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Teorema

La muerte de la esperanza
Fecha de Publicación: 17/08/2015
Tema: Otros
 
El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente es real; yo desgraciadamente soy Borges. J. L. Borges
 
Cuando la Organización de las Naciones Unidas aún no emitía la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París, 10 de diciembre de 1948), en Guatemala un dictador fuerte renunció evitando una revolución cruenta ¿Por qué lo hizo? Como suele suceder en casi todas las decisiones razonadas, muchas reflexiones debieron incidir. Supongo que en la soledad del poder Ubico se había percatado de que se estaba gestando un movimiento saludable, capaz de crear un Estado fuerte y progresista.
 
Uno en el que participarían los mejores hombres de la época, plenos de ideas nuevas, capaces de conseguir un desarrollo político, que conllevara derechos de pensamiento, de conciencia, de religión y las libertades políticas y sociales que él se había negado a universalizar dentro de la población. Por encima del temor a derramar la sangre de su pueblo y la posibilidad de perder su propia vida, el dictador habría decidido que el bienestar y progreso de la nación eran bienes superiores y renunció.
 
Hoy, 71 años después, Otto Pérez Molina ha rehusado hacer lo propio. Precisamente ahora, cuando tenemos una sociedad políticamente más desarrollada que entonces, cuando la conciencia cívica está fortalecida, cuando Guatemala podría encaminarse hacia su verdadero destino, Pérez se aferra al poder y lo evita. Lo que él pudiera haber robado, los crímenes que hubiera podido cometer tienen, en mi opinión, muy poca importancia si se contrastan con el de negar a un pueblo –el suyo, el nuestro– el derecho de buscar su futuro.
 
Al negarse a renunciar, Pérez nos condena a seguir dentro del sistema político perverso que nos destruye, que nos limita, que nos niega la oportunidad de desarrollarnos, que nos impide ser. Habrá nuevos ladrones en el gobierno y estos vendrán con más compromisos, con más deudas partidarias con más ansias de poder, con aún mayor ignorancia. El siguiente Congreso será como este, como los anteriores. La Corte Suprema de Justicia jamás será depurada.
 
No estamos a tres semanas de las elecciones, estamos a 20 días de sumergirnos nuevamente en la corrupción, en la ignominia, el deshonor, la vileza… Un 25 de abril, pensamos que podríamos superarlo que podríamos ser un pueblo en libertad para construir su futuro. Entonces sacamos la cabeza del fango y respiramos. Alcanzamos a soñar con educación y salud para los niños más pobres, con seguridad para todos los pobladores, con una infraestructura física y social de primer orden. Alcanzamos a visualizar un país donde hubiera justicia y los jueces y magistrados no estuvieran en venta.
 
En fin, nos atrevimos a soñar con un Estado al servicio de los ciudadanos trabajadores, dignos y honrados. Pensamos que podríamos cambiarlo todo, que nuestros impuestos dejarían de servir para proteger a delincuentes, de ser utilizados para saciar a las ansias de fortuna de los partidos políticos que hacen languidecer al país y a sus habitantes.
 
La renuncia que el presidente actual niega a su pueblo, a diferencia de la que Ubico le dio al suyo en 1944, condujo a Arévalo. No es propósito de este artículo analizar el ese gobierno ni compararlo con el de Ubico. Baste decir que Arévalo trajo una serie de innovaciones en la estructura del Estado.
 
Creo que somos muchos quienes pensamos de manera semejante. Los objetivos que he planteado de erradicar la corrupción y a los corruptos, de crear un Estado eficiente y funcional los comparto, muy probablemente con la mayoría de la población. Las objeciones que he recibido son sobre el método a emplear. Me dicen que es muy riesgoso salirse del marco constitucional. Algunas personas quieren certidumbre y no alcanzan a ver que la tienen enfrente, que es inequívoco que el siguiente gobierno será tan nefasto como el actual.
 
Claro que hay buenas opciones, algunas son magníficas. Pero están relegadas a los últimos. Mucha gente habla sin tener idea de lo que significa subir un punto porcentual en la intención de voto. Muchos rezan y esperan que sus rezos sean escuchados y sucedan milagros. Y aún si así sucediera, a cualquiera de esas opciones le sería muy difícil batir a las huestes corruptas incrustadas en la administración pública. No, si se mantienen dentro del marco constitucional donde los criminales y corruptos encuentran refugio legal y manejan a su sabor y antojo.
 
Este 6 de septiembre, será todo lo contrario de lo que fue aquel reciente 25 de abril. En ese domingo próximo a llegar, habrá muerto toda esperanza. Ya solo tendremos a nuestro alcance el recurso de la rebelión, o aceptar ese destino fatal.
 
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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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