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Teorema

Gobiernos desleales
Fecha de Publicación: 06/08/2014
Tema: Gobierno

 La Constitución Política de Guatemala, garantiza la libre locomoción de sus ciudadanos. Los nacionales pueden entrar y salir del país sin limitación alguna, pueden ir adonde quieran, cuando quieran y en la forma que quieran. Los requisitos que debe llenar el viajero son cosa suya y del país adonde quiere ir. Al gobierno le corresponde velar por que se cumpla la Constitución, misma que asegura que nada impida la libertad de entrar o salir de Guatemala. Para eso está.

Nuestra Constitución no dice que para que salir del país el ciudadano deba tener visa, pasaporte, boleto y más de dos mil dólares entre la bolsa. No. Lo que dice que uno puede salir y entrar cuando quiera, con o sin documentos (en el peor de los casos, el ciudadano debe acreditar que es nacional).
¿A cuenta de qué, el gobierno se convierte en sucursal del gobierno de los Estados Unidos para vigilar que los nacionales cuiden las leyes y cumplan los requisitos de ellos? ¿En qué momento sucedió que para servir a ese gobierno, el nuestro deba criminalizar a los guatemaltecos, perseguirlos, llevarlos a juicio, encerrarlos…? ¿Cómo es que llegamos a tener gobiernos capaces de convertirse en enemigos de su pueblo? Gobiernos que traicionen de esa manera a la nación.
Porque no se trata sólo de este, la lista es demasiado larga. La vergonzosa sumisión del nuestro a otros gobiernos, principalmente al norteamericano es ancestral. Como dice Susana Barrios Beltranena en su más reciente artículo “Hemos dejado nuestra dignidad como personas y como país en manos equivocadas”
La actitud inconstitucional del Estado de Guatemala, promulgando leyes en contra de la migración que criminalizan a los migrantes, a sus hijos y a los guías tradicionalmente llamados “coyotes” no son sino una muestra sobresaliente de tal sumisión. Joseph Biden, Vicepresidente de los Estados Unidos no vino a consensuar ni a dialogar con sus colegas locales.
Biden vino a ordenar lo que estos debían hacer. Sorprendido debió quedar cuando sus gamonales anfitriones, en vez de mandarlo al diablo, muy creativos le habrán respondido: ¿No le parece que además hagamos esto y esto? Solo faltó que alguno dijera: ¿No quiere que fusilemos un centenar de niños para sentar un buen precedente? Aquel debió ser un concurso de ofertas en el cual los migrantes fueron convertidos en criminales en su propio país. 
Las leyes deben descansar sobre criterios de justicia. Cuando no es así, cuando su asidero es la conveniencia de algunas personas, de algunos grupos o peor, cuando como ahora, la legislación es el resultado de buscar créditos políticos, entonces el espíritu de esas leyes merece suspicacia y hay renuencia de los sectores afectados a acatarlas.
Hace un mes, el 7 de julio pasado, el presidente de los Estados Unidos solicitó a su Congreso 3,700 millones de dólares para pagar más jueces, instalaciones de detención y agentes fronterizos con objeto de agilizar las deportaciones de niños migrantes. Esa iniciativa no prosperó y en vez, su gobierno decidió destinar 300 millones (menos de la décima parte) para que la guerra contara los migrantes y sus hijos se peleara en Centroamérica. Para comunicarlo, el viernes 25 anterior Obama mandó llamar a Washington a los tres presidentes del norte de la región y les dijo: “Tenemos una responsabilidad compartida para atender este problema”. Sumisos, nuestros morenos representes sonrieron complacidos por haber sido tomados en cuenta y regresaron a sus respectivos países a seguir las instrucciones del también moreno presidente norteamericano.
Hace un mes, Obama afirmó ante la prensa internacional, que no descartaba enviar a la Guardia Nacional a la frontera. Es de suponer que no estaba considerando disparar contra los niños inmigrantes sin documentos, aunque después de lo sucedido en la isla de Grenada en 1983 siempre queda espacio para la duda y el temor. Entonces sucedió que esa isla, el segundo país independiente más pequeño del hemisferio occidental, fue invadida por las fuerzas militares de los Estados Unidos dentro de una campaña militar llamada Operación Furia Urgente.
Estados Unidos puede Hacer lo que quiera en su territorio. Su límite, si alguno, es de tipo moral y de la pérdida de imagen que sus medidas puedan causar entre los pobladores del mundo.
El de Estados Unidos es un estado soberano y como tal tiene el derecho de cuidar sus fronteras en la forma que desee sin que países como Guatemala puedan decir nada. Nosotros, a lo sumo, tenemos el derecho y la libertad de recordarles que al sur de Manhattan, en la isla de la Libertad, se encuentra la estatua fotografiada mayor número de veces, más que por su belleza, por ser un símbolo para todos los hombres libres y para quienes aspiran a serlo.
Esta fue un regalo de los franceses a los estadounidenses en 1886 para conmemorar del primer siglo de su independencia. La Liberté éclairant le Monde, mejor conocida en español como La Estatua de la Libertad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984. En la base del monumento, una placa de bronce lleva grabada la parte final del soneto El nuevo coloso de Emma Lazarus, que en su última estrofa dice:
¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres!
A vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad,
El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas
Enviadme a estos, a los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí
¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!
Incluso, alguien podría intentar defender como algo lícito que el gobierno de Obama, buscara sobornar a los presidentes del norte de Centroamérica ofreciendo 300 millones de dólares a cambio de que se hicieran cargo de detener a los migrantes que no cumplieran con sus exigencias migratorias. De esa manera, podrían quitarse un problema político serio de encima, al tiempo que ahorrarían buena parte de los 3,400 millones restantes solicitados para este propósito.
El problema, desde luego, no son los Estados Unido, ni el señor Obama ni siquiera la xenófoba señora Jan Brewer, gobernadora de Arizona. El problema es nuestro, son nuestros gobernantes cuyo sentido de la dignidad nos deja muy mal parados. El problema es que ellos digan sí a todo lo que los americanos demanden. El problema es que sean sumisos y obedientes, que no se respeten ni nos respeten. El problema, si usted quiere ir más lejos, es nuestro sistema político, que el año próximo nos estará poniendo a elegir entre dos candidatos que en nada, absolutamente en nada, difieren de los infaustos triunfadores en elecciones anteriores (y aquí sí que es difícil decir que hay honrosas excepciones). 
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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