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Teorema

Un modelo equivocado
Fecha de Publicación: 01/09/2016
Tema: Gobierno
 
El presidente Morales retiró su propuesta de aumentar los impuestos del Congreso. Algunos periodistas especulan sobre si la presentará de nuevo, después de algunas modificaciones. Estoy seguro de que no lo hará. Es más, creo que tampoco repetirá esa experiencia en lo que resta de su gobierno. Salió demasiado maltrecho esta vez.
 
Cambiar el esquema tributario se ha convertido en una acción recurrente. Algunos gobiernos lo han hecho más de una vez durante su gestión. Los pobladores requieren certeza sobre cuándo y cuánto se debe pagar, detestan el comportamiento errático, les incomoda el permanente cambio de reglas fiscales, les importa un carajo lo que diga el BID, el BM, la Embajada, la CICIG y otras entidades parecidas. Las empresas se inhiben de planificar a largo plazo; temen nuevos cambios y sorpresas.
 
Los argumentos esgrimidos recientemente por las autoridades para pedir mayores tributos a la población, ya habían sido utilizados antes, y más de una vez. Ningún funcionario, por inepto, incapaz o incompetente que haya sido, ha dejado de exculpar su aturdimiento, torpeza o inutilidad con el argumento de falta de recursos. Hasta Rabbé, el inexcusable, cuando fue Ministro de Comunicaciones recibió el sistema vial en las mejores condiciones de su historia; a pesar de ello, dijo en una oportunidad que no podía mantener en buen estado las carreteras por insuficiencia presupuestal.
 
Algunos periodistas y otras personas influyentes en la opinión pública de nuestro país, en mi opinión de muy buena fe, han caído en una ficción lógica que se resume en el razonamiento: si aumentaran los ingresos fiscales, entonces mejorarían los servicios públicos. Ya en el error, y sobre esa base, dan declaraciones o escriben artículos asegurando que con esos fondos:
 
  • Se crearían más juzgados y se contrataría a más jueces; la justicia estaría mejor servida.

 

  • Las comisarías ofrecerían condiciones de vida dignas a los agentes, favoreciendo su desempeño y compromiso con la sociedad. Nunca más faltarían suministros ni gasolina, ni repuestos para las radio patrullas.

 

  • Se construirían nuevas cárceles, mejorando las condiciones de los reclusos.

 

  • Se construirían nuevos hospitales y se elevaría el sueldo de médicos y enfermeras. El mantenimiento y limpieza de las instalaciones sería adecuado y la dotación de alimentos y medicinas para los enfermos dejaría de ser precaria.

 

  • Habría nuevas escuelas e institutos de educación secundaria así como establecimientos técnico vocacionales. Los útiles, uniformes, bolsones y pelotas no volverían a llegar con atraso y la refacción de los niños sería más sana, saludable y abundante. Pero lo más importante serían las mejoras en la calidad de la enseñanza.

 

  • Las carreteras volverían a tener la calidad que tuvieron durante los últimos tres años del siglo pasado; los tramos pendientes de construir, como el de Chimaltenango, se completarían de inmediato

 

  • Se repararían los puentes y nuevos caminos permitirían llegar a aldeas remotas. Y así…
 
En las líneas siguientes trataré de demostrar que lo anterior no sucederá, basado en que no ha sucedido antes. Incluso, me atreveré a sugerir, apoyado en esa evidencia histórica, que tal desarrollo muy difícilmente podría suceder. Que lo que no funciona es el modelo que estamos aplicando.
 
Lo que el pasado enseña es que, si la recaudación tributaria aumenta se produce un mayor gasto del Estado pero ese gasto no se traduce en beneficios que lleguen a la población ni se reducen las graves deficiencias en la infraestructura pública del país; ni en la social, ni en la productiva. El gasto público ha aumentado permanentemente con un crecimiento impresionante. Sin embargo, nuestras dificultades como país permanecen incólumes. La gráfica es elocuente.
 
Como antes ha sucedido muchas veces, al aumentar los ingresos del Estado, aumentan los viajes al exterior y los viáticos adquieren dimensión “digna”. El número de empleados con celular crece; se amplía el número de funcionarios con vehículo blindado, chofer y guardaespaldas. El Estado abarca funciones de muy baja prioridad. En resumen, doquier aumenta la dilapidación y se agiganta la corrupción.
 
La gráfica muestra el gasto público sucedido entre 1970 y 2015. Son 45 años plenos de evidencia contundente del aumento de ingresos. Fue hasta 1979, cien años después de creada la República de Guatemala (1879), que el gasto público superó el primer millardo de quetzales. Transcurrieron 18 años para que en 1997 el presupuesto superara por primera vez los diez millardos.
 
 
 
De allí en adelante, hay que dejar de contar. Durante los 16 años de este siglo, el gasto público ha crecido despiadadamente. El gobierno, se convirtió en una especie de ballena azul, capaz de devorar 40 millones de kriles diarios y ganar 200 libras de peso en un solo día. Cómplice del pasado, los gobiernos siempre piden más al tiempo que cada vez producen menos.
 
 
Las cifras del cuadro anterior, que provienen del Ministerio de Finanzas, expresan con claridad que en los últimos veinte años, el presupuesto de los sectores prioritarios del Gobierno, en promedio, creció siete veces. Por tener máxima prioridad constitucional, pese a haber crecido 11 veces, el presupuesto del Organismo Judicial sigue siendo corto. Sin embargo, queda la duda ¿en qué se invirtió ese crecimiento? ¿Se habrá ido todo en mejores salarios y prestaciones para los jueces y magistrados?
 
La misma duda surge en cada uno de los demás ministerios, excepto el de la Defensa. Ahora los contribuyentes pagamos cada año, para cubrir las prioridades constitucionales, cerca de Q. 24.7 millardos más que en 1995. Para el presupuesto total, estamos pagando 54.5 millardos más que en 1995, cifra que equivale al monto total de la recaudación. La pregunta que nos hacemos los ciudadanos es la misma ¿Qué hacen cada año con tantísimo dinero?
 
Creo que la corrupción solo toma una parte de esa cifra. Lo que el modelo privilegia es el gasto no prioritario. Es la burocracia, son las compras innecesarias. Es la participación en eventos intrascendentes. Son los pactos colectivos y las granjerías para los dirigentes sindicales. Es el amiguismo y la red de influencias. Es la proliferación de viceministerios, secretarías y entidades semejantes creadas en estos 20 años.
 
¿Sabía usted que la presidencia de la República cuenta con 29 secretarías y que la mayor parte de ellas no existían en 1995? ¿Sabe que el secreto mejor guardado en el Gobierno es el número de empleados públicos y su crecimiento cada año? ¿Cómo es que después de haber aumentado en Q. 11 millardos el presupuesto de educación, en el ciclo diversificado menos de 25% aprobó las pruebas de lectura y menos de 10% las de matemática? Ese ministerio ¿para quién trabaja? ¿Lo hace en favor de los niños y jóvenes estudiantes o lo hace en favor del gremio magisterial?
 
El presupuesto del sector de la salud aumentó cerca de Q. 5 millardos al año pero las instalaciones siguen sin recibir mantenimiento; faltan medicinas y materiales; no hay comida para los enfermos; el personal médico y de enfermería es insuficiente... Nuestras carreteras han vuelto a estar llenas de parches; son peligrosas e intransitables; los puentes, ya envejecidos y sin mantenimiento podrían caer. Y así…
 
Ese es el modelo que tenemos, un modelo equivocado, que no funciona. Para alimentar ese modelo de gobierno, los ciudadanos contribuimos con impuestos. Es necesario cambiarlo, eliminar burocracia, remunerar mejor a empleados públicos idóneos y profesionales (en el sentido amplio de la palabra), aumentar la inversión en infraestructura física y en infraestructura social.
 
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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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