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Papiroflexia

El atroz encanto de ser argentino de Aguinis
Fecha de Publicación: 06/01/2016
Tema: Historia

En 2001, el escritor argentino Marcos Aguinis (Córdoba, 1935) publicó el ensayo titulado El atroz encanto de ser argentino (Planeta, Buenos Aires). Aunque aspiraba a ser una imagen amplia de la “argentinidad” desde su origen colonial al mundo contemporáneo, hay una dosis importante de anti-Menem, el presidente que gobernó Argentina entre 1989 y 1999.

Si algo destacaba en el libro de Aguinis era una visión esperanzadora que quizás haya quedado opacada tras la larga década de gobierno protagonizada por los Kichner (2003-2015), quienes, siguiendo una política de partida opuesta a la de Menem, no parecen haberlo logrado el resurgir de Argentina por el que apostaba Aguinis.

Hoy, con la elección de un nuevo presidente en Argentina, Mauricio Macri, que anuncia una línea de gobierno distinta a la de los Kichner, puede ser oportuno sentarse a leer a Aguinis.

El ensayo de Marcos Aguinis presenta, de partida, un problema propio de cualquier autor que trata de narrar las características propias de una sociedad: lo que parece exclusivamente argentino, es profundamente universal. La corrupción, el aprovecharse del otro (los vivos), el mostrarse orgulloso por nada, no es un patrimonio exclusivo de Argentina. Seres humanos así hay en todas partes. De modo que no basta con decir que un país no funciona porque muchos de sus habitantes son corruptos o aprovechados o vanidosos, porque, insisto, sinvergüenzas hay en todos lados. Hay que tratar de reflexionar más sobre la valoración social de ese aprovechado y por qué puede llegar a estar bien visto quien lejos de beneficiar a la sociedad, la destruye.

En ese sentido, Aguinis recuerda algunas particularidades que sí son más argentinas, modismos al hablar, el peso del tango…, pero que no explican esa crisis social encarnada por el éxito del aprovechado.

Más jugoso es el análisis de Perón y el peronismo o, simplificando mucho, el gusto por el “buen caudillo”. Perón, sus gobiernos y sus sucesores peronistas salen mal parados del texto de Aguinis. Pero es que su populismo estrafalario no fue nada provechoso para Argentina.

Con todo, la pregunta sigue siendo: por qué ese éxito del peronismo.

Y de nuevo la respuesta de Aguinis es algo floja, poco consistente. Hace referencias al espíritu del hidalgo español de la época colonial, amigo de la fama y enemigo del trabajo. Pero considerar que los pocos hidalgos de esa época colonial que llegaron sin ánimo de arrimar el hombro puedan influir a los más de cuarenta y un millones de argentinos censados parece la excusa fácil de “los otros tienen la culpa”.

Tampoco es clara si la mezcla de los cientos de miles de inmigrantes llegados, sobre todo, a comienzos del siglo XX, fue un aporte positivo (todo indica que sí) o si, sencillamente, se dejaron llevar por las “malas costumbres” heredadas de la época colonial.

Al final, la lectura de Aguinis deja más interrogantes que respuestas, más aún con el final en el que el autor lanza un canto nacionalista en el que se emociona con los muchos recursos naturales y humanos con los que cuenta Argentina, sin reflexionar sobre los posibles cambios necesarios en las estructuras sociales que acaben, por ejemplo, con el clientelismo peronista derivado de la necesidad, parece que histórica, de caudillos salvíficos.

No quiero terminar esta recensión, sin hacer un breve comentario a la crítica que Aguinis hace del sistema educativo argentino, sobre todo, el universitario. De nuevo, una crítica que no es exclusiva de Argentina. Desde hace años, se ha extendido la fórmula pedagógica de la formación centrada en el estudiante, una frase tras la que se encierra la preocupación porque sea el estudiante el que aprenda y no el profesor el que se limite a demostrar lo mucho que sabe.

Aguinis señala, muy acertadamente, un problema en este modelo. Hacer creer que el estudiante no debe esforzarse. Pero es que una enseñanza centrada en el estudiante implica que el alumno no sólo ha de esforzarse más por aprender lo que necesita, sino que, además, es responsable último de marcar esa necesidad, y, por tanto, teniendo que poner un plus en esa toma de decisión.

Bien es cierto que el estudiante puede decidir que no quiere aprender nada o muy poco. Pero malos estudiantes ha habido siempre, cuando el profesor se empeñaba en enseñar los innecesario, como cuando se preocupa en mostrar lo importante.

Sin embargo, así como la crítica de Aguinis a la desidia estudiantil es totalmente correcta, el error es pensar que es un fenómeno exclusivo de Argentina que pueda explicar la situación “irregular” de este país.

 
 
   
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