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Teorema

Sentencia popular
Fecha de Publicación: 14/07/2015
Tema: Justicia


En alguna fecha de mayo pasado, Susana Barrios me contó que después de la manifestación del 25 de abril, cuando aún estaba en la Plaza de la Constitución, tuvo una sensación extraña. Fue como si lo hubiera vivido antes, una especie de Déjà vu (algo ya visto), me dijo. Pensó que se trataba del impacto que le había causado formar parte de ese coro de 60 mil voces que entonaba el himno nacional. Pero sospechaba que había algo más...


Cuando
 en mayo volví a hablar con ella, confesó que le había dado muchas vueltas pero sin avanzar gran cosa. Fue hasta que un suceso posterior la ayudó a encontrar la clave. El recuerdo le llegó con claridad durante la manifestación del 30 de mayo, cuando escuchó esas voces que pidiendo la dimisión de Pérez, al unísono repetían re-nun-cia–ya, re-nun-cia–ya, re-nun-cia–ya.


Entendí el vínculo entre su recuerdo y lo sucedido en las manifestaciones. Pero la conversación quedó allí, guardada, durmiendo el sueño de los justos, como acostumbraba decir mi mamá. La magnífica manifestación de las antorchas del 4 de julio anterior, me hizo regresar a su historia. Cómo no iba a hacerlo, si se volvió a inundar la Plaza de la Constitución, el parque central de Quetzaltenango y, entiendo que también el de muchas otras ciudades del interior. Hablé con ella nuevamente para pedirle que completara el cuadro de sus recuerdos y generosamente, así lo hizo. Después busqué las referencias precisas en la Internet. 

 

Los gritos de re-nun-cia–ya, re-nun-cia–ya, re-nun-cia–ya, en el alma de casi todos, resuenan poderosamente. Así que tomando la experiencia de Susana y con la ayuda de Wikipedia y otras fuentes escribí lo que sigue para compartirlo con usted. Esto es lo que quiero contarle, o recordarle, no sé.

 

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Terminaba el año 1989 que había sido crítico para Europa del Este. La noche del 9 de noviembre había caído el muro de Berlín. La civilización iniciaba una nueva era, principalmente para el mundo de la URSS (1) (Union de Repúblicas Socialistas Soviéticas de entonces). Sus respectivos gobiernos buscarían mantener el férreo control que habían utilizado para gobernar. Pero los pobladores ya no los querían allí. (1)Es interesante observar que hoy, todas son economías capitalistas.

 

Una de esas repúblicas fue Rumania, situada al sur, con costa sobre el mar negro; el gobierno era dirigido por los esposos Nicolás y Elena Ceausescu, él Presidente y ella Viceprimer Ministro. El 17 de diciembre de 1989, el gobierno disolvió violentamente una manifestación en la ciudad de Timisoara, muy cerca de la frontera con Serbia. La Securitate (policía secreta) disparó contra la población civil que se manifestaba. Hubo muertos, pero no sé cuántos.

 

Cinco días después, poco antes de la Navidad, había amanecido un frío aún más intenso que en los días previos. Los Ciausescu habrían tomado un desayuno frugal porque tenían una importante concentración de ciudadanos en la Plaza Central. Nicolás debía pronunciar un discurso capaz de persuadir a la población de que vendrían tiempos mejores para todos. Sus asesores le habían dicho que evitara tocar el tema de Timisoara porque estaba demasiado fresco. Tal vez el año entrante, después de las fiestas –le recomendaron.

 

Por entonces, se decía en Rumania que Elena era la mujer más odiada de todo el país. Todos sabían que sus grados académicos los había conseguido por presiones políticas o por medio de chantajes y que las condecoraciones que le habían otorgado en el extranjero no eran sino actos absurdos de complacencia por parte de otros gobiernos. Aquello irritaba a los rumanos.

 

Elena ayudó a Nicolás a ponerse la bufanda de seda y el grueso abrigo negro; acariciando su mejilla le dijo que todo iba a salir bien, que no debía preocuparse. Le compuso el mismo gorro que había usado varias veces en sus presentaciones públicas en plazas abiertas. Ella hizo lo propio y salieron al balcón. Elena vestía un abrigo beige (beis) y se paró al lado izquierdo de Nicolás. Cuando empezara el discurso debía sentarse, favoreciendo que la atención estuviera centrada solo en él.

 

La multitud ya estaba congregada en la plaza. Serían 50 o 60 mil personas, quizá más. Una parte importante de esa multitud eran miembros de la Securitate vestidos de civil. Ellos tenían, como en ocasiones anteriores, instrucciones de aplaudir con entusiasmo cuando los Ceausescu aparecieran en el balcón y así lo hicieron. Algunos ciudadanos también aplaudieron.

 

Nicolás agradeció la “calurosa” bienvenida e inició su discurso elevando ambas manos por encima de su cabeza pidiendo silencio. Era un buen orador y le gustaba hacerlo; conforme avanzaba en su discurso, sentía más seguridad y su tono de voz se volvía más enérgico. Sin embargo…

 

Desconcertado escuchó que de entre la multitud surgía un una voz que decía: Ti-mi-so-a-ra, Ti-mi-so-a-ra, Ti-mi-so-a-ra… Buscó con la mirada a aquel abusivo que así osaba interrumpir así su discurso. Debio pensar en un castigo ejemplar para castigar tal afrenta.

 

No consiguió identificarlo. En cosa de segundos su sorpresa fue mayúcula. Esa misma palabra surgió de muchas bocas y después de todas las bocas. Al unísono la gente gritaba Ti-mi-so-a-ra, Ti-mi-so-a-ra, Ti-mi-so-a-ra. Lentamente, la multitud empezó a avanzar en dirección suya, dispuesta a tomar el palacio. En cosa de segundos la población había perdido el miedo infundido durante años. Nicolás aún alcanzó a ver a algunos miembros de la Securitate que se alejaban de la multitud, buscando ponerse a salvo.

 

Salió de su estado de estupefacción cuando sintió que lo jalaban del brazo para ayudarlo a escapar. Junto con Elena, la guardia presidencial los llevó a su chalet en Snagov. Después irían a un aeropuerto para ponerse a salvo en otro país. Pero no lo consiguieron. En el intento ambos fueron capturados y conducidos a Belgrado. Poco después, el 25 de diciembre ambos enfrentaron un juicio sumarísimo (tuvo dos horas de duración) que se televisó en vivo a toda la nación. Se les declaró culpables por los delitos: a) uso de las fuerzas armadas en contra de civiles; b) daños a la economía nacional; y c) enriquecimiento injustificable. Más que los jueces, fue la población quien los sentenció: Muerte por fusilamiento. Ese mismo día, Nicolás y Elena Ceausescu fueron fusilados en el cuartel militar de Targoviste.

Según me contó Susana, en Noruega, donde entonces ella residía, televisaron el juicio. Cuando lo vio quedó muy impresionada.

Ti-mi-so-a-ra, Ti-mi-so-a-ra, Ti-mi-so-a-ra y la frase Re-nun-cia–ya, Re-nun-cia–ya, Re-nun-cia–ya, le sonaron parecidas. A mí también ¿a usted no?

The Romanian Communist tour

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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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