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Reminiscencias

Sesenta años hace...
Fecha de Publicación: 28/11/2015
Tema: Otros
 
Corría el mes de octubre de 1955, mes del Rosario, de lluvia, de caminar al Templo de la Virgen y de rezarle pidiendo mil cosas. Todas pedíamos ganar los exámenes y graduarnos de la secundaria.
 
La Promoción 1955 del Instituto Belga Guatemalteco “La Sagrada Familia”, la componía un grupo que se dividía en bachilleres, maestras, secretarias y peritos contadores. Después de un corto acto en el Colegio, desfilamos, de la novena calle entre décima y once avenidas, zona uno, hasta la Catedral. Para quienes no estábamos acostumbradas a usar tacones, el recorrido fue dificultoso, que no se moviera el bonete, que no se cayeran las rosas, que si la toga se abría al moverla el viento; finalmente llegamos. En el atrio fue otra cosa, ver que parientes y amigos nos iban a ver desfilar al compás de la marcha de Aída !nos hizo temblar las piernas!
 
Desfilamos, una seguida de otra, a unos cuántos pasos de distancia y ocupamos nuestro puesto en las bancas señaladas para cada grupo. Monseñor Mariano Rossell y Arellano, Arzobispo de Guatemala, nos bendijo, nos impuso el anillo de graduadas y nos entregó el diploma del Colegio. El diploma o título (maestras y peritos recibimos un título y bachilleres y secretarias un diploma), cada quien tenía que tramitarlo ante las autoridades gubernamentales. El mío fue firmado por el Presidente Castillo Armas el tres de enero de 1956.
 
Terminada la ceremonia, en el atrio, fuimos felicitadas por amigos, parientes y amigos de los amigos, y luego, cada quien para su casa. Un momento breve pero inolvidable. Marcaba el inicio de una nueva vida. ¡A trabajar!, que hay que ayudar en casa. Hasta aquí nuestros papás habían acarreado con todas las responsabilidades; era el momento de devolverles algo de los mucho que habían sacrificado por nuestra formación.
 
Cada una siguió su vida, encontró trabajo; nos seguimos de cerca o de lejos, comunicándonos y de vez en cuando reuniéndonos. No nos veíamos pero el cariño estaba ahí, se había impregnado en nosotros después de compartir tantos años, años en los que lloramos y reímos juntas.
 
El grupo de bachilleres (7) y el de maestras (19), nos veíamos con más frecuencia. Las bachilleres son, Olga Arriola, Hilda Asturias, María Teresa Menchú, María del Carmen Murúa, Lilia Páiz, María del Rosario Román y Magda Villaverde. De ellas, Rosarín nos dejó hace unos años.
 
El grupo de maestras son, Lilia Barreda, Catalina Beltranena, Clemencia Cofiño, Vera De Sinegub, Elisa Fortuny, Alcira Gómez, Judith López, Carmen Alicia Maldonado, Elsa Mejía, Margarita Morales, Marta Montano, Miriam Quinto, Piedad Ramos, Roxana Ruiz, Ana María Santizo, Lilian Samayoa, Julia Sosa, Marina Toruño, María Eugenia Vassaux. Seis de ellas nos fueron dejando: María Eugenia, Marina, Ana María, Piedad, Margarita y Elisa.
 
El 18 de noviembre recién pasado, nos reunimos 15 entre bachilleres y maestras, vinieron especialmente desde México, Clemencia Cofiño de Marín Galnares y desde Viena, Alcira Gómez de Supancic. No pudo venir desde Washington, D.C. Roxana Ruiz de Martin. El Padre Alonso, de la Compañía de Jesús, celebró la misa en la Capilla de la Familia Fortuny. Parecía que nos hubiera conocido a todas desde pequeñas, nos hizo recordar los corredores, los patios de juego, los dormitorios, nuestras travesuras y nuestras inquietudes. Nos devolvió a nuestra niñez y adolescencia y vimos en la retrospectiva de pasados los setenta, aquella época de ilusiones. Recordamos a las compañeras ya idas, a los sacerdotes jesuitas que fueron nuestros capellanes, a las religiosas de la Sagrada Familia y a nuestros maestros.
 
Terminada la misa nos fuimos a casa de María del Carmen a degustar una paella exquisita, una sangría refrescante, deliciosa, pero sobre todo a compartir recuerdos. Olga Arriola, la compositora, la que tiene esa chispa chapina en la punta de la lengua, nos hizo recordar, con sus palabras aquella época de niñas bulliciosas, de estudiantes que íbamos en busca de un futuro que lucía esperanzador. Nunca dudamos que enfrentaríamos dificultades pero también sabíamos que con fe en Dios y en este caso con el auxilio de la Sagrada Familia, seríamos capaces de resolver problemas, sufrir con entereza los ratos duros y gozar a plenitud los momentos felices, recordando las palabras de Mademoiselle Margarita: vive cada día como si fuera el último día de tu vida.
 
Magda y yo, desfilamos en uniforme de diario y en toga. Terminamos la jornada a eso de las seis de la tarde luego de un rato de baile de los años treinta, de rock and roll, de marimba, amenizado por Olga quien lo hace como voluntariado para distraer a personas de la tercera edad.
 
Hace sesenta años se graduó un grupo de jovencitas que no sabía cuál sería su futuro, hoy nos juntamos 15 mujeres, hijas, esposas, madres, abuelas y bisabuelas que gozamos cada etapa de la vida, con sus goces y sus tristezas pero con la fortaleza que nos da el lema del Colegio “Non fallit te Deus”. Gracias compañeras, gracias Colegio Belga. Hacemos un brindis a la vida, “le haim”.
 
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