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Mi Esquina Socrática

Guatemala progresa a pesar de tantos agoreros
Fecha de Publicación: 10/05/2016
Tema: Guatemala
 
Siempre me repugna, como la primera vez, el lloriqueo feminoide de los innumerables críticos de Guatemala, sobre todo los de esos extranjeros, predominantemente europeos, que no pagan impuestos aquí. Pero no menos el de los nativos, que viven o aspiran a vivir solo del erario nacional, o también de las salpicaduras de las limosnas que les llegan del Norte de Europa y del Norte de América.
 
He sido testigo de la vida diaria en Guatemala por cuarenta años y opino diametralmente lo opuesto de esos mal informados y arrogantes agoreros.
 
Por el contrario, me resulta evidente, que este tan pequeño y criticado pueblo guatemalteco progresa sin grandes descalabros nacionales. Solo son de lamentar, más bien, retrocesos parciales y coyunturales, como, por ejemplo, los provocados por la violencia guerrillera hace unas décadas, o los de la corrupción intermitente del sector público a partir de Jacobo Árbenz a nuestros días.
 
Todo lo contrario: los eventos tan publicitados que se originaron en abril del año pasado me han significado más energía para mi optimismo realista. Quizás porque vengo desde fuera, mi óptica, al final, la creo más desinteresada y objetiva.
 
¿A qué atribuir lo realista de mi visión particular?
 
En último análisis, al espíritu emprendedor de muchos guatemaltecos, que se me hace obvio al largo plazo.
 
Y esto, a su vez, ¿a qué podría atribuirlo? El indicio más sugerente es que el Estado se mantiene todavía razonablemente pequeño: solo un 10.2% del PIB. Y ojalá así continúe.
 
Que conste que preferiría idealmente que se mantuviera entre los márgenes del 4 al 5 por ciento, como ocurrió en Inglaterra durante las primeras décadas de la Revolución Industrial, o en los Estado Unidos durante el Boom posterior a su destructiva y sangrienta guerra civil de cuatro años.
 
Pero aquí, como en el resto del planeta, los políticos se sienten presionados por sus electores a gastar, y gastar, cuando quieren perpetuarse en disfrutar de las mieles, a ratos bien amargas, del poder. Léase Otto Pérez y Roxana Baldetti o Álvaro Colom y Sandra Torres.
 
El sector privado de Guatemala ha sido, y es, el motor productivo de su progreso, cosa que ni aprecian ni respetan los moscones parasitarios que revuelan en torno a lo que ellos perciben como poder o dinero: el presupuesto nacional.
 
En verdad, reitero que esa fuente productiva de progreso es simplemente atribuible a los hábitos empresariales de muchos guatemaltecos desde muy jóvenes, ya sea en el sector agrícola, el comercial o el industrial. A veces, aquí como en muchas otras partes, hasta terminan por contagiar a los soñadores de paraísos utópicos, como le ocurrió a Eduard Bernstein, el padre de la Social Democracia en Europa.
 
Políticamente, ese espíritu de trabajo arriesgado se ha venido acelerando desde la década de los cincuenta, una vez superado aquel sueño autoritario y dogmático de los consejeros más cercanos a Jacobo Árbenz.
 
Desde ese hito histórico, se ha agrandado una pujante clase media, hoy cercana al 50% del total de la población y fecundada hoy, además, intelectualmente por catorce universidades en el territorio nacional y varios programas unos presenciales, otros virtuales, de prestigiosos centros de estudios superiores del extranjero.
 
A eso último habría de sumársele la multiplicación de escuelas privadas, un 90% del total a nivel parvulario, un 23% del primario y un 70% del secundario. Estas resultan en general más competitivas por la muy sencilla razón de que sus padres al escogerlas se ven obligados a pagar por ellas, y no se lo delegan a los demás los contribuyentes.
 
Aplaudo la solidaridad del contribuyente con los hijos de quienes poco o nada aportan al erario nacional con sus impuestos. Pero rechazo las “dádivas” deformadoras de lo íntegramente gratuito, a quienes debiera exigírseles, por insignificante que sea, un aporte responsable a la educación de su prole.
 
Este enriquecimiento cualitativo, se me hace hasta más evidente con la creciente mejoría del debate público nacional.
 
Una juventud inquieta y desafiante se nos hace presente por múltiples canales de la tecnología digital, aunque ello también encierra ciertos riesgos.
 
Hasta nuestro crecimiento económico ha sido más notable, de un promedio anual de alrededor del 4.50%, salvo en la década de los ochenta. Por supuesto, aún nos queda por alcanzar un promedio anual de progreso del 6%, y sostenido por una veintena de años, para sacudirnos efectivamente el tercer mundo de encima. Para ello es una condición previa sine qua non la desaparición total de la conflictividad social de la que viven los cuatreros del CUC, de FRENA y de agitadores violentos similares.
 
Hoy, por tanto, vale más la pena ser joven inquieto que en las generaciones anteriores, mucho más desprovistas de medios.
 
Algunos voces se oyen muy críticas de la explosión demográfica, que inevitablemente termina por reducir los índices de nuestro desarrollo. Pero no lo veo así.
 
Este por fortuna es un país joven, de un promedio de edad de dieciocho años y de una media de esperanza de vida de setenta y dos. Muy diferente a los índices de las sociedades que llamamos “desarrolladas”, de cuyo futuro se puede legítimamente dudar.
 
Por supuesto que los nubarrones negros de tormenta nunca faltarán, ya sea el calentamiento global, terremotos o nuevas pandemias. Incluso hoy la destrucción subversiva del extremismo islámico.
 
Pero todos somos producto de una difícil evolución millonaria en años.
 
Los de hoy son nubarrones más sutiles. Se insinúa entre nosotros la niebla ponzoñosa de la dependencia de las Naciones Unidas, o de lo políticamente correcto decidido en Nueva York o en Washington.
 
La CICIG, bajo Iván Velásquez ha hecho un espléndido trabajo, no bajo sus dos antecesores. Pero yo insisto en que esa debiera ser tarea exclusiva de los guatemaltecos. Como era de esperar, ahora la CICIG desborda sus parámetros legales: propone cambios constitucionales tras habernos aconsejado varias veces un alza en los impuestos. ¿Desde cuándo está todo ello dentro de sus atribuciones?...
 
Responde a esa mentalidad pordiosera que introdujo Vinicio Cerezo. Lo que confirma lo dicho por Juan José Arévalo: “con una mano se acepta la ayuda y con la otra se entrega la soberanía.”
 
Guatemala, un pueblo joven y dinámico al que se le quiere aherrojar con servidumbres propias de pueblos estancados y ancianos…
 
Como he afirmado en otras ocasiones, aquí el talento congénito abunda, inclusive más que en otras sociedades hacia las que los chapines miran a veces como mejores.
 
Una prioridad urgente; acabemos de una vez por todas con esa maldición típica de analfabetas morales: la “deserción paterna”, esto es, esa gravísima debilidad ocasional de los varones, de engendrar hijos de sucesivas mujeres y abandonarlas con sus respectivas proles a la intemperie social.
 
Como contraste, el número de origen benéfico privado, y en total silencio, se nos hace a todos por su número más imposible de contabilizar. Pues no por permanecer invisibles a los medios masivos de comunicación dejan de crecer para beneficio del todo social.
 
Por tanto, una buena parte de Guatemala ya se ha modernizado. Pero nos queda un amplio resto por ayudar a elevarlo a ese mismo nivel.
 
Los retos están claros; la solución también: más empredurismo individual
 
 
 
   
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