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Teorema

Percepciones de libertad
Fecha de Publicación: 24/12/2014
Tema: Otros
Un paseo vagabundeando por las interioridades de una mentalidad libertaria
 
Recientemente participé en un interesante foro cuyo título proponía responder a la pregunta: ¿Quién es el dueño de mi vida? Suicidio y libertad. La discusión fue intensa, incluso en algún momento los eruditos ánimos de algún participante parecieron caldearse. Un buen ejercicio.

En el fondo de los desacuerdos, me parece, yace una idea bien arraigada. Algunos creen que su vida les pertenece, mientras otros piensan que pertenece a Dios. Afortunadamente, en aquel foro, ninguno consideraba que la suya perteneciera al Estado, la Iglesia, el Ejército u otra organización humana.
Me parece que la pregunta es fundamental. Si uno se considera propietario de su vida, de ello necesariamente deriva que puede hacer con ella lo que le plazca, mientras no interfiera con igual libertad de otros. Consecuentemente, también habrá de reconocer que lo que haga, y las consecuencias que esas decisiones conlleve, son responsabilidad suya y de nadie más.
Quienes piensan de otra forma (que no son dueños de su propia vida), no por ello dejan de tomar decisiones ni se consideran irresponsables por las consecuencias de sus actos. Cuando una persona religiosa enfrenta un problema difícil, suele decir: Lo pongo en las manos de Dios y que sea lo que Él decida. Normalmente sigue actuando alrededor de tal dificultad y termina tomando las resoluciones que considere necesarias, mismas que antes delegara en manos divinas. Si el resultado le es adverso, difícilmente culpa a Dios sino reconoce los errores que hubiera podido cometer.

Ambos, religioso y no religioso, suelen reconocer que su derecho termina donde empieza el de los demás y de cierta manera, que su libertad termina, donde empieza la de otros. Sin embargo, aquel que considera que su vida le pertenece suele ser más tolerante y respetuoso de los demás. La excepción, quizá, provenga de aquellos que no han alcanzado plena certeza; los demás, quienes ya superaron esa fase de incertidumbre, difícilmente intentarán convencer a otro de sus ideas. Con los religiosos, lo contrario no solo ocurre con alguna facilidad, sino suele ser una condición permanente.

Esta diferencia, podría ser solo el reflejo de haber vivido un mayor nivel de introspección, principalmente durante su juventud. Cuando niños, a ambos les revelaron cómo era la vida, cómo había que conducirse, en qué se debía creer y en que no. Les explicaron cuál era la verdad y qué era mentira. Uno siguió creyendo todo lo aprendido en la infancia. El otro, en alguna parte de su juventud o quizá ya en su madurez, debió renunciar a ese conocimiento dogmático.

Se habrá metido dentro de sí, habrá hurgado los rincones de su alma, habrá cuestionando cada conocimiento, cada certeza adquirida, evaluado cada “verdad”. Uno a uno, todas esos valores y normas aprendidos previamente fueron revisados, escarbados, escudriñados... Un complejo proceso de análisis principalmente introspectivo que, aun cuando reforzado por diferentes lecturas, le habrá conducido por un camino propio, irrepetible por otro.

Muchas de sus ideas originales habrán permanecido sin alteración alguna. Pero después del acucioso examen dejaron de formar parte de su conocimiento dogmático y fueron suyas en virtud de la razón. Aun siendo las mismas, se convirtieron en ideas propias, perdieron la calidad de implantes. Los criterios morales desarrollados a través de los siglos, con base en los grandes pensadores de la civilización también llegaron a ambos. San Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino y Rene Descartes, por ejemplo, hicieron presencia tanto en religiosos como en agnósticos; pero actuaron de manera diferente.

En otras palabras, mientras el hombre religioso asiste al prójimo con el propósito de agradar a Dios, mientras aquel que no lo es lo hace por la convicción de que esa es la manifestación más pura del espíritu humano, y no está dispuesto a reprimirla.

La búsqueda del individuo, como ser único, diferente de los demás, le habrá conducido a crear un mundo interior de libertad; uno donde todos ejercen soberanía sobre su vida y nadie se ve obligado a sacrificar sus convicciones y sus valores en beneficio de otros. Acaso, siguiendo a Capella, habrá descubierto que en alguna parte de sus células hay memoria. Y que esta guarda las respuestas a diversas cuestiones que encontraron sus antepasados.

Quizá entre tantos descubrimientos fascinantes dentro de ese mundo interior haya encontrado que el respeto de los derechos individuales es condición esencial para esa libertad. También podría ser que  hubiera descubierto la existencia de derechos inalienables, propios del individuo. Derechos que este respeta plenamente en otros y que se muestra dispuesto a conseguir, a cualquier precio, que los demás otorguen su respeto a los propios.

Cuando un mundo así se ha gestado en el interior de una persona, la conducta de este, normada por sus ideas, progresivamente deja de aceptar imposiciones sociales, culturales e incluso legales. Es algo que sale de su fondo y permea hacia el exterior suyo haciéndole proyectarse de esa manera en su conducta personal, social, política, etcétera. Algo que no puede evitar sin sacrificar su unidad, sin perderla. Es la expresión de su integridad, entendida como la integración de su ser.

Ese individuo, muchas veces es considerado un inadaptado social, un ser hosco, huraño, aislado, extraño, equivocado… La consciencia de sus diferencias con la colectividad, le hacen ser más cauto y respetuoso de los demás. Podría adaptarse y cambiar con alguna facilidad, pero no le interesa porque ve que el error no es suyo sino de los otros. Y si sabe que el error pertenece a otros, no tiene porqué convencerlos de ello.

Muy probablemente ese hombre sueña con vivir en una sociedad donde la coerción se reduce a la que da fuerza a leyes y reglamentos justos; una donde el fraude ha sido desterrado. Donde no hay lugar para excusas plenas de contrasentido. Por ejemplo, para él, el supuesto conflicto entre la libertad de manifestarse y la libertad de locomoción, no es sino una miserable discusión apenas útil para entretener a las masas. En su visión, uno respeta la libertad de manifestación de otro pero este debe respetar el derecho de transitar del  primero. Y ambos, habrán coincidido en mantener un gobierno que preserve ambas libertades sin permitir que la de uno, limite la del otro.

Ese hombre libre habrá considerado mudarse a una sociedad donde ya  existe tal ordenamiento. Pero en esas consideraciones habrá encontrado un conflicto mayor, que es la relación entre el individuo libre y su país, con su gente, costumbres y tradiciones; habrá descubierto que ese vínculo tiene poderosos lazos que obligan. Las ataduras a su familia y lo que considera propiedad suya son consideraciones que operan en contra de sus  migratorias intenciones.

También, esa libertad interior suya es una fuerza casi compulsiva que opera en contra de irse. Porque, así como se niega buscar cambiar a otras personas, a hacerles pensar como él, con mucho mayor intensidad le conmina a liberar las ataduras políticas y económicas que evitan el progreso de la colectividad, de su gente.

Posiblemente haya encontrado que irse significa traicionar a su pueblo. Que dejar a otros a merced de quienes asaltan su libertad es traicionarse a sí. Que su temprana visión de ser dueño de su vida le condujo a una evolución que le obliga a ponerla al servicio de ellos. Que dejar de hacerlo es como cuando el soldado abandona en el campo de batalla al compañero herido.

Se considera obligado a transformar el Estado de su país a manera de que los demás, tengan pleno derecho de participar en actividades pacíficas y honestas y recibir la diversidad de beneficios que conlleva la libertad. Que contrario a conculcar tales derechos, el propósito del Estado debe ser proteger esa libertad y asegurar la propiedad de tales beneficios a quien los produjo y nunca intentar participar de ellos de manera antojadiza. El Estado debe asegurar que los miembros de esa sociedad sean libres de tener sus propias aspiraciones y de buscar realizar sus sueños de la manera que les plazca. Que la interferencia del Estado es tan punible como la de las maras u otras agrupaciones criminales. 
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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