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Teorema

El veredicto
Fecha de Publicación: 12/05/2013
Tema: Política

 

 

La televisión dejó oír una voz chillona, semejante a la de una maestra de escuela que con desesperación intenta poner orden entre los alumnos. La juez Barrios indicaba que primero debían salir los familiares y allegados del señor Ríos, una veintena de personas. Agregaba que el recientemente sentenciado debía permanecer en su lugar. Solo le faltó decir que los demás (los periodistas y la multitud contraria a Ríos), podían quedarse a celebrar.

 

¿Por qué ese orden? Si se trataba de mantener disciplina en la sala ¿acaso no tenía mayor sentido pedir que evacuaran primero los demás? Estos ya se sentían felices y dispuestos a festejar. La prensa y los pocos familiares, amigos y abogados del señor Ríos necesariamente saldrían cuando llegaran los miembros de la policía para conducirlo a prisión. Pero no, la señora juez volvió a mostrar su capacidad para causar desorden y su dificultad para establecer autoridad.

 

Poco después, de haber pronunciado su veredicto, la juez se unió al regocijo de la parte acusadora, cruzando sus brazos sobre los hombros. De esa manera enviaba a la “comunidad internacional” un abrazo de congratulación signado por un fallo de culpabilidad, así como por la máxima pena que podía imponer. Ambos, veredicto y condena, habían satisfecho plenamente a la inmensa mayoría de presentes, incluidos los miembros de la prensa nacional y extranjera.

 

La resolución que contenía el fallo ocupaba un legajo de varias páginas que la juez, a pesar de su timbre de voz, leyó con claridad... y cierto regocijo.  El discurso que concluía en la condena, era toda una pieza de oratoria de la mejor calidad, ordenado, metódico, cuidadoso, pormenorizado, circunstanciado…

 

Quienes alguna vez hemos tratado de comunicar una idea por escrito, sabemos lo arduo de la tarea. Aun cuando se trata de una columna de opinión,  cuya trascendencia es limitada, escribirla requiere experiencia, tiempo y meticulosidad para referir con claridad las circunstancias que conducen a la conclusión. Redactar esa resolución, tan bien planteada, de tanta trascendencia, tan expuesta a ser analizada minuciosamente, debió tomar mucho más tiempo. Posiblemente varios días de trabajo intenso desarrollado por un profesional con las mejores calificaciones.

 

En su forma de hablar, en su comunicación oral, la juez barrios es desordenada, casi tanto como lo es su conducta personal dentro de la sala de debates. Entonces, ¿cómo pudo escribir ella esa magnífica pieza en cosa de una hora? ¿La había escrito antes? ¿La escribió alguien más por ella? ¿Quién? ¿Cuándo?

 

Para mí, y esta es una opinión muy personal, lo que presenciamos no fue un juicio dentro del estado de derecho, sino un linchamiento. La horda no estaba formada por las personas ixiles que estuvieron en la sala. En su inmensa mayoría, ellos parecían solo ser un instrumento para alcanzar el veredicto y la sentencia que los otros propiciaban. La turba encargada de linchar a Ríos estaba formada por organizaciones de derechos humanos, por otro tipo de ONG’s, por los embajadores de “los países amigos”, por la gran mayoría de periodistas presentes en la sala, así como por otros activistas y periodistas sentados en sus cómodas oficinas en países lejanos.

 

Las noticias, 24 horas después del linchamiento, refieren la enorme cantidad de organizaciones que expresan su satisfacción por el veredicto y la sentencia ¿Cómo poner en duda que ellos estuvieron presionando por todos los medios a su alcance, que son muchos, para llegar a ese veredicto? Wikipedia presenta una lista incompleta con más de 300 organizaciones de derechos humanos {http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_human_rights_organisations} ¿Cuántas de ellas presionaron para conseguir el fallo?

 

Suponga usted, por un momento, solo por un momento, que la señora Barrios hubiera encontrado que uno de los argumentos del señor Ríos en su brillante discurso del jueves 9, era contundente. Que no dejaba ninguna duda sobre su inocencia. Entonces, la señora Barrios, habría quedado absolutamente persuadida de la inocencia del acusado. Bajo esa supuesta circunstancia le pregunto ¿habría sido ella capaz de emitir un veredicto de inocencia?

 

En su artículo del jueves 9, el señor Frank La Rue, fundador de CALDH y Relator de las Naciones Unidas, a la vez querellante adhesivo, se pregunta cómo es posible que, “especialmente cuando (Ríos Monttt) sacó a sus turbas violentas en el tristemente recordado jueves negro y viernes de luto”, ahora “estas élites económicas pareciera que prefieren apoyar a Ríos Monttt y dejarlo en la impunidad por sus atrocidades”

 

No se trata solo de esas “elites económicas” que señala el señor La Rue. Lo mismo podría decirse de los combatientes, guerrilleros y militares, en esa guerra, misma que como alguien afirmó, no fue en contra de  alguna etnia sino entre hermanos. Pero lo más importante no es quiénes manifiestan ese apoyo sino por qué. A lo señalado por la Rue, habría que agregar una mala presidencia de Ríos en el Congreso en 2000-2004 y una peor participación como diputado en 2008-2011, así como reconocer que el partido que el fundara –el FRG– haya sido para muchos el que hizo el peor gobierno de nuestra historia.

 

Con esos antecedentes, solo se puede tratar de una reacción natural ante la injusticia. ¿Cómo reacciona el hombre de bien ante un linchamiento político? ¿Qué se supone que debe hacer un ciudadano al observar que las Naciones Unidas, la comunidad internacional, las oficinas de derechos humanos y otras organizaciones semejantes están por tomar el control político del país, si no lo han hecho ya? ¿Cómo no sentir profunda indignación cuando un policía sujeta por el cuello al señor Ríos Montt y es tratado como un individuo peligroso capaz de fugarse de entre cientos de autoridades?

 

El fundamento de un Estado de Derecho descansa sobre que, Ante la ley, todos somos iguales. Ante la ley, pero en todo lo demás, la diversidad se manifiesta de mil maneras. Cuando una persona ha sido Jefe de Estado, Presidente del Congreso Nacional de la República y el político más influyente del país en un período de unos 20 años, ¿acaso eso no causa una diferencia? ¿Acaso no merecía ser conducido con el respeto que su dignidad, relevancia nacional y edad merecen? ¿Había que hacer fiesta con el hombre derrotado por el poder de tan formidables enemigos? ¿Había que pisotearlo de esa manera? ¿Hasta dónde se puede observar todos esos actos, plenos de la mayor bajeza en contra de un anciano, sin sentir justa indignación? 

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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