ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Agenda

Remembranzas de Navidad
Fecha de Publicación: 21/12/2015
Tema: Otros
¡Cuán distintas eran las celebraciones navideñas por los años treinta del siglo pasado! Tanto, que seguramente ahora en medio de tanta y tan sofisticada tecnología, podrían parecer hasta ridículas. Más, aunque así piensen algunos, podría ser todo lo contrario.
 
Entonces, en los años treinta, el corazón de los niños latía diferente, alborozado, desde el inicio de las vacaciones. La vida, que dejaba más tiempo al ocio y a la familia, se transformaba al finalizar el año. Todos, grandes y chicos soñaban anticipadamente la llegada de la Navidad.
 
A mediados de noviembre solo se pensaba en el árbol escogido y los amigos vacacionistas que llegarían a casa y pasarían allí todo el mes de diciembre. Además, chicos de otras familias llegarían a otras casas ¿Quiénes serían? Desde luego, otros pensaban en el viaje que harían. Muchas veces de la ciudad al campo. Pero también de una ciudad a otra.
 
Las posadas. ¡Ay, las fabulosas posadas! La Navidad empezaba bajando de los árboles más altos las incomparables barbas de viejo. Se cepillaban y lustraban con tiempo para que se pusieran más blancas y brillantes.
 
Esto en cuanto al arbolito pues con el nacimiento era otra cosa. En nuestra familia sabíamos que, por más que le hiciéramos, el nuestro nunca se podría comparar con el de doña Maruca León, una china – mejicana.
 
Otra muy agradable sorpresa, era la visita de Colombita Barillas, hija del expresidente Lisandro Barillas, que solo pasaba hasta la media noche con nuestra familia, porque tenía una bellísima casa en una granja, donde se mudaba cuando en Quezaltenango, donde residía, los meses más fríos se le hacían intolerables. Allí llegaba, con sus perros, carro, piloto y equipo doméstico. A Colombita le encantaban los niños y yo era su favorita. Solía pasar por mí, cuando hacía la visita a las fincas amigas.
 
Llegada la Nochebuena, el ponche y los tamales, oyendo el tututucutu tradicional, la cohetería, y algo muy, muy especial: Oír a Leandro quien, según él, tocaba el violín. Mi padre le enseñó a tocar El pequeño montañés, que a mi madre encantaba y la enternecía. ¿Y a quién no? Leandro lo hacía verdaderamente mal pero por lo menos sabía esa canción.
 
Al día siguiente, veinticinco de diciembre, in licor, vino o cerveza, teníamos frente a nosotros un enorme pavo horneado. Rodeados por nuestros visitantes, mis padres daban el ejemplo de no empezar a comer sin antes invocar a nuestro padre celestial y dar gracias por todo el bien recibido. Solo entonces se partía el pavo, acompañado de ensalada “Ángeles”. En la mesa no se permitía interrupciones de los más chicos. Nosotros solo podíamos hablar cuando un mayor nos había dirigido la palabra. ¡Cuánto bien habría hecho esa disciplina para ciertos diputado de tan atropellado hablar!
 
Ceremoniosos nos levantábamos de la mesa, pidiendo permiso para hacerlo, dando las gracias, acercando a la mesa las sillas y doblando las servilletas. Todo un protocolo, toda una enseñanza de buenas maneras y comportamiento en la mesa.
 
Por la tarde siempre del día veinticinco, el cuadro cambiaba. Un tío nuestro, Manuel, hermano de mi madre, que vivía en Colomba, Costa Cuca en su bella finca, pasaba por nosotros para ir a visitar el famoso nacimiento de doña Maruca León, donde extasiados ya no queríamos salir.
 
Los nacimientos de mi pueblo tenían fama y el que más gustaba, era el que hacía doña Maruca. Ella pasaba todo el año preparándolo. El nacimiento ocupaba prácticamente la mitad de la casa pues hasta había derribado paredes para ampliarlo.
 
Lo componía con cuanta cosa se le ocurría, tal como un avión de cuerda que pasaba dando vueltas a toda velocidad sobre las cabezas de San José y la Virgen María. Una vez le arrancó la peluca a San José, aventándola muy lejos, fuera de la casa. Lo más seguro es que se enredó en las patas de los caballos que pasaban enfrente. Por más que se buscó no se encontró y el pobre San José se quedó calvo.
 
Había dos trenes, uno eléctrico y el otro de cuerda, que eran manejados por niños ocultos entre ramas. Moviendo una rueda que tiraba de unas pitas, los hacían dar vueltas y más vueltas, sin parar. Otros niños subidos en el tapanco, producían ruidos con matracas, simulando truenos. También movían grandes lienzos de tarlatana blanca y algunos celestes teñidos con anilina que hacían las veces de nubes sobre un improvisado mar.
 
Ese mar, era un fondo de hojalata redondo, como de un metro de diámetro, que su hojalatero le hizo, en la forma que ella pidió. Parecía más lago que mar. En él flotaban varios barquitos pequeños y uno, tan grande, que siempre estaba hundiéndose. También, de las ramas de los árboles colocaba toda clase de pájaros vivos, en cuenta un loro que sabía cantar el rosario.
 
Entre semana el nacimiento podía ser visto de las tres de la tarde a las doce de la noche; los días sábado y domingo podía verse todo el día. Para nosotros, los niños, el nacimiento en casa de la señora León era magia pura. Embobados veíamos aquellas maniobras técnicas que terminaban en movimientos que atribuíamos a una suerte de hechizos. Fue hasta ya mayores que supimos del equipo de niños. El embrujo se rompió pero el prodigio ya había sido hecho y no lo olvidaríamos jamás.
 
¡Ah, pero no paraba allí! Como buena comerciante, a un lado de la puerta de calle ponía todo el día, venta de barquillos (helados) que no alcanzaban por tanto calor que, aun en diciembre, hace en Coatepeque.
 
De mi amado Coatepeque, nunca pararía de hablar. Basta decir que, por esos años era hermoso, con un bellísimo parque que la municipalidad mantenía siempre floreciendo y que en navidad, se llenaba con flores de pascua.
 
Sus empedradas calles siempre se mantenían limpias, su mercado los domingos, abundante y de fastuosos colores; su comercio de chinos, árabes y mexicanos… Los Barragán, de México traían las más bellas telas de entonces, como la seda cruda, shifón, tela de charmes, lamé platinado, brocados, terciopelos, etcétera, para nuestros grandes estrenos navideños.
 
De su marimba, comparada con las de Xela, no tengo palabras para expresar el prodigio de recordar La flor del café, Adelita, Cuatro Milpas, Ramona, Adiós mi rancherita, Noche serena, el Rancho grande y muchas piezas más que vibraban en sus maderas de hormigo.
 
Seguir contando los recuerdos de aquellas lejanas navidades infantiles es la de nunca acabar. Así que termino con una pregunta: ¿Será que los niños disfrutan ahora tanto como nosotros de la Navidad? ¿Dentro de setenta años o más, tendrán ellos aún recuerdos tan apasionantes como los que tengo yo ahora? ¿Recordarán un nacimiento como el de doña Maruca León, la china – mejicana? ¿Habrá en su recuerdo una visitante como Colombita Barillas? Ojalá que sí, que en ellos no haya desaparecido la magia. Temo que no sea así. Veo muy difícil cómo un niño de hoy pueda recordarse sentado en un sofá escribiendo mensajitos por su teléfono celular. Lo temo, porque al fin de cuentas, uno es lo que sus recuerdos son.
 
Confío haber despertado algún recuerdo lejano en ustedes, mis infantiles cuates. Su amiga Jenny Asturias de Gularte les desea, en nombre propio y el de Pi, Plaza de Opinión, que estas Pascuas de Navidad –celebración del nacimiento de Cristo— deje en sus corazones la sensación de paz, que encuentren dentro de sí, la ataraxia de que hablaba Epicuro.
 
 
   
Powered by NeBSGT