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Mejorando el Congreso
Fecha de Publicación: 13/06/2015
Tema: Congreso
 
Este año voy a cumplir 95 (nací en 1919). He conocido gobiernos que duraron menos de una semana y uno que se extendió más de 13 años. He visto gobiernos débiles y gobiernos fuertes, gobiernos honrados y gobierno ladrones (estos más recientemente). Pero nunca había visto el grado de descomposición que se observa hoy día, simultáneamente en los tres poderes del estado.
 
Desde luego, hay algunos funcionarios que salen bien librados; el mérito de ellos debe ser mayor porque han logrado pasar entre la mugre sin ensuciarse. Es fácil ser bueno cuando se está rodeado de buenos. Pero ser el frijolito sano entre un saco de frijoles podridos, y no contaminarse, eso tiene significado propio.
 
He visto Congresos honorables, eficientes y otros que son todo lo contrario. De estos últimos, algunos nombres permanecen grabados en la memoria colectiva: Chinchilla Vega, Lobo Dubón, Hichos, Meyer, Villate, Back, Rabbé, Gálvez, Mazariegos, Rivera, Crespo… ¡Dios mío, cuántos son! En cambio los buenos, caben todos en un par de líneas. También está esa inmensa mayoría de anodinos, los que no se dan color, los que son como perros de tienda que permanecen allí, echados al acecho de un pan.
 
¿Qué ha hecho el Congreso este mes? ¿Qué ha hecho este año? ¿Qué ha hecho en todo este período legislativo que ya lleva 41 meses? ¿Cuántos días han sido dedicados a interpelaciones absurdas, a incomprensibles ausencias? ¿Acaso usted piensa como yo que los congresistas han dedicado la mayor parte del tiempo a enriquecerse por medio de chantaje, del soborno, del tráfico de influencias y de toda oportunidad a su alcance?
 
El ausentismo se agudizó aún más con la contienda electoral anticipada. Dice el señor Rabbé que se está perdiendo valioso tiempo. No sé qué tan valioso sea el tiempo de los diputados. Lo que sí sé es cada día laboral perdido nos cuesta a los ciudadanos casi tres millones de quetzales. Si pierden todos los 251 días laborales del año, habremos perdido los Q710 millones asignados al Congreso este año… y unos 2,500 millones de quetzales en este período legislativo ¿Nos podemos dar esos lujos? Y aun así, todavía oír a Villate expresarse en términos casi heroicos. ¡Bellaco!
 
Por su parte la Junta Directiva, tan peculiarmente elegida, ni se da su lugar ni los pone en su lugar. Para muestra un botón: De los 158 diputados, a veces logra reunir a ochenta. Pero muy pronto, poco a poco, van desapareciendo, casi tan furtivamente como el ratero en un autobús, después de sacarle la billetera a alguien. ¿Qué adónde se van? No tiene importancia. Lo que sí causa curiosidad es saber, donde dejan la vergüenza para tender la mano y embolsarse un salario que no han ganado.
 
Mucho se habla de reformar Constitución de la República de Guatemala, principal ordenamiento jurídico de nuestro único país. Sobre esto se conversa en todos los círculos: los eruditos, la clase media y aún los analfabetos hablan de ello. Por fortuna todos tenemos la potestad de opinar y ejercemos ese derecho. Aunque cada sector tiene sus prioridades, los analistas no comprometidos opinan que las más importantes reformas requeridas los son en el sector político (elecciones y partidos), y en el sector justicia. También hablan de temas de seguridad ciudadana y de la administración de los servicios públicos.
 
En lo personal, no me atrevo a opinar sobre la estructura jurídica de la constitución, pero sí creo poder comentar asuntos que se discuten públicamente y que no debieran quedar fuera cuando lo hagan los expertos. Creo que meterle el diente a la Constitución representa un grave peligro, aunque hacerlo fuera muy necesario. Pienso que antes habría que trabajar sobre las leyes constitucionales y las leyes ordinarias.
 
Empezando por el Congreso, hay que rebajarles ese jugoso presupuesto que les permite viajes innecesarios. Hay que reducir su burocracia y el exceso de asesores que en realidad solo son activistas de campaña con premio. Es necesario impedir la reelección, para que los partidos políticos no sigan presentando a los mismos. El caso Taracena debiera ser emblemático, ejemplo de algo que nunca debió suceder. Dicen que ya tienen experiencia parlamentaria. Pero ¿cuál es esa experiencia? si solo llegan a conversar entre ellos sobre sus cochinadas… eso cuando llegan.
 
Habría que evitar el truco del candidato a diputado que burla el sistema. Ya con un partido inscrito este oscuro personaje convence a una persona con la chequera y el ego inflados para que sea “su” candidato a presidente. Él, “humildemente”, se coloca a la cabeza del listado nacional buscando ser diputado. Sabe que su candidato presidencial no tiene ningún chance, lo sabe bien, pero no le importa. Su interés, desde el principio fue apostar a que con eso de la representación de las mayorías, se arme la fiesta de curules y él salga premiado.
 
Hay que reducir el número de diputados. Ciento cincuenta y ocho vagabundos es una exageración. Aún 80 serían muchos, tal vez 20… Argumentan que el número tiene que ver con la representatividad. Pero ¿a quién representan estos? ¿Acaso hay alguien que se sienta representado (y que no sea pariente, amigo o beneficiario directo)? También hay que cancelar el inoperante PARLACEN.
 
Convendría eliminar el listado nacional pero ese sí es un tema constitucional.
 
¡De pie Guatemala, de pie!
 
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