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En el Día del Padre
Fecha de Publicación: 17/06/2015
Tema: Piel adentro


No puede ser buen padre, quien abandona a su hijo, cuando sabe que llegará al mundo, por más que recite el Farewell diez veces. No lo es cuando lo niega, cuando lo esconde, cuando no está en el momento que lo necesita.
 
No puede ser buen padre, aquel que en estado de ebriedad llega a casa repartiendo golpes. El que presume ante su hijo al entregar malas cuentas a su empleador. Ni quien le pide que lo acompañe a robar. El que instruye al hijo, a negarlo cuando lo buscan, no puede ser buen padre. Tampoco el que lo consiente al hacerse el enfermo para no ir a la escuela o le permite quedarse con cosas que no le pertenecen. No es bueno el que mira con total indiferencia lo que sucede en su casa, porque hay algunos, como el señor Neto, que tiene once hijos, y ninguno está registrado, porque él lo deja para otro día.
 
Padres, los hay de todo. Existen o existieron, dejaron las huellas que siguieron sus hijos, así como nosotros seguimos las de los nuestros. Huellas, ejemplos... para bien o para mal. Uno agradece cuando en ese acaso injusto reparto le fue bien y cuando le fue mal, acaso lo mejor sea perdonar.
 
Padre bueno, ejemplar, es aquel que junto a la madre, vela las noches de enfermedad de sus hijos. El que está su lado desde sus primeros pasos, enseñándole las primeras letras y se goza llevarlo de la mano a su primera escuela. El que hace que su hijo vea en él, todo cuanto necesita. El que tiene la certeza de que su padre lo defenderá hasta con su vida, y estará a su lado en cualquier momento y circunstancia.
 
Bueno es aquel que con amor y disciplina corrige cuando debe hacerlo; el que ve sus tareas y lo ayuda si es necesario. El que se sienta a la mesa con él y muchas veces, aun estando cansado y preocupado lo oye y aconseja.
 
Buen padre es quien sabiendo la huella que puede dejar en su hijo su propio comportamiento, lo modula y se esfuerza para ser mejor ante los ojos de este. Es bueno el que sabe ser firme, al tiempo que reconoce cuando se ha equivocado y puede pedir perdón.
 
Quien a pesar de lo comprometido de su tiempo, siempre consigue hacer espacios para llevarlo a visitar a los abuelos, enseñándolo así, a amar a su prójimo y respetar a los mayores.
 
Y, por último quien se quita el pan de la boca para alimentar a sus hijos.
 
Han pasado taaantos años que a veces me sorprende tener un recuerdo tan vívido de mi padre, de su sonrisa, de sus manos de su mirada dulce… Tendría tanto que contar, evocando su cariño, su paciencia, su disciplina, que nunca terminaría. Fuimos cuatros hombres y yo de mujer, sus cinco hijos. Ya todos están en el cielo. Mis ojos se llenan de lágrimas y tiemblo recordándolos No puedo evitarlo.
 
Mi padre nos obligaba a compartirlo todo. A nada esconder y  nada negar. Por supuesto que había un consentimiento a mí por ser la única mujer de la “pandilla” pero la disciplina en todos aspectos era igual. Nos regañaba y premiaba. Como en Coatepeque, y creo igual en todas partes por entonces, el niño iba a la escuela cuando cumplía siete años, nuestro padre se mostraba orgulloso al inscribirnos y decir “ya sabe leer y escribir y la tabla también”. Total, nos hacía sentir que éramos unos súper héroes. Después del tercero de primaria no había más colegio que solo unos cuantos informales y la escuela pública para varones, a donde fueron mis cuatro hermanos. Mi padre optó por mis estudios, bajo una institutriz. Él, además, era hogareño y ayudaba a mi madre tanto como podía.
 
Era muy bondadoso, El señor Chema lo buscaba constantemente para pedirle prestado algunos centavos, que mi papá nunca le negaba. El señor Chema siempre le decía: Ay, don Chepito es usted tan bueno, y yo con la pena de que no encuentro cómo pagarle. Hasta que un día, este mi don Chepito (mi papá) le contestó: Mire amigo, desde que se inventó el dinero, que yo sepa, no existe otra forma de pagar.
 
Mi padre tenía un corazón tan grande que lo buscaban para todo. Para cortar listones, para bautizos, para la Cruz Roja, cuando había que hacer discursos, en las bodas y todos esos pequeños y grandes actos que se desarrollan en la vida de los pueblos. Además, para todo iba con mi madre.
 
Bueno, como dije no terminaría. Lo quiero es dar a conocer un poema que salió de mi corazón, para mi don Chepito, hace muchos años y que hoy me causa gozo pensar que en su nombre él lo comparte con los lectores de este artículo. Espero que hagan suyas estas líneas como si hubieran sido escritas por uno de sus hijos.
 
 A mi amado e inolvidable padre que está en el cielo junto a mi amada madre y mis cuatro hermanos
 
Jamás permitiste pretextos para faltar a la escuela.
Contigo a la cabeza, cada cual en su propio caballo,
bajo lluvia y relámpagos, presumiendo de espuela,
salíamos muy de mañana, y volvíamos bajo la luz del rayo.
 
Cuando del río, mis traviesos hermanos no volvían
Todo dejabas y, cruzando veredas, con ellos regresabas,
neceando con tus reprimendas, hasta que entendían
repitiendo consejos y, después con ellos, de reír, llorabas.
 
De mi parte, recuerdo cada idea, cada corrección
que, hoy a lo largo de la vida, me guía todo momento.
Eres luz en mi sendero.
Cada libro en mis manos, me recuerda tu enseñanza
y por las letras, tu pasión.
 
Si alguna vez dejarlas intento, porque bien no pensamos
Con amor me lo recuerdas desde el azul firmamento,
Y, desenterrando tu arraigada semilla, vuelvo a la lección.
 
Por las tarde, tus brazos sostenían, recuerdo bien
“El libro de la juventud” que en casa teníamos
El cual, con dedicación y paciencia nos leías,
Y, de reojo observando si atención poníamos
Y que, al menor descuido nuestro, pregunta hacías.
 
Dedicación que nos inculcó del saber, su atesorar.
Aun siendo niños, defraudarte no podíamos, claro está.
Nos sembraste la raíz del saber. Teníamos que fructificar
Semilla en tierra joven... No sembraste en vano papá
 
Fuiste personaje lleno de amor y lealtad
Te decían Chepe Asturias. Era tu nombre.
José Mariano Álvarez de las Asturias NAVA y Castro
Cuando yo, ya mujer, a ti acudía, demostrabas
seguir siendo el mismo padre, el mismo amigo.
Me atendías... me oías... me aconsejabas...
Soy tu hija, que se hizo grande y feliz contigo,
Aquella niña que en tus brazos estrechabas.
Se honra al recordarte como padre y como amigo
 
 Tu Urquena. Junio de 2015
 

 

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