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Carnets

Causa primigenia
Fecha de Publicación: 10/01/2016
Tema: Interacción Social
Sin mayor asombro, recibimos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) el informe sobre el inminente aumento de la pobreza en Guatemala. En 14 años, un aumento de 56.4 a 59.3 por ciento. ¿A dónde, se preguntan algunos, va el dinero del producto nacional bruto (PIB), el cual ha incrementado periódicamente?
No se necesita ser economista para comprender que la proporción entre el aumento de pobreza y el incremento de riqueza en Guatemala no puede ser compatible. De nada sirve un incremento del PIB, cuando la población se expande a ritmo vertiginoso. Encarar un problema de tal magnitud entregando bolsas solidarias, necesariamente conduce al fracaso (si la intención es solucionarlo).
El Ministro de Economía, Jorge Méndez, informó sobre esta grave situación de una forma débil, superficial y hasta cierto punto indigna. Argumentó que el dinero robado por los corruptos “hubiera servido para mejorar la educación y la salud”, queriendo dar a entender que el dinero robado es el nudo del asunto. Es “preocupante” declaraba Carlos Sobrado, representante del Banco Mundial, ya que la tendencia de la pobreza se intensifica. “Es preocupante ver que comprar comida se esté volviendo más caro”. “Es preocupante que el dinero para alimentos no alcance”, agregaba.
Lo que verdaderamente preocupa, en mi opinión, es que nadie hable de la causa real, del principal y mayor problema que padece Guatemala, la que subyace, la que es anterior a todos los demás, que nadie atienda la causa primigenia.
Los guatemaltecos somos peculiarmente admirables. Nos reímos de las crisis y las transformamos jocosamente en tragedias. Nos despreocupamos del mañana, sacamos fuerza en la desgracia. Pero somos sumamente imprudentes al pretender que no enfrentando las crisis, los problemas desaparecerán por sí solos. Tenemos cierta habilidad para ocultar la verdad, para ignorarla. A pesar de tener una población de 80% en pobreza e ignorancia, seguimos imaginando, que la solución depende de la voluntad divina.
Nos extrañamos que no haya mejorado nuestra sociedad y que la miseria que raya en indigencia, no disminuya, cuando no hicimos lo necesario en el pasado para tener otro resultado en el presente. Seguimos sin hablar de la verdadera causa del gran problema de nuestro país y por lo tanto, seguiremos cargándolo con muchísima mayor dificultad, en el futuro. Una ecuación fácil.
Tenemos los oídos llenos y cansados, de escuchar razones por las cuales Guatemala en lugar de avanzar, retrocede. De excusas que dominan nuestra historia. De discursos que nos mantienen engañados. De palabras que la mayoría no entendería si hicieran el esfuerzo de comprenderlas. Si el diagnóstico no hubiera sido falso y la selección del remedio equivocada, hace mucho Guatemala habría dado pasos considerables, como han hecho otros países (incluyendo, los centroamericanos) para reducir la severidad de las carencias.
Hoy, somos esclavos de nuestro silencio, de nuestra negligencia, de nuestro temor. Nos sentimos frustrados e inclusive con vergüenza, por no haber enfrentado con valentía y decisión al verdadero “gran culpable”. Por haber eludido enfrentar algo que debió discutirse de frente, pese a ser un tema quisquilloso y delicado. Hemos actuado con temor supremo a herir la susceptibilidad social, cultural y religiosa de nuestra gente y autoridades.
En Guatemala vivir en la “irrealidad” es el pan de cada día. Hay una costra que cubre la superficie de aquello que no queremos ver ni aceptar. Rehusamos comprender, que al final del camino, la insensatez y el costo de vivir en la fantasía, siempre será más doloroso que enfrentar la verdad. Que ya lo está siendo y cada vez es mayor. La no aplicación de sentido común en las políticas de Estado, nos han llevado a una situación difícil de revertir. La no racionalización como sociedad nos hace pagar un precio sumamente alto.
Sabios son aquellos que centran su energía en buscar respuestas y hacen a un lado las excusas. Aquellos que exponen con claridad los problemas y no temen a la verdad porque saben que no hay solución entre la falsedad de la evasión.
Líderes, actores de todo tipo no han mostrado el deseo de cambio para que la precaria situación de vida de la población, cambie en nuestro país. Esto incluye a una sociedad que tampoco está dispuesta a discernir sobre ello. Padres irresponsables fecundando hijos. Hijos produciendo hijos sin compromiso. Procreación de niños desnutridos. Creación de niños sin futuro. Programas sociales inservibles. Disminución de oportunidades y falta de trabajo. Incremento en la delincuencia. Migración. Devolución de los que emigran. Embarazos no deseados. ¡Más embarazos no deseados! Educación precaria. Salud efímera. Falta de vivienda. Crimen que se expande cada día. Inseguridad. Abandono social. Ausencia de lo más básico para la mayoría de los habitantes.
Nuestra crisis es la permanente incompetencia para ver aún las más claras evidencias. Es el efecto de una causa que insistimos en ignorar, de aquello que no se quiere discutir. De todos los púlpitos surgen falsas razones sustentadas en libros antiguos escritos por personas visionarias en su época, que data de siglos anteriores a Moisés. Esas visiones ahora solo constituyen excusas que resultan llevar alivio a los más pobres. Un asalto a su credulidad, que no cura. Se difunden esas “razones” con la bendición del estado, de la sociedad y de las diferentes iglesias.
¡La riqueza no alcanza para todos!
¿Cuál riqueza? me pregunto. Primero habría que crearla antes de fomentar una reproducción tan desmedida. En 1960, Guatemala contaba con una población de 4.140 millones de habitantes. A finales del 2015, la población aumentó, según CELADE (Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía) a casi 17 millones (el RENAP puntualizó esa cifra en 17.1 millones de personas). Una sociedad de pocos recursos, como la nuestra, no debería de haberse permitido ¡jamás! cuadruplicar su población en un lapso de tiempo tan corto, sin haber contado con los medios económicos y sociales para enfrentar tal desafío.
El monstruo nos pilló. Por supuesto que no alcanzará la precaria “riqueza”. Será mucho peor cada día que pase y cada nuevo niño que nazca si no se toman medidas drásticas. A mayor población, mayor pobreza. Ochenta por ciento de pobreza significa que cada familia no pobre debe colaborar a la subsistencia de cuatro familias pobres. Y cómo motivarlos si desde los púlpitos y en las arengas populares se asegura que la pobreza de los pobres es causada por la riqueza de los ricos.
Una sociedad indigente y subdesarrollada como la guatemalteca, debería de hablar enfática, sin tapujos y permanentemente, ¡con profundidad y sin descanso! sobre educación sexual, paternidad responsable y planificación familiar. Pero especialmente y sobre todo, informar y ayudar a las mujeres a decidir sobre métodos para un serio y escrupuloso, pero libre control natal.

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