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Lectura Recomendada

Armando de la Torre: La tragedia del Islam contemporáneo (III)
Fecha de Publicación: 01/03/2016
Tema: Historia
 
Un rápido vistazo a la violencia del mundo de hoy confirma lo insólito del extremismo islámico contemporáneo. El Presidente Obama, por cierto, se ha rehusado a siquiera mencionarlo por su nombre, y algunas otras buenas personas se le han sumado porque no creen poder referirse al Islam sin incluir bajo el mismo epígrafe y al mismo tiempo los múltiples terrorismos en el pasado del Occidente cristiano. Con eso creen salvar su imparcialidad objetiva sobre tales hechos.
 
 Los creo equivocados.
 
 Si tomamos como punto de comparación la segunda década de este siglo con la de los setenta del siglo pasado, emerge en seguida un claro contraste: el terrorismo islámico era uno entre muchos; hoy es el único en acción.
 
 Hallamos, por ejemplo, que en aquel ayer no tan lejano atormentaban a Inglaterra y a la Irlanda del Norte las repetidas acciones terroristas de los integrantes del Ejército Republicano Irlandés (IRA por sus siglas en inglés). Simultáneamente, la próspera República Federal alemana se veía asediada por los secuestros y muertes de personalidades y las bombas contra objetivos civiles de la Baadeer-Meinhof Bande (Rote Armée Fraktion), mientras que en Italia los “Brigatisti Rossi” ponían a temblar a la población civil, entre cuyas víctimas mortales figuró nadie menos que el Primer Ministro demócrata cristiano, Aldo Moro. En España, al mismo tiempo, los separatistas vascos (ETA) multiplicaban, crueles, las pérdidas de vida de civiles en el norte del país. Y en Francia, los independentistas corsos que se sumaban por su parte a las contrapuestas facciones derivadas del conflicto franco-argelino, no dejaban respirar en paz a los ciudadanos respetuosos de la ley de la V República francesa.
 
 Inclusive, asimismo, en nuestra América latina, nos tocó vivir los horrores de la insurgencia y de la contrainsurgencia en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, la Argentina, Chile, el Uruguay, la interminable de Colombia y la más deshumanizada de todas, la del Sendero Luminoso en Perú.
 
 El culto a la violencia feroz se vio devenido por un tiempo práctica diaria y casi universal…
 
 Por supuesto, la más desalmada de aquellos días, tenía por objetivo la cancelación total del Estado de Israel con el apoyo más o menos encubierto de algunos Estados Islámicos de la región. También se daban incidentes de tipo confesional en la India, Indonesia, Filipinas, Tailandia, Birmania, y en el África negra en Kenia, Somalia, Eritrea, Biafra (en Nigeria), y en muchos puntos dispersos del continente negro, sobre todo donde la expansión musulmana tropezaba con fervorosas comunidades cristianas ya asentadas de mucho tiempo atrás.
 
 De todo aquello hoy solo sobrevive, y más enconado que nunca, el terrorismo de corte islámico, intensificado exponencialmente a partir de los ataques suicidas contra las Torres Gemelas, en Nueva York y contra el Pentágono, en Washington. Hoy decir “terrorismo” equivale a decir fanatismo autodestructivo bajo el nombre de Aláh, entre una parte sustancial de la juventud que se confiesa jihadísta, desde Libia en el norte de África hasta Afganistán en el corazón de Asia.
 
Pues todas las grandes religiones monoteístas se proclaman como la única verdadera, pero el Islam, encima, tiene declarada una guerra santa permanente contra todos los no creyentes en el para ellos eterno mensaje del Corán. Esa es la interpretación más ortodoxa y frecuente de la “jihad” entre los teólogos del Islam. La Arabia Saudí, por ejemplo, prohíbe la presencia de cualquier capilla o iglesia cristiana, o sinagoga judía, en todo su territorio, al tiempo que se vale de la tolerancia del Occidente para multiplicar fastuosas mezquitas con sus petrodólares, de Buenos Aires a Berlín.
 
Peor aún, lo más macabro de todo ello reside en que el mayor número de víctimas mortales de los jihadistas por un terrorismo islámico desaforado se cuenta entre los mismos musulmanes.
 
 La tragedia del Islam contemporáneo.
 
Cada acto de violencia, cada paso enderezado a la liquidación de otros, termina por desmoronarlos a ellos mismos tanto desde adentro como desde afuera. O sea que ellos encaminan su causa hacia un final desastroso para ella y para sí mismos. Han emprendido su marcha hacia su ocaso definitivo al largo plazo, y sin que caigan en la cuenta de ello sus perpetradores. Los creyentes en el último Profeta, Mahoma, gustan de insistir en el axioma que han tomado prestado del Talmud hebraico de que “matar a un hombre equivale matarlos a todos.” Eso se había interpretado por sus exegetas metafóricamente, pero los exaltados terroristas, en cambio, que nos son contemporáneos van en camino de traducirlo unívocamente en la destrucción de la entera humanidad. Pues a esto último nos acerca la posibilidad de una generalizada guerra atómica a partir del Pakistán de los talibanes o de los ayatolas del Irán. Esto es lo que todos más tememos.
 
El Islam se desgarra a lo interno en innumerables sectas predominantemente tribales y puede arrastrarnos a los demás a un holocausto planetario, en la búsqueda desesperada de una identidad que creen haber perdido durante los últimos tres siglos a manos del Occidente.
 
 ¿Cómo hemos llegado ellos y nosotros a tal punto?
 
 (Continuará…)
 
 
   
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