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Carnets

La caída
Fecha de Publicación: 28/05/2015
Tema: Piel adentro

He sentido en estos últimos días, una lástima profunda por usted Otto Pérez. No le llamo señor Presidente, porque para mí, usted ha dejado de serlo.

 

Creo intuir el calvario que ha de estar viviendo. Usted, que siempre estuvo en la cima de la actividad política del país, ahora se descubre en el fondo. Usted quien acumulara títulos y medallas durante su vida, en las circunstancias en que hoy se encuentra, de nada sirven. Usted, quien fuera el hombre fuerte, de gran poder, el número uno, hoy se halla en una posición tan débil, tan vulnerable, tan frágil…

 

Puedo imaginarlo Otto Pérez, abriendo los ojos por la mañana, recibiendo en su pecho un golpe angustioso que le recuerda su realidad. Puedo percibir la enorme dificultad para erguirse al salir a enfrentarla. Puedo imaginar su paso lento, pesado, abrumado por la carga que lleva sobre sus hombros. Lo veo arrastrando sus pies, con un cansancio casi mortal, envejecido y deprimido. Logro vislumbrar cuando se acerca a ver su imagen reflejada en el espejo, y se sorprende de lo que ve. Una visión difícil de reconocer, una figura que nunca imaginó como propia. Lejos de encontrar al intrépido combatiente de la guerrilla, al militar que discutió los acuerdos de paz o al glorioso general, hoy el espejo le devuelve la imagen de un hombre que es percibido por su pueblo como un vil bandido, odiado y rechazado.

 

Puedo entrever el agobio que estará experimentando, al comprender que su vida entera se ha desmoronado. Impotente en su esfuerzo por recuperar algo de respeto y estima. Me pregunto Otto Pérez, si será capaz de mantener un mínimo de respeto hacia usted. Lo veo sufriendo al constatar lo que significa la pérdida del poder, la ausencia de control. Cuán duro debe ser verificar la falta de valor que ahora tiene su palabra o su opinión.

 

Puedo imaginarlo Otto Pérez, viendo su figura ojerosa reflejada en el espejo, pensando que nada puede hacer para reivindicar sus actos, observando que el tiempo, implacable, no le ofrecerá otra oportunidad. Habrá de asimilar que su oportunidad desapareció, que ahora ya es demasiado tarde. Puedo ver su orgullo, totalmente desvanecido.

 

Puedo imaginarlo allí, pensando con desesperación a quién acudir a solicitar ayuda y socorro. ¿Quién puede sacarlo del hoyo? Al tiempo que con amargura comprende que no existe tal poder mágico, capaz de hacerle salir airoso. Puedo imaginarlo, en este momento, resumiendo mentalmente lo que pudo haber hecho diferente, hundido en la desesperación al verificar que los errores fueron enormes, y que no hay vuelta atrás, que lo ha perdido todo. Puedo verlo abatido por la crítica justa y bien merecida, aunque dolorosa, sin remedio.

 

Puedo imaginarlo totalmente desconsolado, constatando que aquellos, quienes lo adularon ayer hoy lo ignoran; que quienes dijeron ser sus amigos, no desean acercarse, que aquellos que le prometieron lealtad, le han dado la espalda. Lo veo luchando por seguir justificando su actuación con el fin de victimizarse, convenciéndose por momentos, de que no fue culpable, que el responsable es otro. Puedo verlo meditando mientras observa sus ojos cansados; puedo visualizarlo mientras siente un rasgo de arrepentimiento, pero que desecha ese sentimiento de inmediato, volviendo a pensamientos justificadores, para así, descalificar su momentáneo instante de consciencia.

 

Puedo imaginarlo Otto Pérez, pálido, saturado de aflicción al pensar cómo lo está juzgando el pueblo de Guatemala. Qué gran ansiedad ha de sentir al comprender en su justa medida, cómo quedará su nombre en la historia del país. Qué suplicio y qué tormento saberse Otto Pérez. Entender que sus familiares llevarán en su nombre a cuestas, sin remedio, la ignominia de sus actos. Los guatemaltecos, por generaciones, harán señalamientos a sus descendientes recordándoles sus imperdonables acciones.

 

La corrupción no es una maldición ineludible, Otto Pérez. Es un acto de libre elección, un accionamiento de la voluntad.

 

Sigo imaginando sus pensamientos dentro de un suplicio. Se martiriza teniendo la consciencia de haber sido un hombre privilegiado. Recibió el más alto honor que un pueblo puede otorgar a un ciudadano: confiarle el destino de la nación. Otto Pérez, usted pudo incursionar los anales de la historia como el hombre más amado por su pueblo. Usted tuvo la oportunidad de convertirse en un héroe para nuestros niños, un ejemplo a seguir para nuestra juventud. Usted pudo haber sido un hombre respetado como luchador por grandes metas, viviendo en base a grandes valores. Fue usted quien eligió lo contrario, quien provocó que el día de hoy sea desdeñado, degradado, repudiado, humillado...

 

Cuántos pensamientos tortuosos entrarán en este momento en su mente Otto Pérez. Por eso, al imaginar sus pensamientos y sus sentimientos en este momento, no puedo evitar sentir compasión por usted. Tomó el camino equivocado. Optó por la indignidad. Jugó mal sus cartas a pesar de haber contado con todos los ases y reyes.

Si yo fuera usted Otto Pérez, me sentaría a escribir mi último discurso mientras todavía tenga la oportunidad de hacer llegar mi voz al pueblo de Guatemala. Si yo fuera usted Otto Pérez, dejaría de lado la arrogancia, alejaría de mí los viejos fantasmas de gloria y expresaría mi profundo arrepentimiento. Dejaría que un acto genuino de profunda contrición saliera de mi corazón. Si yo fuera usted Otto Pérez, declararía, con infinita humildad, mi aflicción por haber traicionado a mi gente, clamaría por indulgencia y perdón. Si yo fuera usted Otto Pérez, aceptaría públicamente haber sido un fracaso.

Como se espera el último suspiro de un moribundo, nos encontramos todos frente al televisor, los medios de comunicación, las redes sociales aguardando que se informe su dimisión. La última exhalación, el final de su trayectoria política. Con ella, una su última posibilidad de una acción digna, la oportunidad para el rescate de la institucionalidad en Guatemala.

Hoy su agonía es merecida. No tendrá siquiera la clemencia del abandono a través del tiempo. Otto Pérez, usted ha firmado ¡con tinta sucia! en la memoria de mi país, una historia ominosa.

El tiempo jamás será benevolente con usted, porque usted Otto Pérez, ha perdido hasta el derecho al olvido.

 

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