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Mi Esquina Socrática

¿Periodismo para todos?
Fecha de Publicación: 12/09/2016
Tema: Prensa

La revolución informática ha llegado para quedarse.

El mundo hoy es muy otro del de medio siglo atrás, como el Nuevo Mundo también fue muy otro del Viejo Mundo del que zarparon los tres galeones de Cristóbal Colón en su primer viaje a lo desconocido, más allá del océano Atlántico.
Las redes sociales nos han atraparon entre sus mallas y no hay vuelta atrás. Hoy podemos conversar a diario tanto con el vecino en nuestro barrio y sin alzar la voz como con el desconocido humano que vive entre las cumbres del Himalaya o los llanos de cualquier rincón tropical. Y podemos hacerlo unas veces en castellano y otras veces en un inglés chapurreado, pero nos entrelazamos como si estuviéramos todos cara a cara. 
Uno de los innumerables cambios que esta revolución ha significado para todos es el reemplazo de la lectura de los libros y de la prensa diaria por la del correo electrónico no menos diario. Tan monumental es este cambio que nos resulta muy difícil caer en la cuenta plena de su trascendencia al largo plazo.
Y también es ello válido para los participantes en las redes sociales de la entera humanidad. 
Regresamos inadvertidamente a la intimidad coloquial que, según Marshall McLuhan, caracterizara toda vida humana en la aldea ancestral. O como lo han descrito otros: la distancia ha muerto.
Lo que me lleva a esta otra reflexión: la prensa escrita tal como la hemos conocido durante los últimos tres siglos agoniza competitivamente, y hasta las bibliotecas empiezan a tornarse rincones polvorientos de museos actualizados. Por lo que me permito imaginar su posible ampliación a los nuevos mundos que el emprendimiento humano llegue a descubrir fuera del planeta.  
Un mundo inédito de veras para todos nosotros, nuestros hijos y nietos.
De ahí que mi preocupación prioritaria en este momento se haya vuelto una: en ausencia de la prensa escrita, ¿con qué podríamos reemplazarla? 
Hoy por hoy, las llamadas “redes sociales” aún no nos entregan la cantidad y la calidad de la información que ayer nos llegaba por medio de tantas vías excelentes escritas y de revistas periódicas a cuya rigurosidad periodística también ya nos habíamos acostumbrado.
Ahora nos inunda, y hasta nos sofoca, otra marejada sin pausa de datos valiosos acompañados de muy pobres opiniones, no en cuanto de hechos confirmados, encima, las más disímiles e incongruentes. Falta educación estrictamente periodística entre las masas de comentaristas gratuitos. Porque nuestra conversación en la redes está en caída libre de calidad de manera insultante y caótica, como lo acaba de señalar Cesar García.
¿Habrá solución alguna?
Estoy convencido de que sí. 
Porque el mundo moderno también tardó siglos de ensayos y errores hasta que empezamos a disponer de informaciones más completas con que nos obsequiaron diarios de renombre y agencias internacionales de noticias. Proeza sobresaliente a partir también de las vivencias de innumerables viajeros intelectuales que nos llevaron a entender mejor este mundo tan plural que Ciro Alegría calificara de “ancho y ajeno”. 
Como ayuda oportuna a lo que nos querían entregar tantos elegantes comunicadores surgieron a principio del siglo XX las Escuelas de Periodismo. Yo pasé por una de ellas en La Habana cuando los cubanos libre y justificadamente aún sonreían. Se nos insistía en aquel entonces a los estudiantes que nuestra formación como futuros periodistas habría de incorporar en castellano el molde anglosajón de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York. 
Allí aprendí, antes de cumplir mis primeros veinte años, lecciones en comunicación muy valiosas para mí. Por ejemplo, que el valor supremo a la cabeza de la escala de valores de un comunicador social habría de ser necesariamente un culto sin concesiones a la Verdad objetiva, esto es, a la verificable por cualquiera. Y que por eso, toda afirmación o negación acerca de algún hecho o persona tenía que ser pulida y repasada una y otra vez, hasta no dejar rastro para la duda ni de ambigüedad o vaguedad que pudiera ser mal interpretada por un lector.
Nunca lo he olvidado, aunque no siempre lo haya sabido llevar a la práctica.
Tras esta tan mentada revolución informática de estos momentos, ¿cuánta objetividad escrupulosa y cuánta claridad conceptual podemos esperar del torrente incesante de correos personales o de referencias a eventos muy lejanos que nos llegan por vía digital?
En la Universidad Marroquín discutimos desde hace algún tiempo acerca de la posibilidad de montar una como “escuela de periodismo” masiva para todos los usuarios de la redes sociales, pues constituiría un aprovechamiento de las experiencias acumuladas por los periodistas profesionales, aunque a un nivel, en este caso, intermedio entre la licenciatura y la maestría tal como ambas son entendidas hoy.
En este caso, el programa de estudios podría de ser ofrecido por la vía presencial o la virtual a un tiempo. Y la práctica para los alumnos podría girar en torno a la edición diaria de informaciones escrupulosamente filtradas por ellos mismos.
Para esto último, un catedrático podría fungir de director de información –lo más importante–  y otro de director de redacción, que incluiría la sección editorial –o de opiniones.
Tal empeño podría erigirse con el tiempo en un modelo a seguir para todos los interesados en comunicación virtual. Inclusive se podría ampliar del castellano al mundo de habla inglesa a través de convenios de cooperación entre universidades muy acreditadas.
A partir de ahí podríamos incluso formar a los estudiantes en una práctica abierta de ese periodismo audaz que hoy llamamos “investigativo”.
Otra lección que he aprendido durante el decurso de mis años y viajes es que la calidad de los medios informativos es directamente proporcional a ciertos sitios geográficos en donde se concentra la toma de decisiones económicas y financieras de mayor trascendencia. Es decir, a mayor peso de las decisiones a tomar mayor necesidad de estar bien informados. Eso explicaría el hecho reiterado de que la mejor prensa siempre haya florecido en centros urbanos protagonistas en ese mundo estrictamente de las opciones y transacciones de las bolsas de valores de mayor influencia mundial, léanse Nueva York, Londres, Paris, Fráncfort, Milán o Tokio.
Un programa académico de esa índole nos sería muy provechoso a todos los demás, no solo para aquellos que pudieran escoger el reportaje y los análisis correspondientes como su principal medio de vida. Así nos evitaríamos, sea dicho de paso, tantos asiduos “informantes” en las redes sociales que nos aturden con sospechas y conjeturas ramplonas, superfluas y aun calumniosas y en un vocabulario muy poco por encima del de las cantinas. 
En una palabra, éste sería un proyecto muy civilizador de gran envergadura, aunque ello nos pueda costar siglos de ensayos y errores.
Veremos si esta visión logra superar en este caso, y desde Guatemala aún más, la inercia natural de las mayorías hacia todo cambio, pues tal transformación en los medios requerirá de muchos esfuerzos, de muchos fracasos, de mucha perseverancia, de mucho autocontrol ético y de sentido de obligación moral a respetarnos los unos a los otros.
Muchas gracias a quienes reenvían los artículos de Pi o los distribuyen por las redes sociales. Si desea hacer un comentario, este será bienvenido en delatorre@ufm.edu