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Mi Esquina Socrática

¿Europa en apuros?
Fecha de Publicación: 05/07/2016
Tema: Política
 
El referéndum británico del pasado 23 de junio que llevó al triunfo mayoritario de quienes prefieren salirse de la Unión Europea ha alcanzado ya casi las dimensiones de un terremoto político en el resto del mundo, como desde aquel más monumental y apoteósico de la caída del Muro de Berlín en 1989.
 
La sorpresa ha sido para todos mayúscula. Pues casi nadie anticipaba que los ciudadanos del Reino Unido se decidirían por un divorcio amigable con la Unión Europea antes que por la permanencia de ese matrimonio político internacional, sobre todo en el Continente y en la cultura que precisamente dio origen a los Estados nacionales hace ya seiscientos años.
 
Desde ese día hemos leído en la prensa de todas partes comentarios más bien derogatorios y aun despectivos sobre los votantes británicos.
 
A mí en lo personal me molesta que una mayoría de los ciudadanos de la democracia más antigua del Occidente sean tan precipitada y fácilmente condenada por una opinión pública en otros países menos avezada a las repentinas sorpresas que suele encerrar todo voto popular. En realidad, la considero encima algo miope desde el punto de vista del respeto que se debe al voto de los más interesados y de los únicos con derecho a ejercerlos: los mismos británicos.
 
Como en todo problema complejo, cada cual tiene su parte de la razón.
 
Pero a mí todavía me resulta prioritaria la de los más directamente afectados, la de los numerosos súbditos de la Unión JACK, lo mismo que siento, sea dicho de paso, acerca de las opiniones de los cubanos sobre los hermanos Castros, tan diferentes a los de tantos ignorantes del resto de nuestra América.
 
Con tal voto negativo (“Brexit”), creo, intentan los votantes recuperar siquiera parte de las libertades soberanas de que gozaron ampliamente, y por siglos, antes de 1975, la fecha de la adhesión del Reino Unido a la Unión Europea.
 
Desde esa fecha, ellos han sufrido un flujo de más de tres millones de jóvenes del Continente que atiborran las aulas de su excelente sistema educativo, sobre todo al nivel universitario, sin que hubieren aportado anticipadamente lo que los súbditos de Su Majestad pagan por vía de impuestos.
 
También se han visto obligados a disputarse hasta con las uñas las escasas oportunidades de mejor vivienda y de atención pública a su salud.
 
Más sutil, parece haberles herido la progresiva desaparición de su distintiva cultura milenaria dado el ingente número de inmigrantes de todas partes del mundo, particularmente los de fe islámica.
 
Se ha mencionado también con cierto desdén que los que han mostrado así sentirse afectados, el 52% de los votantes en favor de la separación de la Unión Europea, son predominantemente mayores de cuarenta años de edad, incapaces, según algunos de tales críticos, de adaptarse racionalmente a los vertiginosos cambios de la era digital.
 
Pero da la casualidad, que esos “mayores” de edad son los únicos que aún pueden retener la memorias de un Reino Unido más autónomo y libre en sus decisiones colectivas. Y quienes mayoritariamente aún mantienen contablemente toda esa sobreestructura social y política del entero pueblo que es precisamente lo que ha atraído a tantos inmigrantes. Y todo ello en la sociedad más tolerante del mundo, que hasta en estos tiempos del terrorismo jihadísta ha electo como Alcalde Mayor de Londres a un musulmán observante.
 
Así mismo, se ha señalado reiteradamente que el nivel de educación de los favorables a permanecer dentro de la Unión es más elevado que el de aquellos que han preferido salirse de la misma. Es esa una carta de dos caras: porque podría argüirse también que por esa razón los obreros que se decidieron por la salida de la Unión muestran haber retenido mucho más del sentido común que los jóvenes utópicos que lo han perdido en la Universidad.
 
Algunos políticos británicos han leído los resultados de la votación de una manera diferente a los de las mayorías. Actitud también respetable. Por ejemplo, la primer ministro de Escocia ya ha aludido a un posible nuevo referendo acerca de la permanencia de su país en el Reino Unido y acompañado del traspaso de su lealtad a la Unión Europea. Lo mismo se diga del movimiento republicano en el norte de Irlanda.
 
Las posibles consecuencias adversas del “Brexit” fuera del Reino Unido son a la inversa de la exclusiva competencia de otros pueblos y de sus respectivos gobiernos, no, por supuesto, del pueblo y gobierno británicos.
 
Esto dicho, creo en general que en teoría hubiera sido preferible la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Pero en una Unión que reflejara los valores de su más distinguida estadista actual, Ángela Merkel, no en la de sus peores representantes: los burócratas multinacionales que crecientemente dictan desde Bruselas ordenanzas tras ordenanzas regulatorias sobre las vidas individuales de todos los miembros de la Unión. Mucho menos los de los irresponsables despilfarradores de Grecia, España, Italia y Portugal.
 
Creo ver también en ese mismo resultado un sutil pero hondo rechazo al Estado al estilo unitario del todopoderoso francés. El Reino Unido es y ha sido de hecho por siglos una república federal, como lo es hoy Alemania, o la Suiza, fuera de la Unión. Opino que de ese federalismo sumergido también se alimentan algunos movimientos separatistas en el Continente como los de Holanda, o sectorialmente el del norte de Italia.
 
Todo eso es respetable y digno de reconocérsele a hombres y mujeres responsables, y de ninguna manera tan criticable como los de otros puntos de vista algo más egoístas y provincianos: díganse de los de aquellos pueblos de menor crecimiento económico e integración social en latitudes remotas al Reino Unido como en los Balcanes. Mucho menos, por el indirecto apoyo que en el “Brexit” puedan leer Vladimir Putin o Donald Trump.
 
De más relevancia mundial son los posibles efectos negativos que pueda encerrar el “Brexit” en la lucha internacional contra el radicalismo islámico. Pero también son superables mediante la coordinación diplomática soberana entre todos los gobiernos interesados, en primer lugar los de los mismos musulmanes.
 
Al fin y al cabo, la OTAN funcionó exitosamente antes de 1975 y así pueden funcionar los otros múltiples arreglos y tratados internacionales de los Estados Unidos con los socios más dispares: la Arabia Saudí o la China continental.
 
Las bolsas de valores de todo el mundo ya se han recuperado del trauma “Brexit” al momento de escribir estas líneas. El apocalipsis financiero no se asoma por ninguna esquina. En todo caso, si nos llega será desde nuestros propios gobiernos arbitrarios, corruptos y despilfarradores, que hemos puesto en el poder con nuestros votos.
 
Y que en el entretanto, la imperturbable flema de los británicos y de su “stiff upper lip” sepan alimentarse de su muy rica y tradicional sabiduría política –que no “santidad” política–, para sobremontar los desafíos del inmediato futuro.
 
En lo que a mi concierne, me resulta todo ello otro evento sobre el que reflexionar y del que aprender.
 
El Reino Unido nos acaba de dar otra lección de que la libertad personal es, a fin de cuentas, lo preferible a todo lo demás.
 
 
 
   
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