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Mi Esquina Socrática

La envidia
Fecha de Publicación: 22/06/2016
Tema: Valores
 
Tristeza por el bien ajeno, o lo que le equivale, una congoja rabiosa porque a otros les va mejor que a uno mismo.
 
Fue el pecado de Caín, pecado tan enorme que San Gregorio Magno lo elevó a la categoría de “capital” porque a su vez es la fuente de muchos otros pecados graves como la calumnia, el robo o el asesinato.
 
Rasgo lamentable de la flaqueza humana en todo tiempo y lugar. Lo más despreciable en nuestra naturaleza pecadora, así como la gratitud, sea dicho de paso, nos es por el contrario lo más ennoblecedor.
 
Y pecado con frecuencia disimulado, pecado artero que preferimos soterrar antes que confesarlo, y que disfrazamos con términos altisonantes de “lucha de clases”, “justicia social”, “patriotismo”, o aun de la “compasión por los débiles”, no menos de esa otra triste vertiente de nuestra naturaleza caída: la hipocresía.
 
De San Ignacio de Loyola aprendí en mi juventud a sofocar inmediatamente cualquier brote de envidia hacia otros por el ingenioso recurso de felicitar públicamente al posible blanco de mi pecado apenas naciente, un recurso de conductismo psicológico muy temprano pero muy eficaz.
 
 Y esta realidad en nuestra conducta puede ser hallada en toda forma de competencia entre iguales, ya sea en el deporte, o en las artes, o en las ciencias, o en los negocios, o en los mismos conflictos armados.
 
El que la envidia brote espontáneamente no es el problema; el que consintamos sí lo es.
 
Es más, el envidioso, por un mecanismo de defensa digno entre nosotros del análisis de un Raúl de la Horra, hasta mata subconscientemente el sentido común, las verdades que hacen posible en primer lugar los triunfos de los por él envidiado: la previsión, la laboriosidad, la disciplina, el ahorro, el cumplimiento indefectible de los contratos…
 
La realidad amarga de los hechos a lo largo de la historia ha sido salpicada sin tregua por la envidia; aunque racionalizada muchas veces a nuestra imagen de nosotros mismos, conjura universal e inconsciente de nuestra psique, a la que tal vez unos seamos más aficionados que otros, pero rara vez del todo inocentes.
 
Por eso resulta tan importante que nadie escape a su posible contrapartida: una vigilancia constante sobre sí mismos en la que habríamos de ser educados desde la más tierna infancia, la forja de una escala férrea de valores morales y de unos principios inclaudicables, para hacer de todo ello el mejor uso posible, es decir, con la menor cantidad de excepciones posibles entre las mismas.
 
Sin olvidar tampoco que no podemos dejarnos deslizar hacia la complacencia en los casos opuestos, cuando somos nosotros los envidiados. En esos casos no nos es lícito olvidar a quienes en último análisis debemos cualquier preeminencia: nuestros padres, nuestros maestros, nuestros familiares, amigos y conocidos, que cada uno a su manera nos hubieren señalado el camino hacia una vida superior. Siempre ese mejor talante, el del humildemente agradecido, hacia todo aquel que nos pudo haber hecho posible cualquier triunfo, de la cuna al sepulcro, porque todos, no hemos de olvidarnos, sin ellos bien poca cosa individualmente valemos.
 
Mis largos años de vida me han hecho identificar cada vez con mayor facilidad ese virus casi siempre hipócritamente agazapado que es la envidia hacia cualquiera que nos haya superado en buena lid.
 
Estas reflexiones algo abtrusas me vienen a la mente cada vez que trato de explicarme algún fenómeno político que me resulta de todas menaras al final siempre ininteligible. Entre estos, destaca uno al que rara vez otros mencionan: el de esa siempre para mí injustificable saña que exteriorizan activistas sociales de izquierda a todo lo largo y ancho de nuestra Iberoamérica, contra los militares profesionales que los derrotaron tras haber escogido ellos mismos la vía de la confrontación armada. Y no por la normal indignación ante supuestas violaciones de derechos humano, sino simplemente porque les ganaron la partida.
 
Un poco de historia silenciada puede ayudar:
 
La República de Cuba asaltada mediante un golpe de Estado por Fulgencio Batista en 1952, sufrió la era de corrupción pública más opulenta y grosera en la historia de ese país, muy parecida a la que se ha vivido aquí durante los gobiernos de Álvaro Colóm y Otto Pérez Molina.
 
Lo que se ha ponderado menos es la relación de todo ello con el pecado de la envidia. Batista aprendió a disfrutar de las mieles del poder que siempre había envidiado en otros, electoralmente, por primera vez en 1940, a hombros de una Coalición Socialista Democrática que incluía al Partido Comunista cubano.
 
Hipotéticamente se proponía a desplazar entonces a la burguesía liberal millonaria y eficiente de los treinta años anteriores.
 
En realidad, instaló en el poder “una nueva clase”, en palabras de Milovan Djilas, con más hambre de lujos y privilegios que la que casi siempre habían envidiado a la alta burguesía. Fidel Castro, que se contaba como un miembro más entre esa “nueva clase”, inició a su turno, un cuarto de siglos después, otra insurrección en contra de la misma clase social a la que él pertenecía, y repetir de nuevo la historia de las anteriores.
 
Al principio acompañado de un grupo de ingenuos desharrapados que, sin embargo, dos años después hubieron de llegar victoriosos al poder.
 
¿Cómo se les hizo posible?
 
Porque se enfrentaron a un ejército desmoralizado, de hombres en absoluto dispuestos a arriesgar sus vidas a beneficio de los corruptos.
 
En enero de 1959, toda nuestra América despertó a la noticia de aquel puñado de jóvenes vengadores que otrora menospreciados y ahora victoriosos y aun sorprendidos ellos mismos, desfilaban por las calles de la Habana entre los vítores de una inmensa muchedumbre que detestaba no menos que ellos la corrupción imperante de Batista y los suyos en el poder.
 
Pero ello fue muy pobremente entendido en el resto de América, también en Guatemala. Y por eso se multiplicaron los ilusos a lo “Che Guevara”, que, además, se autoproclamaban “Comandantes” militares sin tener ni idea de lo que ello significa.
 
Al paso de los años, todos fracasaron.
 
A los guerrilleros que se habían imaginado superiores a los militares porque muchos provenían de las aulas universitarias, les resultó al final un espejismo fatídico. En Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Colombia, El Salvador y Guatemala, fueron uno tras otro vencidos por sus respectivas fuerzas militares nacionales, orgullosas de su misión y ciertamente mejor entrenados que ellos.
 
Solo la Nicaragua de los podridos Somozas logró acercarse aparentemente al precedente cubano, pero de una manera insólita que equivalió a la más infamante de las derrotas: Ortega se hizo una reencarnación de Anastasio Somoza y de sus métodos.
 
De ahí la envidia que corroe a esa izquierda una y otra vez superada, que se traduce a ese encono implacable contra los distintos cuerpos latinoamericanos de militares victoriosos en la guerra.
 
Para mí, Néstor Kirchner ha sido, tal vez, el más repugnante de todos ellos. Y por aquí, en Guatemala, también unos cuantos asalariados desde Europa y Norteamérica -y en estos momentos alineados con el gobierno de Barack Obama y su representante, Todd Robinson-, persisten en un juicio por un genocidio que nunca ocurrió, y en el encarcelamiento injustísimo del Alto Mando militar que los venció.
 
Aunque quizás todo ello dure solo hasta el próximo enero…
 
Envidia, envidia, cuantos crímenes atroces se cometen por tu causa…