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Mi Esquina Socrática

La República que nunca hemos entendido
Fecha de Publicación: 29/09/2016
Tema: Historia
 
A propósito de este nuevo intento de reformas constitucionales que impulsa para el sector justicia el Alto Comisionado de la CICIG, don Iván Velázquez, me pregunto si todos tenemos suficientemente claro lo que en último análisis se pretendería lograr. Vayan unas modestas consideraciones al respecto de la génesis de lo que queremos enmendar a ciegas, según mi muy insólita y poco conocida manera de pensar por estas latitudes. 
 
Pero el título con que inicio estas reflexiones lo creo aplicable con diferentes matices a todas nuestras autoproclamadas repúblicas Iberoamericanas.
 
A nivel popular, se suele entender entre nosotros por República a cada Estado nacional a cuya cabeza figura un ciudadano común y corriente electo por la mayoría numérica de sus conciudadanos, es decir, “democráticamente”, o lo que le es equivalente, el cargo de “Jefe de Estado” no lo ha de ocupar por un imperativo de sangre o de linaje alguno. En otras palabras, que no es un monarca ni rey de sangre supuestamente azul.
 
Por ahí empieza, me permito observar, la serie de nuestras ambigüedades conceptuales al respecto de la “república” cuya Constitución fundante una vez más se pretende reformar.
 
Repúblicas, por ejemplo, y muy funcionales, lo son para mí en contextos diferentes y muy lejanos el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, al igual que las monarquías constitucionales de los países escandinavos, o las de Holanda, Bélgica y España, o inclusive los son todavía hoy los hasta los imperios milenarios dinásticos de Marruecos y Japón.
 
Por el contrario, “monarquías” muy autoritarias, y en algunos casos absolutas, las constituyen los sistemas políticos totalitarios que simultáneamente se proclaman “republicas”. Por ejemplo, el de la Corea del Norte, el de la Cuba actual, o el de Zimbabwe. Por lo tanto, el concepto genuino de “República” que pretendo reconocer aquí muy poco tiene que ver con el hecho de que lo presida ceremonialmente por herencia una testa coronada, por un lado, o un muy plebeyo dictador por el otro.   
 
Esa prejuiciosa interpretación tan generalizada entre las masas de que el concepto de “república” implica en su esencia la supresión de un monarquía hereditaria y por consiguiente que la jefatura del Estado ha de ser ejercida por un ciudadano común y corriente, la creo producto del grosero afrancesamiento de nuestra cultura hispánica durante todo el siglo XIX.        
 
En efecto, la monarquía hereditaria fue abolida en Francia, primero provisionalmente con la proclamación improvisada de una “República” en 1793, en pleno periodo del Terror, y de la consiguiente decapitación de los reyes borbónicos Luis XVI y María Antonieta, pero de una manera permanente hasta el día de hoy a partir de la abdicación del emperador Napoleón III en 1871.
 
Inclusive, ese patrón pareció coincidir históricamente con la experiencia romana clásica. Pues “República” habían llamado los romanos al sistema político por el que empezaron a regirse en el año 509 antes de Cristo, luego de la violenta deposición del último de sus reyes etruscos, Tarquino el Soberbio. Los inexpertos romanos de aquel momento hubieron de improvisar otro sistema sin reyes hereditarios y lo llamaron “república”, es decir, “acerca de la cosa pública”.
 
Sin embargo, ésa ha devenido en forma superficial y ahora arcaica para referirnos a lo que de veras queremos apuntar. Porque entre aquella experiencia romana y las nuestras se interpuso en el siglo XVII entre los filósofos de la “Ilustración” una versión nueva de “república”. En ello influyó sobre manera el “ius commune”, heredado del mundo germánico medieval, durante el que hubo de surgir la famosa “Carta Magna” en 1215, en Inglaterra.
 
Desde allí arrancó el nuevo énfasis en lo “republicano”, es decir, la sujeción del Rey –en aquella ocasión Juan sin Tierra– a la costumbre que entrañaba incipientemente el principio fundamental de lo que más tarde reconoceríamos como el de  “la división de poderes”: “la voz del pueblo es la voz de Dios”. El rey no podía desde aquel caso en adelante imponer impuestos sin haber escuchado previamente a los nobles del reino que nominalmente eran los únicos supuestos a pagarlos.
 
Esa decisiva prescripción hubo de ser permanentemente reconocida al sistema parlamentario inglés con la “Revolución Gloriosa”, de 1688. Desde ese momento quedó consagrado el principio de que el poder de imponer tributos estaría para siempre reservado a los representantes del pueblo, esto es, el parlamento. Maravilloso avance. Que habría de ser seguido por muchos otros más hitos de progresivo empoderamiento del pueblo.    
 
En realidad, de hecho, eso mismo había sido lo logrado por los romanos desde la instauración de su República. La división de poderes había emergido aceleradamente en la Roma republicana, cuyo poder soberano quedó así constituido: por un Senado compuesto –como lo implica el término en latín– de “ancianos” encargados exclusivamente de legislar, un cónsul alternativo, por mes, responsable de administrar y ejecutar, y unos tribunos que representaban a la “plebe” con la única pero decisiva potestad de vetar cualquier proyecto de legislación que ellos creyeran contrario a los intereses populares. Muy significativamente, el hacer justicia quedó como una función pública respaldada por el Estado, pero no de gobierno. Los jueces así, retuvieron su plena autonomía de la legislación positiva, guiados en cambio por la inveterada costumbre, en especial según lo habían plasmado jueces anteriores en el tiempo con sus sentencias basadas en casos análogos del pasado. En otras, palabras todo juez también tenía que atenerse a los precedentes de las sentencias de otros jueces en casos supuestamente análogos. Mucho más tarde, también ellos habrían de inspirarse en principios generales del Derecho natural.
 
Sería éste hasta nuestros días el aporte más importante de la civilización clásica romana a la cultura universal.
 
Sobre aquellos hombros, de senadores, cónsules y tribunos quisieron los romanos que descansara la dirección y administración de la cosa pública, de todo aquello que concernía por igual a todos, más allá del estricto ámbito de la familia, de su propiedad privada y de sus contratos y obligaciones voluntariamente incurridos. Elocuentemente, también entre lo privado entonces estaba incluida toda la esfera de los delitos y de sus sanciones, porque las “costumbres” y no las leyes positivas, permanecía el recurso último para hacer justicia a todos.
 
Desde otro ángulo, ésta vez muy griego y no menos genial, conceptualizó esa misma realidad republicana un griego por nombre Polibio, natural de la Macedonia clásica y llevado por la fuerza a Roma como rehén, para garantizar, junto al destierro de otros aristócratas macedonios, que sus compatriotas no se levantarían en armas contra la reciente conquista romana.
 
Sus vivencias intelectuales más importantes las tuvo durante su forzada residencia en el periodo glorioso de la Roma de los Escipiones, unos dos siglos antes de Cristo.
 
Polibio trajo consigo a Roma sus “prejuicios culturales” propios de la Hélade, “como habría dicho Gadamer”. Entre ellos estaban incluidos los propios de la visión cíclica que de la historia tenían los helenos y así, según ellos, todo ordenamiento político se iniciaba siempre con un rey o monarca a la cabeza del pueblo, que supuestamente gobernaría para el bien de todo. Pero que con el tiempo, dada la condición humana degeneraba su monarquía en una tiranía, es decir, en el gobierno desviado hacia el beneficio de solo uno, el rey. 
 
Siguiendo la misma versión griega, los mejores y más fuertes ciudadanos (“áristoi”) se rebelaban entonces contra el tirano y lo deponían. Había llegado el turno de la aristocracia, que lo hacía mejor que el monarca mientras tenían en cuenta el bien de todos. Pero por la misma insuficiencia de la naturaleza humana, otra vez ellos acababan con el paso del tiempo por gobernar sólo en provecho de sus propios intereses. El turno de una oligarquía. Otra vez se rebelaba la masa de ciudadanos contra ese injusto orden y se instauraba a su turno un nuevo orden, la democracia, es decir, el gobierno de los más. Pero lamentablemente con el tiempo también la mayoría terminaba por esquilmar injustamente a la minoría. De nuevo otra rebelión de las masas en busca de un salvador, y se regresaba al principio, al gobierno de uno solo, del de la monarquía. Que habría de reiniciar inevitablemente el mismo ciclo decepcionante anterior.
 
De esta última visión pesimista de la historia y de su respuesta con la “republica”, algo diré en la entrega siguiente.
 
(Continuará)
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