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Contrapunto

El inmanejable problema de las migraciones
Fecha de Publicación: 14/08/2014
Tema: Política

 

Los Estados Unidos atrapados en un callejón sin salida
Cálculos confiables sitúan en doce millones el número de inmigrantes que viven en los Estados Unidos sin haber resuelto legalmente su situación ante las autoridades. Son los “ilegales” que han entrado sin permiso a ese país o que se han quedado en él después de que se vencieran sus correspondientes visas. En meses recientes, además, han cruzado la frontera miles de niños y adolescentes, creando una situación de emergencia humanitaria que no presenta una fácil solución.
En los últimos años se han debatido varios proyectos de leyes que servirían para regularizar la situación de esos millones de personas que viven y trabajan en Estados Unidos –algunas desde hace décadas- aunque no ha habido acuerdo para aprobar ninguno de ellos. Mientras tanto continúan y van en aumento las deportaciones, cientos de miles de personas que son remitidas, después de pasar a veces fuertes privaciones, a sus países de origen.
El problema es serio pero los estadounidenses, me atrevo a decirlo, tiene ante él una actitud ambivalente: su historia es la de un país de inmigrantes, pero su temor a perder la identidad cultural, sus empleos y muchos beneficios sociales otorgados por el estado los han vuelto recelosos y hasta agresivos. La historia nos muestra que no fue muy diferente lo que ocurrió en tiempos pasados: entre 1892 y 1954 arribaron al país del norte nada menos que 12 millones de personas, la mayoría sin instrucción, que llegaban a sus costas casi sin posesiones personales pero deseosas de labrarse un futuro por sí mismas. En 1965, después de algunas medidas previas, se limitó el número de inmigrantes que podía legalmente quedarse en el país y poco a poco se estableció un sistema de otorgamiento de visas cada vez más restrictivo. De este modo los inmigrantes de la primera mitad del siglo pasado –mayormente europeos- se pudieron establecer e integrar al medio norteamericano, pero no pudieron hacerlo así, en cambio, los que llegaron después, en su gran mayoría mexicanos o provenientes de otros países de América Latina.
Los Estados Unidos cambiaron su política oficial pero, al hacerlo, crearon las bases para que apareciera el problema actual de los migrantes ilegales. ¿Qué hacer con ellos, expulsarlos, legalizarlos, dejarlos en ese limbo jurídico en el que están? Ninguna solución, en principio resulta fácil o atractiva: por más que se deporte miles de personas todos los años no puede hacerse salir del país a nada menos que 12 millones de habitantes, muchos de ellos nacidos en esas tierras y firmemente incorporados a su economía y la sociedad. Expulsarlos en masa traería una debacle para la producción y, por supuesto, generaría una tragedia humanitaria de inconcebibles proporciones. Pero tampoco parece posible integrarlos de una vez, como se hizo en su tiempo con quienes provenían de otros continentes: a ello se niega una buena parte del electorado, esgrimiendo razones formales aunque escondiendo, probablemente, temores tal vez racistas sobre esa masa de inmigrantes que ya, lo quieran o no, son parte de la fisonomía actual de los Estados Unidos.
El problema se ha vuelto inmanejable, mientras siguen llegando al país todos los días nuevos contingentes humanos que van en pos del “sueño americano”. De nada sirve insistir en la necesidad de desarrollar las economías de los países de origen: con una diferencia salarial de aproximadamente diez veces se tardarían décadas en cerrar la brecha que separa hoy a las naciones de los migrantes de la poderosa economía de los Estados Unidos.
Hay posibles soluciones, por supuesto, pero estas pasan por cambios que nadie quiere emprender hoy: se trata de suavizar las restricciones burocráticas que han crecido con los años alrededor del tema migratorio, de reducir –y no de ampliar- el sistema de protección social del que gozan hoy los estadounidenses para aliviar la carga que producirían los ilegales, de flexibilizar el mercado de trabajo para adaptarlo a las condiciones reales de una economía que no logra salir de su prolongada recesión, en fin, de asumir que los Estados Unidos necesitan el aporte de esos millones de ilegales -que realizan las tareas más pesadas y rutinarias de su diversificada economía- para mantenerse como una potencia de primera magnitud.
Hay, sin embargo, barreras mentales que lo impiden: los republicanos siguen aferrados a leyes de corte nacionalista que bloquean toda solución; los demócratas insisten en mantener beneficios sociales que restan vigor a la economía e impiden la inclusión de unos migrantes que no buscan beneficios sociales sino, simplemente, trabajo. El país está como paralizado frente al tema y, lamentablemente, poco podrá avanzarse de inmediato para resolver una situación que en realidad tiende a agravarse. Los Estados Unidos, que siempre han sido una tierra de libertad y de oportunidades, se encuentran desgarrados hoy por contradicciones que solo acudiendo a los principios de sus fundadores podrían ofrecer un camino alternativo de solución.

 

 
 
 
   
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