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Teorema

Pena máxima
Fecha de Publicación: 18/03/2016
Tema: Legislación
 
Sólo una vida tenemos
Y si la perdemos
 Entonces nos jodemos
 
El anterior refrán popular no es sino una de las formas que empleamos para decir cuánto valoramos nuestra existencia. La vida es, para la humanidad, el valor por excelencia. Más de un pensador ha insistido en asegurar que es la única posesión verdaderamente nuestra a lo largo de la existencia. Perder la vida, es peor que perderlo todo.
 
Uno se pregunta ¿cuánto habría dado un multimillonario, Steve Jobs por ejemplo, a cambio de prolongar su vida hasta un término normal, digamos de unos 80 años? ¿Habría entregado su fortuna completa? Pienso que sí y que si no hubiera bastado, habría contraído deudas capaces de duplicar ese enorme patrimonio para entregarlos a cambio de vivir más.
 
En una parte de la entrevista que Viereck hizo a Freud (http://espaciodevenir.com/referencias/%E2%80%9Cel-valor-de-la-vida%E2%80%9D-entrevista-a-sigmund-freud-por-george-sylvester-viereck-en-1926/), le pregunta: ¿Todavía pone el énfasis más importante en el sexo? Freud responde: …De todos modos, le acabo de explicar que hoy le doy casi la misma importancia a lo que está “más allá” del placer: la muerte, la negación de la vida.
 
Creo que la valorización de la vida es universal. Anticipo que se me refute con el harakiri japonés o la auto inmolación por parte de algunos musulmanes extremistas. Respondo que el antiguo ritual de los japoneses era la disyuntiva a morir con deshonor y que el suicido musulmán lo motivan profundas creencias religiosas.
 
Ninguna práctica suicida forma parte de la civilización occidental. Esta descansa sobre un cristianismo que proclama vida después de la muerte, negándola al suicida. En el pensamiento colectivo guatemalteco todos tememos a la muerte, angustia que se acentúa al enfrentar el riesgo de perder la vida. Nadie escapa al terror a morir contra su voluntad. Aún el suicida debe armarse de valor antes de ejecutar su decisión fatal.
 
Desde niños, hemos observado el horror a morir en nuestros padres y demás adultos de nuestro entorno. En la escuela los maestros insistían en esa misma dirección, los amigos, las lecturas, la música, el cine… Todo a nuestro alrededor nos condiciona a privilegiar la vida, a temer la muerte. De tanto ser repetido, el “cuídate mucho” se ha convertido en un mandato poderoso.
 
¿Escapan los mareros, los sicarios y otra suerte de asesinos a ese condicionamiento que provoca terror ante la posibilidad de perder la vida? Creo que no. El asesino podrá haber perdido los escrúpulos que le evitarían quitar la vida a otro. Pero conserva el horror a perder la propia. Ese espasmo tembloroso que recorre nuestra médula espinal ante una situación de peligro, no puede desaparecer.
 
Hagamos un ejercicio mental. Pensemos en un prisionero de la peor calaña. Imaginemos que un grupo de otros presos lo conducen dentro del penal a un sitio donde supuestamente lo van a ultimar ¿Cómo podemos intuir que sería la reacción del primero? ¿Acaso no se resistirá a morir a manos de sus victimarios? Ese temor cerval está unido a la certeza de que lo esperado efectivamente acontecerá. La menor certidumbre actuará como atenuador de ese miedo.
 
La pena de muerte, si hay seguridad de que será ejecutada, necesariamente es un disuasivo. Pero tiene que haber certeza. No se trata de desarrollar juicios sumarios pero tampoco deben ser innecesariamente largos. Los jueces a cargo de sentenciar a una persona a la pena de muerte, deben tener plena certeza (sin lugar para duda alguna) acerca de la culpabilidad del acusado. Deben estar convencidos también de que la posibilidad de redención está fuera de un límite razonable.
 
Hay que considerar lo que los matemáticos llaman la hipótesis nula. Esta diría: La pena de muerte no actúa como disuasivo en los asesinos. Esto es, después de implantada, los índices de asesinato se mantendrían igualmente altos. Algunos analistas, apoyados en conceptos modernos de derechos humanos, afirman que ese es el caso y sugieren que existe evidencia numérica en ese sentido. No conseguí encontrar ninguna cifra que lo confirme, lo que me hace pensar que se trata de argumentos, principalmente, de naturaleza ideológica.
 
El segundo artículo de la Constitución dice: Es deber del estado garantizarle a los habitantes de la república la vida,… ¿A todos los habitantes? El artículo primero dice: El estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia… ¿Debe el Estado proteger la vida de quienes atentan contra la persona y su familia? ¿No sería contradictorio? ¿Se debe reducir esa protección a encerrar a los antisociales?
 
Aceptemos por un momento que la aplicación de la pena de muerte es incapaz de persuadir a un asesino para respetar la vida de los demás. ¿Qué sucede si se aplica la pena máxima y esta no ser un disuasivo eficaz? ¿Qué se pierde y qué se gana? La pérdida es evidente, un individuo no solo poco valioso, sino una amenaza para la sociedad (aun prisionero) deja de existir.
 
Esta semana (15mar16) fue asesinado un profesor frente a una treintena de alumnos. Además de la pérdida de la vida del mentor, hay un daño psicológico para los niños que fueron testigos del hecho. No solo son los niños; todos los testigos presenciales de un asesinato sufren traumas por un acontecimiento así. Estos son máximos cuando la persona asesinada era un pariente cercano. Niños en orfandad, viudas en desamparo, madres incapaces de sobrevivir el dolor de la pérdida, padres que buscan justicia, hermanos que quieren venganza… Las secuelas de un asesinato son mayores que la pérdida de la vida de la víctima.
 
Lo que se gana, en cambio es mucho más. Según declaraciones recientes de Lucrecia Marroquín viuda de Palomo, un sicario mata a un gran número de personas en el ejercicio de su práctica criminal. Calculo que si el sicario cobra en promedio unos mil quetzales por asesinato (cifra que debe compartir con sus secuaces), necesita hacer cuando menos uno por semana para tener un ingreso mínimo. Así, en los siguientes diez años, habrá acumulado más de 500 víctimas, la mayoría, trabajadores honrados. Si se ejecuta la pena de muerte, todas esas personas se salvarán de morir a manos de ese asesino.
 
Otro aspecto que las personas políticamente correctas suelen omitir es que un presidiario conlleva costos económicos que debe sufragar la población con sus impuestos. Esos costos incluyen además de su alimentación, el espacio que ocupa en la prisión, agua, energía, uniforme, los guardias que evitan que se fugue, el transporte a los tribunales y otros lugares a donde eventualmente se conduce, servicios hospitalarios, médicos y odontológicos, la administración del penal, la revisión de sus visitantes y muchos otros costos más. La suma de todos esos costos representa, cada mes, una importante carga económica. Cuando se trata de una persona condenada a una pena a perpetuidad o con una condena muy larga, se habla de un costo social importante.
 
¿Cuántos niños podrían ser atendidos durante un año en la búsqueda de un futuro mejor para ellos y sus familias con lo que cuesta un presidiario? ¿Diez? ¿Veinte? Si la condena es de 40 años y la educación del niño, durante la primaria y secundaria toma once o doce años. Entonces, podríamos estar hablando de entre 30 y 60 becas completas por cada asesino que es condenado a muerte en vez de sentenciado a 40 años de prisión.
 
Si el asesino del profesor recibiera una condena de 40 años, el costo de tenerlo en prisión será más alto que el tratamiento psicológico que requieren los 30 alumnos y conceder a cada uno de ellos una beca completa hasta que concluyan la Universidad.
 
Hay que tener presente algo que de tan repetido es conocimiento popular: las cárceles son las grandes escuelas del crimen. A esto habría que agregar que los más peligrosos asesinos son los “maestros” que provocan mayor admiración entre los “alumnos” y se convierten en poderoso ejemplo a seguir.
 
Creo que se puede esbozar una regla general: el asesino (al menos el que lo hace por una paga) siempre será, para la sociedad, una persona menos valiosa que su víctima.
 
James Cavallaro, presidente de la CIDH, visitó Guatemala esta semana. Creo que la opinión de este funcionario debe ser desestimada. Esto, porque él vino a pronunciar un discurso oficial (tiene vedado decir otro). Segundo porque no vive aquí ni estará jamás expuesto a los asesinos locales. Tercero, porque nos vuelve a restregar que nuestra Constitución Nacional está subordinada los convenios internacionales en materia de derechos humanos, aunque la pena de muerte no esté afecta ese ordenamiento.
 
La señora Lucrecia Marroquín de Palomo ha iniciado una cruzada nacional con la que busca que se restablezca la legislación constitucional en Guatemala, dando vigencia a la pena de muerte como lo ordena la Constitución de la República, pena en muy mal momento suspendida por cierto presidente granuja.
 
La posición de la señora Marroquín, actuando dentro de un marco de legalidad, es merecedora de aplauso y gratitud por la mayor parte de la ciudadanía honrada del país. Su propuesta ha merecido amplio apoyo popular. Encuestas de opinión informales, han llegado a mostrar un apoyo de hasta 90%.
 
Sobre sus hombros se encuentra todo el peso de llevar a cabo esa iniciativa. El riesgo de una respuesta peligrosa de los asesinos recae solo en ella y es un peligro que no debe ser desestimado. Todo lo contrario, debe ser compartido por todos los pobladores que consideramos que tal medida incidirá favorablemente sobre la seguridad de nuestras familias y nuestra.
 
La forma de manifestar ese apoyo, de convertirnos en cucuruchos y cargar todos esa procesión y no solo ella, es consiguiendo que suceda una consulta popular. En su artículo 173 la Constitución dice: Las decisiones políticas de especial trascendencia deberán ser sometidas a procedimiento consultivo de todos los ciudadanos. La consulta será convocada por el Tribunal Supremo Electoral a iniciativa del Presidente de la República o del Congreso de la República…
 

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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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