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Mi Esquina Socrática

El error radical del feminismo
Fecha de Publicación: 09/06/2016
Tema: Interacción Social
 
El error radical del feminismo, que no es otro que exactamente el mismo del machismo: la simplificación de lo complejo para apropiarse de privilegios que no tienen sentido.
 
Días atrás fui invitado muy gentilmente por figuras destacadas de la política nacional a una conferencia que dictaría una catedrática de ciencias políticas de la Universidad Rafael Landívar alrededor del tema: “La mujer y la política”.
 
Fue una presentación muy bien hecha aunque con demasiada pasión para mis expectativas académicas. Por supuesto, su “corrección política” del momento hubo de concluir a favor de la debatida propuesta de la paridad numérica entre hombres y mujeres en el Congreso de la República.
 
La expositora, muy preparada y también muy atractiva, dejó entrever que sinceramente creía hacer un gran favor a sus hermanas de género con su defensa de la paridad. Yo me permití sugerirle en privado que más bien tendía a empeorar, por supuesto sin quererlo, el mal trato a la mujer.
 
Algo de lo mismo intenté introducir primero entre el público asistente, mayoritariamente femenino, aunque me pareció que con muy escaso éxito. Aparentemente, la mayoría de las damas asistentes a esa conferencia daban a priori por indiscutible lo beneficioso para todas ellas de una paridad numéricamente abstracta entre hombres y mujeres en todas las esferas del poder político, sobre todo en el Congreso. Hasta alguna me miró de reojo mientras murmuraba algo sobre los explotadores masculinos de siempre, incluida la inevitable alusión a la derecha ideológica y a la gloriosa lucha armada en su contra.
 
Nada nuevo para mí, porque ya en los Estados Unidos tuve amplia ocasión de bautizarme en esas lides al debatir tópicos parecidos en relación a mujeres, algunas muy brillantes, muchos temas relacionados en torno a las asimetrías del poder, sobretodo del económico, entre hombres y mujeres.
 
También creo haberme familiarizado durante mis largos años de vida académica con los muy discutibles razonamientos de ambos extremos, del machismo y del feminismo. Pero en ese caso particular me apenó la ingenua buena fe de las señoras y señoritas que aplaudieron en repetidas ocasiones toda condena o reproche al sexo opuesto que, decía con sarcasmo mi abuelo materno, se había creído siempre el sexo fuerte.
 
En particular, le insistí después a la distinguida disertante el simplismo de sus abstracciones, ajeno por completo a la historia, a la evolución biológica, a la cultural, a los logros fallidos de hombres y mujeres, y a ese espíritu ferozmente competitivo presente en la especie humana forjado a lo largo de millones de años en la lucha por la supervivencia del más apto. También eché de menos siquiera una alusión al fermento positivo en la cuestión de “género” que significó la irrupción del Cristianismo. Ni tampoco un resumen ponderado de lo que ha significado el ascenso gradual de la mujer, y de las clases medias en general durante la época contemporánea, es decir, desde los inicios de la Revolución Industrial hace apenas tres siglos.
 
Todavía mucho menos, una alusión a la importancia, tan prioritaria, sin embargo, para cada mujer, que no para cada varón, del dilema a escoger entre las vocaciones al trabajo doméstico, es decir, en el hogar, o al trabajo remunerado en la calle. No me interesa tanto que actitud tengan al respecto, pero si por cual terminen por decidirse.
 
El tema de la paridad como recientemente introducido al debate nacional, cual un sueño utópico de justicia entre los sexos, lo veo como enteramente contraproducente en especial para las mujeres que están a su favor. Porque toda paridad, así como toda cuota numérica por decreto, termina en último análisis por dañar aún más a quienes se pretende favorecer.
 
Esa forzada presencia femenina en el Congreso según las aleatorias proporciones de género sexual del momento, no tendría absolutamente nada que ver con los logros competitivos de cada persona atribuibles a su inteligencia o a su virtud. Sería algo así como disponer que en las competencias deportivas a todos se les reconociera un derecho a llegar a la meta con la condición de hacerlo al mismo tiempo que todos los demás. Espejismo propio de dementes que, encima, provocarían un resentimiento inextinguible entre quienes no necesitasen de esa regla para llegar entre los primeros...o entre las primeras.
 
Del hombre por naturaleza se ha esperado siempre que sea el defensor y el proveedor de su familia, y de la mujer la nutridora de los cuerpos y de sus almas. Inclusive anatómica, fisiológica y mentalmente parecemos condicionados para complementarnos según esos rasgos.
 
Hoy, como casi siempre ha sido en mayor o menor grado, muchas mujeres ayudan al hombre a cumplir con sus funciones principales para bien de toda la familia; y algunos hombres, a su vez, hasta se atreven cada vez más a apoyar a las mujeres en la suyas domésticas. El mundo cambia. Pero, en ese último caso, tropezamos todos en sociedad en la actualidad con el problema para mí ingente, el número uno de nuestra sociedad contemporánea: el de la creciente deserción paterna. Y las feministas, por cierto, no parecen reparar suficientemente en la importancia trascendental de esa triste realidad, pues se conforman con reclamar para sí, simultáneamente, el derecho exclusivo y excluyente a abortar a sus propios hijos.
 
Ahora imaginemos mujeres sin vocación alguna para la política, obligadas por decreto a militar entre las filas partidistas para llenar el requisito de la paridad. Entonces veríamos que tenderán instintivamente a privilegiar con prebendas políticas a maridos e hijos, porque en todo el mundo animal no hay furia mayor que la de una madre que defiende a los suyos. Por eso, con la mentada paridad en vez de solucionar un problema de estricta justicia lo complicaríamos inmensamente.
 
Esto me lleva a otra consideración: el monopolio del poder coactivo en manos de los gobernantes ha sido, y es, un potro salvaje muy difícilmente domesticable por los humanos. Y la evidencia histórica lo confirma con los excesos y errores que suelen cometer quienes por primera vez acceden a él. Nuevos héroes, por ejemplo, nuevas masas de ciudadanos, nuevas clases sociales…
 
Recuérdese que las mujeres accedieron al voto en los Estados Unidos hacia 1920, después de un siglo de marchas, asambleas ruidosas, y disgustos intramaritales en pos de ese privilegio ciudadano de poder votar por sus autoridades. Y lo primero que hicieron las inexpertas señoras y señoritas con esa valiosa herramienta del voto fue imponer por su peso numérico la prohibición absoluta del consumo de alcohol. Fue un “noble experimento”, como se ha dado en llamarle, pero terriblemente desastroso. Ese fue el caldo de cultivo de la mafia. Trece años después hubo de ser fatigosamente eliminada esa enmienda atolondrada de la Constitución americana.
 
Hay mucha mujer herida; también algunos hombres. Pero la solución de ninguna manera radica en introducir al político bajo las sábanas de la cama de los esposos.
 

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