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Ad Occidentem

USA abandona a sus exaliados
Fecha de Publicación: 10/02/2016
Tema: Valores
 
Estados Unidos tiene hoy como pilar fundamental la lucha contra las drogas. A Guatemala le pide pelear la guerra americana contra las drogas, pero habría que preguntarse ¿por qué debería Guatemala hacerlo? Esta pregunta vale tanto a nivel de país como a nivel las personas involucradas en tal guerra. A nivel país, cabe la siguiente reflexión: Las políticas equivocadas en materia de lucha contra las drogas (lucha que sí se debe hacer) no han tenido el éxito prometido en Estados Unidos. Este fracaso pone en tela de duda que se deban repetir ciegamente en Guatemala.
 
A nivel de persona, también vale decir que los agentes públicos, más que todo los soldados y los policías, los que llevarían la lucha contra las drogas, se pregunten: ¿Por qué me voy a exponer en una guerra si el principal aliado, el protagonista que hoy persigue la guerra, mañana da el visto bueno para que me enjuicien por haber peleado en nombre suyo y en defensa de sus intereses?
 
Existen razones válidas para tener dudas acerca del compromiso que uno debe personalmente asumir en la “guerra contra las drogas”. La guerra contra las drogas tiene paralelos y puntos de comparación con la lucha contra el comunismo. Para empezar, la Guerra Fría entre las superpotencias de Estados Unidos y la Unión Soviética solo fue “fría” a nivel de esos dos poderes hegemónicos; fue caliente a nivel de sus respectivos aliados.
 
La guerra civil en Guatemala fue una guerra caliente, como lo fueron las guerras en Corea, Vietnam, El Salvador y Nicaragua, entre otras muchas donde los aliados de Estados Unidos luchaban contra el comunismo en conjunto con su aliado, el autodenominado “líder del mundo libre”.
 
Cabe recalcar que las instituciones militares de estos países fueron entrenadas, equipadas y acompañadas en combate (incluso en Guatemala), por tropas de Estados Unidos. Asimismo, Estados Unidos tuvo pleno conocimiento de los tipos de regímenes autoritarios que apoyaba como opción infinitamente mejor que dejar que las regiones claves del Tercer Mundo, ricas en materias primas de exportación, cayeran en el abismo irrevocable del totalitarismo comunista. Decir que Estados Unidos no sabía de las acciones de sus aliados satélites en ese tiempo es como decir que no sabía acerca de las acciones de las fuerzas de seguridad de Afganistán e Iraq en nuestros tiempos.
 
No obstante, hoy Estados Unidos abandona a la merced de sus exenemigos a sus exaliados guatemaltecos, los más fieles que tuvo en la lucha global en contra del comunismo. Formalmente, hoy observa con pasividad el show de los juicios políticos en contra de aquellos aliados suyos que cumplieron los planes de guerra contra el comunismo en el hemisferio —planes hechos por Estados Unidos contra el enemigo designado por Estados Unidos.
 
Hoy, Estados Unidos apuesta cómodamente a que la amenaza del comunismo global ya nunca volverá. Asimismo, son medidas vergonzosamente baratas las del gobierno americano. Estados Unidos sabe que nunca veremos a sus líderes políticos enjuiciados por perseguir la guerra contrainsurgente, como lo han sido sus exaliados. Eso sería pedir justicia. No obstante, por lo menos Estados Unidos puede revelar toda la información concerniente a su conducta en la guerra contrainsurgente que hoy tanto critica. Por supuesto, sabemos que eso no pasará, pero también deberíamos de tener claro que ya no estamos hablando de justicia, sino de ajusticiamiento.
 
Estados Unidos pagará caro su ignominia. Lo que no toma en cuenta en su innoble actuar de hoy es que la historia se repite, pero de diferentes maneras. Hoy se juzga a los militares guatemaltecos por su conducción de la guerra anticomunista en la que Estados Unidos fue el principal protagonista. Es difícil creer, por esa razón, que hoy Estados Unidos pida a las mismas fuerzas de seguridad que vuelvan a levantar armas y entregar cuerpo, sangre, tesoro y renombre para luchar contra un enemigo narcotraficante que es todavía más despiadado de lo que fueron los terroristas comunistas.
 
Hablemos claro, retomar los países de Centroamérica del control del narcotráfico y de las maras organizadas va a implicar una fuerte imposición de la ley y el orden. En el proceso, se va a derramar mucha sangre. Lo he dicho en otros espacios —la operación de tomar la cárcel de Pavón el 25 de septiembre de 2006 fue tan peligrosa como la operación del Seal Team Six que mató a Osama Bin Laden. Hoy, el entonces Director de la Policía Nacional de Guatemala, Erwin Sperisen, se encuentra injustamente condenado —en un país extranjero— a cadena perpetua por su valiente actuar de ese día. ¿Cuál es el mensaje?
 
Si alguien cree que el crimen organizado va a soltar su poder pacíficamente, está equivocado. En los mismos Estados Unidos, las fuerzas de seguridad operan al borde de la legalidad. Quitan propiedades sin juicio, invaden la privacidad sin orden de juez competente, lanzan operativos bélicos que matan equivocadamente a personas totalmente inocentes...
 
En el mejor de los casos para Estados Unidos, el país del norte conseguiría que las fuerzas de seguridad de Guatemala operasen con el mismo vigor, agresividad e iniciativa, en persecución de la guerra contra las drogas, con que operan las suyas en Estados Unidos. No obstante lo anterior, la pregunta obvia es ¿quién con mente sana, levantaría un dedo hoy por Estados Unidos para pelear agresivamente la guerra contra las drogas, cuando mañana Estados Unidos podría dar el visto bueno para el enjuiciamiento de sus compañeros en combate?
 
Después de haber abandonado los principios de constancia, fidelidad y buena fe con los aliados de su política externa, a Estados Unidos le será difícil recuperar su credibilidad tanto ante sus amigos como ante sus enemigos. Aún en nuestra era de relativismo moral, no es poca cosa abandonar al compañero de combate. Esas tradiciones, normas y costumbres hoy podrían considerarse anticuadas entre los más jóvenes. Pero principalmente en la cultura popular, las  viejas nociones de lealtad son aun solemnemente respetadas por las instituciones militares y policiales de las que siempre se depende cuando surgen las crisis.
 
Entre hombres de armas, no hay peor cosa que traicionar a sus compañeros.  Las instituciones tienen memoria, y se recordarán del abandono de parte de Estados Unidos por mucho tiempo.  Por supuesto, no lo dirán los presidentes, ni los oenegeros, ni tal vez los generales, pero sí los sargentos y soldados, los operativos de inteligencia, incluso los mismos agentes de campo de Estados Unidos que sienten vergüenza por la conducta deshonrosa que perciben de su país en estos asuntos.
 
 
SOBRE EL AUTOR
Nicholas Virzi

Nicholas Virzi Arroyave nació en California, EUA donde es

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