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Papiroflexia

De Los hijos de la pólvora a Los capinegros
Fecha de Publicación: 25/11/2014
Tema: Literatura

Hace ya varios años que Paco Pérez de Antón incursionó en el terreno de la literatura. Pero si algo caracteriza sus novelas, es que tras el creador de ficción, sigue aflorando el analista social que Pérez de Antón ha sido como periodista, pero también como profesor.

Hace tiempo, me leí La guerra de los capinegros. Tuve la sensación de estar, al mismo tiempo, en una novela histórica y un análisis de la actualidad. Acabo de terminar Los hijos del incienso y de la pólvora. He tenido la misma sensación.

Es cierto que para un lector ajeno a la realidad contemporánea guatemalteca, esas dos novelas son dos obras literarias de primera magnitud de las que se pueden disfrutar por la intensidad de la historia. Junto al claro dominio del español, que es una marca distintiva de Pérez de Antón, destaca el retrato de los personajes, bien caracterizados, aunque sólo sea a partir de un breve diálogo (como ocurre en Los capinegros). Y con una variedad de psicologías notable. Para un escritor, puede resultar fácil sentirse familiarizado con algunos de sus protagonistas. Pero Pérez de Antón es capaz de meterse en la piel de cada uno de los personajes y tratar de hacernos entender su comportamiento, su forma de actuar. No importante cuán distantes estén los unos de los otros, para Paco, cada uno de ellos es un individuo al que entender, al que saber interpretar. Por supuesto, en algún momento se escapa alguna fobia, como la que parece tener el autor hacia Sinesio Dueñas, uno de los alguaciles de Los hijos. Pero es algo que sólo llegamos a captar leyendo entre líneas.

Además, la estructura literaria es muy atractiva. En el caso de Los hijos podemos distinguir hasta tres niveles de narración que se entrelazan hábilmente: el retrato de costumbres, muy jugoso, del Santiago de Guatemala de finales del XVII; la trama política con todas esas reflexiones de diplomacia maquiavélica de los interesados que nos hace sentir, al lector, como un intrigante más en el conflicto; y, por último, la historia de amor de Manuel Vargas y Rosa Pacheco, con sus momentos de suspense y su final inesperado (por mucho que nos empecinemos en creer que ya sabemos desde antes qué va a ocurrir, ese que pensamos no pasa).

Pero, como decía al principio, más allá de la historia de ficción, en las novelas de Pérez de Antón afloran sus preocupaciones más habituales: cómo resolver el conflicto de una sociedad que se empecina en marginarse en grupos estancos a pesar de ser completamente mestiza; cómo resolver ese conflicto a partir del diálogo, del encuentro y no del enfrentamiento.

Porque si algo caracteriza a los protagonistas de Los capinegros y de Los hijos es que pierden por enfrentarse, por considerar que no hay más camino para solucionar los problemas que la violencia, por negarse a aceptar, a entender al otro.

Me pregunto si Pérez de Antón es consciente de ese reflejo contemporáneo que aparece en sus novelas. Conociéndole, estoy seguro que era algo deliberado. Pero conociéndole también sé que insistirá en que éstas son dos novelas históricas de un apasionado lector de historia (que no de un historiador) que se metió a hacer ficción, no a la reflexión sobre el pasado… o sobre el presente.

 
 
   
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