad suprema tanto respecto de las cosas de la vida en este mundo como en las del más allá, que ellos se imaginaban de premios y castigos de colores muy diferentes para cada cual.
 
La autoridad era simplemente absoluta, sobre todo lo visible e invisible.
 
El Cristianismo hubo de significar el más revolucionario de los rompimientos en ese orden de cosas. La autoridad última, según se desprendía de toda esa transvaluación de todos los valores políticos y sociales, era una para los asuntos y afanes de este mundo y otra, esencial y misteriosamente diferente, para la dispensación de premios y castigos en el otro.
 
El espíritu republicano en el entretanto se disipó del todo durante los siglos siguientes a la decadencia y caída del Imperio, seguida muy de cerca de la muy prolongada anarquía del feudalismo. Solo el llamado césaropapismo se impuso por unos años en el Oriente cristiano. Hasta el “mare nostrum” romano se hendió en dos riberas permanentemente hostiles entre sí a partir de la conquista árabe de la ribera sur.
 
Pero aquella “idea” axial de dividir el poder coactivo del Estado entre manos diversas y recíprocamente suspicaces quedó sumergida pero no del todo olvidada en el inconsciente colectivo de las culturas subsiguientes que más o menos querían ser identificadas como al menos romanísticas.
 
Ése fue el telón de fondo para la emergencia, a veces en extremo caótica, de las repúblicas italianas durante la baja Edad Media.
 
A todo ello ayudó decisivamente lo que Harold Berman llamó acertadamente la “Revolución Gregoriana” en su famosa investigación sobre la trascendencia del peso revolucionario del pontificado de Gregorio VII (1073-1085). No dispongo aquí de espacio para analizar ese monumental estudio del profesor de Harvard, “Law and Revolution”, publicado por primera vez en 1983. Pero sí puedo, al menos, aludir a lo más convincente.
 
Desde Gregorio VII cada individuo cristiano europeo quedó en su mundo geográfico ante dos autoridades simultáneas supremas: La del Papa de la Iglesia Universal (“católica”) y el Emperador del Sacro Impero Romano Germánico. La segunda podía cortar la cabeza de quien le desobedeciera, pero la primera disponía de una espada espiritual terriblemente más eficaz: la que separa al hombre de la vida eterna en Dios.
 
Este sirvió de punto de inflexión radical, el Sitz im Lebem, para aquellas nacientes Repúblicas mediterráneas, desde Génova a Venecia. En cada una de esas ciudades la actividad mercantil llevaba a dos contabilidades: una temporal para los príncipes y caudillos al que estaba sujeto, y otra espiritual que respondía a los decretos de Sumos Pontífices, Concilios Ecuménicos y Obispos. O sea, se hallaban todos obligados a rendir cuentas simultáneamente a magistrados seculares y a prelados eclesiásticos.
 
Paradójicamente, esa doble tributación habría de reconocérsele mucho más tarde como el punto de arranque de la libertad moderna. Pues el hombre, por primera vez, habría de escoger en ocasiones particularmente severas entre una autoridad u otra.
 
También en la cotidianeidad de los mercados gremiales, y por supuesto de los enfrentamientos pandilleros, se hicieron visibles en aquellas ciudades amuralladas de Italia cismas y lealtades que al hacerse del poder local se identificaban alternativamente como seguidores del Papa o del Emperador. Quienes le reconocían al Papa la última palabra eran llamados “güelfos”, y quienes creían lo mismo en el Emperador eran etiquetados popularmente de “gibelinos”.
 
Lo esencial era que por costumbre el bando ganador pedía ventajas y privilegios o al Papa o al Emperador pero en beneficio de toda la República, y así acumularon libertades que los hicieron a través del comercio los pueblos más libres y prósperos del orbe.
 
A ese periodo de varios siglos de máxima tensión a la cúspide de la Cristiandad también se le conoció al principio como el de la lucha por las investiduras. A mí me interesa en particular porque en ese pulso de siglos, entre emperadores y pontífices, triunfó la Iglesia los primeros tiempos, pero el Emperador al final, la situación que mutatis mutandis tenemos hoy.
 
Ese debate probablemente nunca terminará. Pero al menos su primer efecto importante fue el surgimiento en los siglos XIII al XV de una exitosa burguesía urbana cada vez más opulentas y cada vez más ambiciosa. Primero entre las repúblicas italianas (Florencia, Lucca, Siena, Génova, Milán, Venecia…), y después se hizo extensivo a los industriosos asentamientos comerciales en Flandes, para pasar de ahí a las agresivas ciudades de la Liga Hanseática en el Báltico. Se había establecido el individuo libre y opulento moderno.
 
En aquella época, la Iglesia aún prohibía los préstamos a interés por considerarlos usureros. Pero, astutamente, deudores y acreedores burgueses los disfrazaban como donaciones recíprocas de reliquias de santos o aun de construcciones de capillas y de obras de arte para el culto. La energía que hizo circular prodigiosamente por todos los rincones del mundo conocido el arte del renacimiento.
 
Al final ya se apuntaba a una “República cristiana” al estilo de Tomás Moro y su Utopía. La alternativa, insostenible al largo plazo, era el Príncipe de Maquiavelo. Todo ello hubo de conducir trágicamente a una declaración apasionada de “la libertad cristiana” por un monje agustino de nombre Martín Lutero: El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos.
 
Y a partir de ahí, brotó imparable el torrente de las libertades republicanas identificadas con las virtudes cristianas, pero antes le hubo de preceder todavía por dos siglos otra búsqueda afanosa de “ilustrados” tras la forma más sensata y racional de lograrlo. 
 
(Continuará)
 
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