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Carnets

Vivir y morir con dignidad
Fecha de Publicación: 24/04/2016
Tema: Thanatos
 
El deseo más grande de Laura, es morir. Ha pedido a quienes la rodean ayuda con el fin de dar término a su terrible mal. Laura no quiere sufrir más. Todo su valor se ha esfumado ante el incesante e implacable dolor. Comprende que no hay remedio a su mal, que solamente es cuestión de tiempo. No cree en medicamentos mágicos y tampoco en milagros.
 
Rechaza aún, la opción del suicidio al que la sociedad parece empujarla, pero siente que no tiene la fuerza para seguirse oponiendo y suplica un poco de compasión. Su anhelo no puede ser complacido porque nadie se siente con integridad moral suficiente para ayudarla a resolver su ya larga agonía.
 
Una solicitud de esta envergadura, significa pedir algo que muy pocos, si alguno, estará en disposición de conceder. Hacerlo conlleva implicaciones morales y responsabilidad legal. La aplicación de la eutanasia, especialmente en países aferrados a creencias religiosas, como Guatemala, es tema tabú. Uno que los políticos y la prensa evitan entrar a debatir y que sin embargo debe ser puesto en la agenda pública.
 
La petición de Laura no es un capricho. Ella ha sufrido durante años una enfermedad progresiva y sin posibilidad de cura. Su vida, simplemente se ha ido apagando con lentitud en medio de fuertes dolores y una paulatina falta de oxígeno. Con poco oxígeno, sus órganos vitales se deterioran poco a poco. Un día no podrá respirar lo suficiente para conservar la vida y morirá por asfixia. A pesar de lo que ya ha sufrido, sabe que lo peor está aún por llegar.
 
En algunos países se ha debatido extensamente acerca de la eutanasia. Por una parte, la voluntad de un enfermo que agoniza en medio de sufrimientos y por la otra, disposiciones legales, culturales y principalmente religiosas contrarias a esa voluntad. Pocas veces el debate ha conseguido persuadir a un número suficiente de legisladores para que privilegien la libertad individual, por encima de la hipocresía social o las convicciones religiosas. En otros, una mayoría, la discusión se sigue posponiendo interminablemente. Mientras tanto, miles de enfermos terminales, como Laura, claman en vano por una muerte digna.
 
La eutanasia pasiva consiste en dejar de dar tratamiento a un enfermo a manera acelerar su muerte y es practicada, la más de las veces, sin incurrir en complicaciones legales. Cuando se habla de “desconectar” a un paciente (no necesariamente tiene que estar conectado a un aparato), se habla de eutanasia pasiva. En esas ocasiones, el enfermo suele estar en estado de coma o vegetativo.
 
Por su parte, la eutanasia activa precisa de terceros, principalmente de médicos y muchas veces de instalaciones hospitalarias, para asistir a un enfermo terminal y ayudarle a alcanzar su final con dignidad. Es sobre ella que deseo razonar y en cuyo favor quiero abogar.
 
Eutanasia proviene del término griego Eu-thanatos (buena muerte) el cual refiere a la acción que otras personas deben ejercer, a petición expresa del paciente terminal, para alcanzar una muerte rápida, eficaz e indolora. La eutanasia no debe confundirse por lo tanto y bajo ninguna circunstancia, con homicidio, ya que ésta se hace de acuerdo con la voluntad del enfermo terminal y este es un requisito insoslayable.
 
Igualmente absurdo resulta el intento de vincularla a la práctica nazi de asesinato durante la guerra. Estas fueron acciones de exterminio con origen racial. No se trataba de ayudar a morir a enfermos terminales sino de eliminar a personas que el nazismo consideraba antagónicas con la sociedad que buscaba construir.
 
También es mal intencionadamente erróneo vincular la eutanasia con el asesinato ya que ésta sucede a petición del enfermo que busca preservar su dignidad ante una muerte inevitable. Dignidad entendida como el decoro de las personas en la manera de comportarse en todo momento, incluido el de la muerte.
 
Tampoco puede crearse una analogía que sea académicamente válida entre eutanasia y suicidio. En el suicidio (cualquiera que sea su motivación), es el sujeto quien lleva a cabo la acción. En la eutanasia activa, se trata de la acción que ejecutan profesionales basados en un diagnóstico de enfermedad terminal. Se basa igualmente en la explícita solicitud del paciente quien busca evitar una agonía larga y dolorosa en la que puede perder su sentido del decoro y respeto hacia sí.
 
La batalla cultural en torno a la muerte asistida, se ha llevado a debate en el ámbito jurídico. Despenalizar la eutanasia no es un acto fácil por los grupos que intervienen en contra de hacerlo. Por un lado algunos médicos, por falta de respaldo jurídico o por creencias religiosas, se niegan a aplicarla. En cambio, son irrestrictamente permisivos para hacer uso de medios artificiales para extender la vida. Esto, a sabiendas de cada vez el dolor es más y más insufrible y que la enfermedad es irreversible.
 
Otros consideran que el Juramento Hipocrático bajo el cual ejercen, extiende la responsabilidad del médico hacia todo el ámbito del bienestar del paciente. Consideran que cuando la ciencia médica es incapaz de restaurar la salud del paciente, asistirlo a morir con dignidad es la obligación última del galeno para con su enfermo. Lamentablemente esa visión ética no constituye mayoría.
 
Finalmente, están los credos religiosos que solo tienen rezos, oraciones y la remota posibilidad de un milagro que ofrecer. Tal solución puede servir a los más fervorosos creyentes, a quienes piensan que el martirio es una ofrenda al Señor. Pero ¿y quienes no son tan fervorosos? ¿Y los muchos que son religiosos de nombre pero no de corazón? ¿Y los agnósticos? ¿Y los ateos? ¿Por qué debemos estar todos sujetos a la misma regla?
 
La religión cristiana proclama “libre albedrío” recibido por los hombres al nacer, lo que significa libertad para elegir. Si somos responsables por nuestras propias decisiones ¿Por qué restringir la capacidad para decidir sobre poner fin a la propia existencia cuando el dolor que causa una enfermedad terminal es insoportable? ¿Cómo prohibir una alternativa a quienes no desean el martirio?
 
Una persona puede donar sus órganos en caso de muerte mediante un documento legal. De igual manera debiera ser posible decidir sobre su propia muerte a quienes conscientemente y dotados de todas sus facultades, soliciten asistencia médica en casos de enfermedad terminal, para un final digno y sin dolor.
 
En Holanda, la eutanasia activa se practica, a solicitud del paciente cuando este previamente ha satisfecho algunos requisitos. Debe haber escuchado, de profesionales en el ramo, una explicación detallada de su cuadro clínico donde conste que se trata de un diagnóstico terminal e irreversible. Debe dar una declaración firme estableciendo que no tiene ninguna duda al respecto y que ha sido igualmente informado sobre el método a utilizar.
 
Sólo entonces, con la asistencia del médico de cabecera y un médico forense, el acto es ejecutado ante sus familiares, quienes actúan como testigos. Así, el paciente puede descansar en paz. He conocido de cerca la aplicación de la eutanasia activa en mi familia política holandesa. Puedo dar fe que además de ofrecer una muerte benévola al paciente, proporciona enorme paz a los familiares. Es fácil de entender para los parientes y amigos cercanos, cuando han presenciado el sufrimiento que causa la enfermedad terminal.
 
El martirio de la persona amada hace que no sea sólo él quien desee su muerte sino también los padres hijos, hermanos, amigos… que han visto sufrir. Ellos pueden ver con absoluta claridad que no se trata de satisfacer sus propios sentimientos y emociones. Despojados del egoísmo de querer tenerlo con vida aunque sufra, quienes lo aman, imploran junto a él el cese del martirio. Allí, dentro de ese cuadro terrible, muchos, si no todos, desean que la legislación abra camino hacia una muerte con dignidad.
 
El llamado es al legislador. Principalmente a aquel que ha visto el sufrimiento de un ser querido que clama por una muerte sin lágrimas, sin esos quejidos lastimeros que estrangulan el alma de quien observa. No se trata de provocar la muerte de ninguno. Simplemente se trata de permitir que quién así lo desea, pueda poner término a su sufrimiento dentro de la ley. Se trata de hacer lícito algo que siempre debió serlo.
 
El legislador debe reconocer que carece de autoridad moral para oponerse al deseo de un moribundo de acortar su agonía. Alargar innecesariamente el sufrimiento, de otro no debiera estar dentro del ámbito de su competencia; ni la suya ni la de nadie más, que no sea el propio afectado.
 
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