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Teorema

Una reforma fiscal profunda
Fecha de Publicación: 23/08/2016
Tema: Economía
 
Para conducir una Reforma Fiscal Profunda, es preciso seguir un procedimiento que tiene como último paso establecer nuevos tributos o modificar los existentes. Previamente habría que: a) establecer las prioridades del Estado. Definir de qué se va a ocupar, qué es de su competencia y qué no lo es; b) Organizar las entidades que se harán cargo de ejecutar esas funciones prioritarias, minimizando o clausurando las demás c) Decidir sobre los funcionarios que administrarán esas entidades y ejecutarán sus tareas, definiendo las cantidades y cualidades del personal, sus salarios y las instalaciones e insumos que requerirán así como despidiendo al personal innecesario, indemnizándolo d) Cuantificar los costos que signifique tal organización y establecer los impuestos necesarios para sufragarlos.
 
Una Reforma Fiscal Profunda es un tema complejo; requiere la participación de expertos en diferentes disciplinas. Principalmente en ética, filosofía, economía, finanzas, psicología social y política aplicada. Muchos han opinado respecto a la “reforma tributaria” que hoy promueve el Ejecutivo, pero creo que ninguno de ellos maneja todas esas disciplinas.
 
Me temo que ese desconocimiento incluye al Presidente de la República y aún a su brillante Ministro de Finanzas. El gremio de los periodistas de opinión ha ofrecido valiosos aportes, aunque también han sido contribuciones incompletas. Así, se llega hasta los “tanques de pensamiento”. Algunos, especializados en asuntos tributarios, tienen sin embargo graves deficiencias en las otras disciplinas.
 
Quiero argumentar acerca de una observación que subyace dentro de todo lo que, acertadamente ya ha sido dicho, pero no ha sido subrayada ni identificada plenamente: Modificar los tributos es la última y no la primera etapa de un proceso de reforma fiscal.
 
Siempre, por lo menos una vez cada período presidencial, se ha actuado como ahora se pretende proceder: empezar por el final. Esto es, modificar los tributos o sus tasas y obviar el trabajo de análisis previo. Si en vez de ignorar el pasado aprendemos de él se llega a una conclusión por demás evidente: proceder de esa forma (empezar por lo último) conduce al fracaso. Todas las experiencias previas lo confirman, no hay una sola que haya resultado exitosa. Las pomposamente llamadas “Reformas Tributarias” no han sido sino formas alternas de exacción fiscal cuyo único propósito ha sido, como esta vez, aumentar la recaudación.
 
Sus resultados: a) desgastar a los gobiernos; b) empobrecer a los ciudadanos; c) impedir el crecimiento de la economía y el empleo; d) incentivar que aumente la corrupción dentro de la administración pública e) en el corto y mediano plazo, causar nuevas exigencias de más fondos para el Estado. Hoy, estamos ante una nueva versión de lo hecho antes. Y todos sabemos, o deberíamos saber, que haciendo lo mismo solo se pueden esperar resultados semejantes.
 
Personalmente, creo que el gobierno va a desistir antes de llevar sus documentos al Congreso, lo que sería un acto de mínima sensatez. Los diputados están ávidos por congraciarse ante la población; al tiempo, la ciudadanía ya se ha manifestado contundentemente contraria a nuevos tributos. Confío que el Presidente Morales no utilice el recurso de sobornar a los “honorables”, como ya ha sucedido antes, porque esa sería una conducta criminal.
 
Entonces ¿cuál es la conducta correcta a seguir? En primer lugar es muy importante no mentir. Un impuesto es un acto legítimo contemplado en la organización política del país. Pero cuando media la mentira, se convierte en estafa y el Estado se denigra a la condición de vulgar estafador.
 
Hay mentiras evidentes, al menos para la población con mayor educación. Decir que los impuestos van a afectar a los sectores de mayor riqueza al tiempo que serán inocuos para los pobres es mentira. Todos los impuestos a las empresas se trasladan por la vía de los precios hacia los consumidores. Las empresas no pagan impuestos, los recolectan gratuitamente a favor del Estado.
 
Los impuestos los pagan los pobladores; algunos viven al margen de la sociedad de consumo. Quienes nada compran, nada tributan. Pero se trata de una minoría que decrece permanentemente. Otros, una mayoría, son marginales; su nivel de consumo así como su tributación son precarios. Ellos sí se verán afectos y, aunque el ingreso fiscal sería mínimo, para ellos el aumento porcentual sería alto.
 
Tampoco debe abundar con el argumento de que somos uno de los países con menor recaudación. Esa es una ficción estadística propia de los organismos internacionales que se conforman con dividir los impuestos pagados en un año entre el total de pobladores. A lo interno sabemos que, a diferencia de los países de mayor desarrollo, en el nuestro la casi totalidad de la carga fiscal recae sobre menos de la mitad de la población. De corregir el cálculo conforme a lo anterior, la tributación percápita duplicaría la cifra del FMI.
 
También hay mentiras implícitas. Se miente, por ejemplo, al decir que es necesario aumentar la tributación para dotar de medicinas a los hospitales, dar mantenimiento a las escuelas, construir nuevas prisiones, bachear las carreteras, reparar los puentes… La evidencia histórica es implacable. Siempre, cada vez que los gobiernos exigieron más dinero, dijeron lo mismo, hasta usaron las mismas palabras. Los ingresos fiscales crecieron pero el problema de las medicinas, escuelas, prisiones, carreteras, puentes… sigue sin ser resuelto.
 
Personalmente tiendo a pensar que los técnicos del Ministerio de Finanzas y sus asesores que en el pasado impulsaron cambios tributarios, no eran muy diferentes de los de hoy. Unos y otros lo habrán hecho con buenas intenciones. Quienes se apropiaron indebidamente de los tributos de población son otros y de ellos, solo una mínima parte enfrenta hoy los tribunales.
 
Idealmente, los ingresos fiscales debieran aumentar conforme aumenta la producción nacional. Ese sería el más legítimo de los incrementos, uno por el que no protestaría, ni el rico ni el pobre. Si el gobierno aceptara esa premisa, su esfuerzo estaría dirigido a favorecer que crezca la producción en vez de ahuyentarla, a no estorbar con papeleo, burocracia y requisitos. Visto así, una reforma fiscal profunda en vez de buscar aumentar los ingresos se centraría en favorecer el empleo productivo y la actividad económica.
 
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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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