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Política y Sentido Común

Entre Aristóteles y John Locke
Fecha de Publicación: 27/02/2015
Tema: Política
El famoso filósofo Aristóteles, del siglo IV antes de Cristo, discípulo de la Academia de Platón, fundador del Liceo y maestro de Alejandro Magno, alguna vez dijo que el hombre es un animal político: el zoon politikon, dando a entender, con esto, que el hombre es social por naturaleza.
 
Posteriormente, John Locke, el filósofo inglés del siglo XVII, bastión del pensamiento liberal, sentó las bases de lo que más adelante, con valiosos aportes de otros pensadores, como Montesquieu, Voltaire, Rousseau, así como economistas de la talla de Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill, ayudaron a construir el concepto del homo oeconomicus, con lo cual se deseaba dejar establecido que el hombre privilegia el manejo de las cosas desde el punto de vista de la creación de riqueza.
 
Pensamientos y pensadores aparte, debemos dejar claro que la convivencia en sociedad deriva en el ordenamiento de las cosas a través de normas jurídicas; que para que las cosas tengan algún grado de orden el ser humano desarrolló la política; y que para la convivencia de las comunidades desarrolladas se hace necesaria la participación del elemento económico.
 
Es decir, la vida social, hoy día, no puede prescindir ni de la política ni de la economía, de manera que debemos encontrar un justo balance entre una y otra, articuladas, para que las reglas, en todo sentido, de convivencia, de sucesión, de relevo en el mando, todo, funcione a la perfección pero, por otro lado, todo el enfoque vaya de la mano de la creación de riqueza para mantener el aparato social funcionando.
 
Aquí entra el elemento que deseamos resaltar: según nuestra experiencia, de nada sirve que unos miembros de la sociedad dejen que otros hagan de la política lo que, en la cabeza de estos últimos, creen que debe ser.
 
La teoría aristotélica tiende a fallar cuando sólo una parte de la sociedad se convierte en animal político, mientras la indiferencia campea en el resto de la población, porque la minoría activa tenderá a tomar las decisiones políticas por la totalidad del conglomerado humano en que se desenvuelve el drama, ocasionando, la mayoría de las veces, una enorme decepción en quienes no participan, llegando al grado de hablar mal de la política, cuando son ellos quienes le han dado la espalda a las cosas importantes de su propia comunidad.
 
Por otro lado, las decisiones importantes de macroeconomía de una nación están impregnadas de actos de voluntad de funcionarios y autoridades electas a través del proceso político, de modo que si la mayoría no se involucra en la primera, poco o nada puede hacer por influir en la segunda, de manera que se pierde hasta el derecho de patalear y de quejarse por las malas decisiones de los otros.
 
Cuando la economía de un país funciona, nadie se queja; pero cuando no funciona, la tendencia es a quejarse de los demás, y a no percatarse del grado de responsabilidad que todos los no involucrados tienen en la buena o mala decisión de los asuntos económicos.
 
Es por esa razón que se hace necesario que todos recapacitemos acerca del grado de participación que venimos teniendo en los asuntos importantes del país y que, cada día que amanece, tratemos de involucrarnos más en la vida política nacional, influyendo de alguna manera positiva con el futuro nuestro, de nuestros hijos y nietos.
 
Es probable que las sociedades de hace casi 2,500 años, tanto en Atenas como en Macedonia, donde vivió Aristóteles, no hayan sentido la necesidad de organizarse con el fin de crear riqueza, o de que la creación de ésta los pusiera en condición de vivir mejor, aunque en esos años nacieran las primeras democracias, los primeros eventos decididos mediante el voto y las primeras concepciones de lo que es una Nación-Estado.
 
También es posible que en la Inglaterra y Francia del absolutismo y de la intolerancia religiosa se hayan destacado algunas otras cosas de acuerdo al correr de los tiempos, y eso haya sido lo que los pensadores de esa época resaltaron.
 
Pero hoy nos atrevemos a decir que si Aristóteles y Locke hubiesen sido contemporáneos, probablemente los habríamos visto conversar durante largas horas, caminando, tomados del brazo, desentendidos del mundanal ruido, en actitud peripatética, componiendo el mundo en sus mentes brillantes y acordando con nosotros que, la política y la economía, son las dos caras de la misma medalla en la evolución del ser humano.
 
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