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Mi Esquina Socrática

Un adicional dilema ético
Fecha de Publicación: 31/08/2016
Tema: Valores
 
Cada avance de la tecnología se constituye en una nueva pregunta para la Ética: moralmente ¿bueno o malo?, ¿aceptable o intolerable?
 
Así, por ejemplo, sucedió en su momento con la invención de la imprenta en el siglo XV; así también a cada nueva conquista artesanal o industrial desde entonces como el teléfono, la radio, la televisión o, actualmente, las redes sociales vía Internet…
 
Pero también cada una de ellas ha constituido un paso significativo hacia una mayor libertad en cada persona contra cualquier monopolio del poder: por ejemplo, el de los gobernantes soberanos, el de los monopolistas comerciales, o el de los dictadores eclesiásticos…
 
Un ejemplo relativamente reciente a finales de la década de los ochenta del siglo pasado: El avance tecnológico más popular lo constituyó por esos pocos años el fax, un ingenioso aparato impresor que enviaba textos y fotos vía telefónica. Por eso, cuando en 1991 los más reaccionarios partidistas del estalinismo en la Unión Soviética protagonizaron un golpe de Estado contra las reformas democráticas promovidas por Gorbachov y Yeltsin, coparon todos los medios de comunicación tradicionales para anular de cuajo tales reformas. Pero se les olvidó la presencia ya muy extendida del fax. Fue a través de esa novísima invención que el resto del mundo pudo enterarse de lo que sucedía en Moscú a puertas cerradas. El pueblo se lanzó a las calles y en setenta y dos horas el golpe de los marxistas-leninistas más reaccionarios se había venido abajo. Y así dejó de existir la Unión Soviética.
 
Ese incidente me recordó otro parecido de veinte años antes. Cuando los generales franceses a cargo del Ejército en Argelia intentaron un golpe de Estado contra la V República a cuya cabeza figuraba Charles de Gaulle, también olvidaron la reciente introducción en el mercado radial de unos transmisores inalámbricos de bolsillo muy populares al momento entre los soldados. A través de tales aparatillos, la tropa común y corriente pudo mantenerse al tanto de las arengas anti golpistas desde París del Presidente de la República y jefe constitucional de todas las fuerzas armadas, y por ellas rehusaron obedecer las órdenes de sus inmediatos superiores. El golpe se vino abajo en pocas horas.
 
Ahora análogamente cada ciudadano –común y corriente disponemos sin límites de esos nuevos poderosos vehículos que son las redes sociales, última conquista hasta ahora derivada de la tecnología digital –o de la cibernética de la década de los cincuenta del siglo veinte. En unos quince años, esas redes nos han liberado progresivamente a todos de los monopolistas de la prensa escrita y de esa televisión que se nos anunciaba como abierta. Hoy cualquier mozalbete o cualquier agitador irresponsable (léase también cualquier reclutador para el Estado Islámico), así como cualquier calumniador o hasta extorsionista tiene libre acceso por esas llamadas redes sociales al amplio mundo heterogéneo de la Internet y, a su vez, al entero planeta.
 
Pero también los predicadores religiosos, los anunciantes legítimos, los promotores de campañas sociales en pro de la salud tanto física como mental, de la ecología o de la simple expresión política independiente hacen un uso muy benéfico para todos de esas mismas redes.
 
Un mundo nuevo en el que todos nos vemos gradualmente empoderados tanto para el bien o para el mal. La “aldea global” de que nos hablara, el primero, Marshall McLuhan en la década de los cincuenta del siglo pasado.
 
He ahí la raíz de la novedad del problema ético al que aludo.
 
Todavía recuerdo de mi juventud los encendidos debates públicos y privados en torno a la justificación moral de la censura previa, tanto de aquella estatal como de la eclesiástica, sobre los libros, los periódicos y las cintas cinematográficas. Ya hoy, al menos en el Occidente, casi todos damos por supuesto las ventajas de la libre expresión sin previa censura, en el espíritu de aquel agudo comentario de Tomas Jefferson de hace dos siglos: “Entre un gobierno sin prensa y una prensa sin gobierno, me quedo con esta última”.
 
Lo mismo podríamos decir hoy de las redes sociales, con todas sus luces y sombras. El dilema moral se encuentra entre el derecho universal a saber y el no menos universal a la privacidad o intimidad. ¿Cuál es el más importante? Inclusive nuestra legislación penal ya recoge una alusión a ello en la Ley de Acceso a la Información Pública artículo 64:
 
“Quien comercialice o distribuya por cualquier medio, archivos de información de datos personales, datos sensibles o personales sensibles, protegidos por la presente ley sin contar con la autorización expresa por escrito del titular de los mismos y que no provengan de registros públicos, será sancionado con prisión de cinco a ocho años y multa de cincuenta mil a cien mil Quetzales y el comiso de los objetos instrumentos del delito. La sanción penal se aplicará sin perjuicio de las responsabilidades civiles correspondientes y los daños y perjuicios que se pudieran generar por la comercialización o distribución de datos personales, datos sensibles o personales sensibles.”
 
Lo que encierra un dilema más: el crédito bancario, ¿se ha de otorgar a ciegas o con conocimiento de información que en alguna manera incidirá en el no menos sacrosanto derecho a la intimidad o privacidad del que lo busca? He ahí el nuevo dilema. Porque quienes otorgan crédito necesitan saber al máximo de los solicitantes del mismo.
 
Lo más humano de lo humano ha sido siempre, y lo es, ese conjunto jerárquico de principios y valores –o la ausencia de los mismos– en nuestra conducta, por los que nos guiamos a diario.
 
De eso trata precisamente la Ética, tanto la general para todo hombre y mujer como las especializadas en las diversas profesiones: de la medicina, por ejemplo, de la agrícola, de la jurídica, de la comercial, de la ingenieril, o hasta la más universal del hogar, que identificamos como la ética de la familia…
 
Un punto importantísimo que algunos a menudo olvidan es que según la ética todo derecho entraña una obligación correlativa en alguien… Por ejemplo, mi derecho a la libre expresión obliga a los demás a respetarla pero también viceversa. Lo mismo me obliga siempre a ser veraz y respetuoso de los demás.
 
Y un rasgo preocupante de ese fenómeno actual de las redes sociales es la casi total ausencia de normatividad ética entre quienes las abusan, tal vez por lo reciente del sistema y, por consiguiente, de nuestra todavía generalizada inexperiencia moral en el uso de las mismas.
 
Hace unos pocos días pude presenciar una breve discusión académica por un canal televisivo de los Estados Unidos, en torno al aumento notable del odio en ese país dado el trato irresponsable, según los debatientes, que algunos usuarios de las redes sociales hacen de las mismas. De acuerdo con ellos, todo era atribuible en buena parte al carácter anónimo del uso de las mismas, que garantiza al abusador de una impunidad total. Calumniar y bajo un seudónimo, por ejemplo, se nos ha hecho a todos mucho más fácil, pues no hay sanciones efectivas para ello, ni morales ni legales. Eso se ha traducido, en la práctica diaria, en el aumento delictivo de los argumentos ad hominem en los debates públicos, con su habitual secuela de infundios y calumnias. La efectividad amoral de estos últimos se encierra en aquella sabia observación de Voltaire: “Calumnia, que algo de ella siempre queda”.
 
Y es que inconscientemente todo juicio moral deriva de una proyección psicológica como creo que dirían cualquiera de mis amigos psicoanalista Gastón Samayoa o Raúl de la Horra. A mí, y para mi entera sorpresa, se me ha acusado alternativamente por algunos detractores gratuitos de estar a sueldo de la CIA, o del CACIF, o de algún otro grupo sospechoso que agita en las sombras. No me preocupa en absoluto, pero cada vez me pregunto: ¿Será qué ellos, los difamadores, porque tienen permanentemente a la venta sus plumas atribuyen la misma actitud a los demás?...
 
Para despejar de una vez por todas las dudas de mis desconfiados críticos al respecto, les aclaro que estoy sumamente orgulloso de haber tenido un contrato laboral por treinta y nueve años con la mejor iniciativa académica del entero mundo Iberoamericano en el siglo XX: la Universidad Francisco Marroquín. Y que por otros dieciocho lo hice simultánea y subsidiariamente para el Centro de Estudios Militares, a mucha honra.
 
La formación de principios y valores es siempre un proceso muy lento, es decir, intergeneracionalmente, como lo hemos podido comprobar una vez más, por ejemplo, con el tema de la educación vial. Por lo tanto, espero que el sentido de obligación ético a respetar la integridad moral del otro, o de su derecho individual a un buen nombre, terminará por imponerse mayoritariamente entre las generaciones tan desorientadas de hoy. En el entretanto, no nos queda otra que resignarnos a esa creciente conflictividad calumniosa “de peladero”, derivada a su turno de esas magníficas nuevas vías de acceso al bien que nos ofrecen las redes sociales.
 
Porque nunca se nos ha dado un almuerzo enteramente gratis, excepto el de la salvación eterna.
 
 
 
 
   
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