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Mi Esquina Socrática

Lejos, muy lejos de la Franja de Gaza…
Fecha de Publicación: 13/08/2014
Tema: Historia


            …se hallan las raíces del intermitente conflicto en su suelo.

El actual derramamiento de sangre se podría remitir al año 1948, cuando David Ben-Gurión decidió convertir el “Hogar” judío, prometido solemnemente en la declaración de Lord Balfour de 1917, en un Estado Nacional soberano.  Incluso podríamos ir a tiempos mucho más remotos, a los tiempos de Roma, cuando expulsaron a todos los judíos en el 132 de su tierra que ellos llamaban “Israel” y al que los romanos decidieron ponerle por nombre “Palestina”, o sea, tierra de los filisteos.  

Ese es el pueblo contra el cual la izquierda internacional, aunque validos de momento de cierta sordina, se han sumado a sus críticos, por aquello, tal vez, de que mejor es moralmente tomar partido por el débil y en contra del más fuerte, con olvido de que en este caso el David es Israel y el Goliat esos más de mil quinientos millones de musulmanes, cada vez más agresivos, que controlan una tercera parte de todos los votos en la Asamblea de las Naciones Unidas.

            No deja de llamar la atención tampoco, que también el Israel moderno ha sido una social democracia, la más exitosa de todas, por cierto, encima convertida hoy en potencia tecnológica mundial. Ello es también en parte atribuible al sionismo militante, que hoy encabeza Simón Péres, aunque muy alejado del socialismo agnóstico de sus antecesores, los creadores de los dinámicos kibbutzim, y liderados por David Ben Gurión.

Israel es un testimonio del éxito de toda sociedad de libre mercado dentro del marco de un Estado de Derecho, la única, ciertamente, en el Próximo Oriente, aunque nunca exenta de cierto fuerte residuo de dirigismo social democrático.

            ¿Por qué, entonces, la izquierda internacional contemporánea tanto se le ensaña? ¿Resabio, quizás, del viejo antisemitismo de otrora?

            Algo puede haber de ello, pero no es lo decisivo.  Desde mi punto de vista, la “izquierda social demócratica” se ha dejado contagiar, a nivel planetario, de las confusiones conceptuales del arabismo más amargado. 

Me explico: la lucha de los más extremistas en el Islam todavía se endereza en contra de la Europa que les fuera metrópoli colonial. Hace todavía menos de un siglo, el 85% de los musulmanes de todo el mundo gemían bajo férulas europeas, cristianas y entonces orgullosamente occidentales. Los modernos terroristas islámicos quieren, pues, borrar de un tajo todo trazo en la memoria de tan dolorosa humillación.

Efectivamente, durante los siglos VII al XII de los pueblos al sur y al este del Mediterráneo, es decir, los árabes tuvieron el liderazgo de la cultura. Pero las invasiones de los mongoles y, sobre todo, las de los turcos, quebraron la espina dorsal del gran Califato de Bagdad, y con ello pusieron fin a la supremacía, tanto militar como cultural, de los árabes en el Viejo Mundo.

Hoy, casi ocho siglos más tarde, los árabes más desparramados que nunca del Marruecos a la Mesopotamia, reivindican para sí aquella gloria pasada.

Pero de nuevo se han dividido en cómo lograrlo: unos creen que por la emulación de la institución clave para el imperialismo europeo, el Estado Nacional. Otros, por el contrario, pretenden lograrlo a través del retorno a la umma, la comunidad internacional de los seguidores del Profeta, sin más distinciones entre sí que las meramente tribales.

            Para el primer curso de acción valgan los ejemplos de Mosaddegh, en Irán; de Nasser, en Egipto; de Saddam Hussein, en Irak, de los Assad -padre e hijo- en Siria, y de Muammar al-Gaddafi en Libia, todos ellos alentados por el precedente exitoso del ensayo de Kemal Atatürk en Turquía.

            Para muchos creyentes del Islam, tal remedio secularizante les ha resultado peor que la enfermedad. Entonces se han volcado al extremo opuesto, al de sus orígenes, al Mahoma que desde Medina se impuso por la fuerza en toda la Península Arábiga; y a sus sucesores, los Califas, quienes no menos por el alfanje que por la fe llevaron al Islam así triunfante hasta los Pirineos y hasta el mismo corazón del Asia.

            Pero de nuevo están divididos entre el internacionalismo religioso de la Arabia saudí, financiado a puro petróleo, y el otro no menos internacionalismo religioso chií, en menor proporción financiado por el petróleo de Irán, la antigua Persia.

            El terrorismo que tanto aflige al resto del mundo tiene, pues, muchas aristas, en parte copiadas de la odiada Europa, en parte de su sucesor a partir del final de la primera guerra mundial, los Estados Unidos de América.

            Todo este cuadro variopinto arroja muchos más matices: el del  “jidaísmo” vengador y el mutismo obligado de sus mujeres.

            El Islam es una cultura atormentada y aturdida, que intenta alocadamente valerse de cualquier herramienta nociva para recuperar su perdida preeminencia, o con el peso de las armas o con el simplismo de sus ideas. Además, siempre tiene a su disposición esa otra del peso demográfico creciente de los pueblos a él sometidos, mientras el Occidente se esteriliza a sí mismo.  

De vuelta a Gaza: ese minúsculo rincón, de los más densamente poblados del mundo, le ofrece a sus desesperados una compensación todavía más morbosa: la de la sangre de los judíos  que caigan por sus cohetes o la de la sangre de sus propios “mártires”, que ellos sacrifican al igual que sus mujeres. 

No te dejes, Israel, amedrentar por tus enemigos. Tampoco desalentar por quienes dicen ser tus “amigos” y a la hora de los hechos se esconden en una aparente imparcialidad con tufo de cobardía.

Cuentan que una vez uno de sus escépticos cortesanos preguntó al rey Federico de Prusia si sabía de alguna prueba definitiva de la realidad de la Divina Providencia.  Y que después de pensarlo algunos minutos respondió: “los judíos”.  

De nuevo, Shalom, Shalom.

 


 

 
 
   
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