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Ubico y Pérez
Fecha de Publicación: 22/07/2015
Tema: Historia
Por el año 1933, poco después de haber llegado con mi familia a la capital, mi padre no encontraba trabajo, y yo, de trece años, dispuse hablarle. Se lo conté a Quique Ruata Asturias, mi primo, y él me dijo: Vamos a ponerle un telegrama y le dices que necesitas hablarle. Dicho y hecho. Fuimos a correos y lo enviamos un día jueves. Para nuestra sorpresa, me contestó al día siguiente. De manera muy amable, me pidió llegar el lunes siguiente por la mañana. Quique y yo calladitos, comentamos sorprendidos que, sin conocerme, me diera el trato que correspondía a un personaje o a un ricachón.
 
Con el telegrama suyo en mano, me hicieron pasar a una sala, llena de coroneles o saber cuál rango. Minutos después me hicieron llegar a su despacho. Cuando me vio se puso de pie. Debió asombrarse al encontrarse frente a una niña de fleco y con calcetas, pero lo disimuló. Siéntate --me dijo-- tomándome del brazo y dirigiéndome hacia la salita de su oficina. Empezamos a platicar y le conté que mi padre no encontraba trabajo. Cuando le dije que era tenedor de libros y que tenía mucha experiencia exclamó: ¡Buenísimo! Es lo que necesito para contralor de la penitenciaría. Dile a tu papa que se presente mañana mismo con una carta que te van a entregar en la secretaría, al salir. Se levantó, se acercó a su escritorio, timbró, dio órdenes y volvió conmigo.
 
Platícame de tu familia Asturias y después me cuentas qué haces tú. Platicamos unos minutos de los Asturias, tiempo en cual me dijo que había tenido el honor de conocer a mi abuelo, don Federico Álvarez de las Asturias y Pogio (muy amigo de sus padres) y que estuvo en su funeral en 1898, donde conoció a mi padre, José Mariano Álvarez de las Asturias y Castro, más o menos de seis o siete años.
 
Después, cuando le conté que era secretaria contable, pero que debido a mí edad no conseguiría trabajo, me dijo: ¿Quieres ir a la Dirección General de Rentas a terminar tus prácticas de contabilidad? Si quieres preséntate ante el jefe de personal que va a tener orden de recibirte. Se levantó, me tomó del brazo y me acompañó a la puerta. Sonriendo se despidió diciendo: servida señorita.
 
Nunca olvidaré aquello que me pareció una película. Y qué decir del alboroto en mi casa al entregarle a mi padre su nombramiento, donde estaría como contador hasta la caída del propio presidente en 1944, once años después. Entonces ya estaba casada y esperaba a Alex, mi hijito, quien llegó el dos de octubre de ese año.
 
En la Dirección General de Rentas Internas fui feliz. Al terminar las prácticas, me asignaron el trabajo de la contabilidad estatal de los departamentos. Al cumplir dieciocho años, ya con la experiencia adquirida, fui nombrada segunda del contador general. Años después, ese cargo me sirvió para abrirme camino, por donde quiera que solicitara trabajo. Entonces, haber sido funcionario de Ubico, era como portar una recomendación de diligencia, honradez y honorabilidad. Lo convertía a uno en una persona respetada.
 
Se ha escrito mucho sobre el presidente Ubico. Tanto que la mayoría de la población cree conocer su perfil y lo describen con el mayor de los detalles. Pero muy pocos lo conocieron personalmente. Pienso que gran parte de lo escrito proviene de investigaciones en textos que desarrollaron otros. En obras que fueron publicadas después de su caída. Encontré que muchos de esos autores, al escribir, buscaban dárselas de haber sido los héroes que provocaron su renuncia. Leí algunos comentarios, que me causaban primero risa y después mucha tristeza. Conocer así la bajeza de esos personajes, tan de frente, tan cerca hasta casi poder tocarla, hace estremecer.
 
Desde luego que no todo lo escrito son exageraciones originadas en fantasías revanchistas. Algunas personas sufrieron destierro, otros fueron encarcelados y unos más perdieron sus propiedades por asuntos principalmente políticos. Es cierto que si uno no estaba de acuerdo con Ubico, con su gobierno, con sus decisiones… le podía ir muy mal, y así sucedió.
 
Pero era hombre justo. En Rentas, yo tuve por compañero al abogado infieri Rodolfo Arriaza. Él había sido encarcelado y vejado por la confusión que hubo en el allanamiento de la oficina de abogados en Quezaltenango. Fue un levantamiento contra Ubico, que se dijo, había sido liderado por el doctor Pacheco. Arriaza hacía pasantía y era ajeno al asunto, pero la policía, sin mayores averiguaciones encarceló a todos.
 
Estuvo encarcelado varios días sin poder defenderse. Proveniente de las palizas que recibió, sufrió un tic nervioso del que nunca se recuperó. Ubico al informarse que realmente nada tenía que ver, dio la orden de libertad y pidió lo trajeran a la capital y lo llevaran ante él. Personalmente le ofreció disculpas y le prometió resarcir su equivocación. Así fue. Lo nombró jefe del Notariado Fiscal, le devolvieron a su esposa dos propiedades que le habían confiscado, una de ellas en la esquina de la segunda avenida y octava calle zona 1 de la capital.
 
La visión que ahora se tiene de Ubico proviene de varias fuentes. Primero (la más abundante) por quienes se arrastraban frente a él y comían de su mano, intentando después, con lo que escribieron, limpiar su propia ignominia. Ellos exageraron hasta la difamación hechos acontecidos durante los trece años y pico que Ubico gobernó Guatemala.
 
También, aunque mucho menos, fue lo escrito por esas personas dignas que sufrieron la falta de libertad política de entonces y por algunos (muy pocos) historiadores serios de la época. El escritor e historiador Horacio Cabezas, por ejemplo, sí hizo una presentación seria de Ubico, en su  compendio ‘Ayer y hoy".
 
Casi todo lo demás es obra de quienes no habían nacido entonces, de historiadores, algunos muy serios pero la mayoría no, que se basaron en los textos ya referidos e ideas preconcebidas. Así, se ha venido escribiendo la imagen de Ubico. Quiero anotar dos evidencias que dan sustento a lo anterior.
 
La primera es personal. Cuando por aquellas épocas contaba mi referida experiencia con él, llamaba la atención y era algo para presumir.  Ahora, lo que recibo son muestras de incredulidad. Entiendo que esto sucede porque mi narración riñe con la imagen que la gente tiene de él.
 
La segunda viene de observar que toda la obra pública desarrollada por él, hace más de 71 años, sigue siendo utilizada y figura aún entre lo que el país tiene para mostrar. Por donde uno va, en las ciudades, en las carreteras, por todas partes, es fácil encontrar obra suya.  ¡Qué contraste con los siguientes gobiernos! ¿Dónde está la obra que Colom debió construir hace sólo cuatro años?
 
Aunque recriminaciones auténticas, creo que la mayor parte de la gente buena ya perdonó lo que Ubico pudo haber hecho sufrir a sus padres, abuelos o bisabuelos. Pero hay muchos detractores; la mayoría exguerrilleros y sus seguidores. Otros son quienes fueron engañados y ahora engañan. Aprovechan las manifestaciones y los plantones en el parque, para hacernos creer que volviendo a la época de Arévalo y Árbenz encontraremos seguridad. Pero no es verdad, absolutamente no.
 
La paz y la seguridad en los gobiernos de Arévalo y Árbenz no fueron sino los residuos de lo que dejó Ubico. A partir del mismo primero de julio de 1944, esa paz y esa seguridad nacional se han venido perdiendo. La falta de libertad política de entonces se ha convertido en el exceso de libertinaje de ahora. Al permitir los sindicatos en los servicios públicos y en otras entidades del Estado, estos han crecido como tentáculos de cáncer que no solo asfixian al estado, sino, nos ahorcan a todos.
 
Sostengo que Ubico fue un gran presidente, no solo por la obra que realizó, so solo por la paz que ofreció durante su gestión, no solo por la seguridad y la tranquilidad con que vivimos entonces, no solo por habernos dejado sin deudas. Lo fue principalmente y por encima de todo, por la altísima dignidad con que desarrolló su cargo.
 
Lo fue porque le bastaron 311 firmas, la mayoría de personas jóvenes, para que él comprendiera que debía renunciar, que la gente no lo quería más como presidente. Y simplemente hizo lo que su alto concepto del honor le indicaba hacer: Renunciar. Ubico falleció menos de dos años después de haber dejado el cargo. El acta de defunción dice que fue por cáncer, yo creo que fue nostalgia.
 
¡Qué gran contraste entre Ubico y lo que sucede hoy cuando 60,000 personas inundan la plaza de la Constitución y dos o tres veces ese número pide lo mismo en las plazas centrales de las cabeceras municipales a lo largo y ancho del país! ¡Qué diferencia entre su altivez y la expresión de angustia de Pérez Molina!
 
¡De pie mi Guatemala inmortal, de pie!
 
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