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Papiroflexia

El Amanecer
Fecha de Publicacin: 26/07/2014
Tema: Literatura

 Pi, Plaza de Opinión se complace en dar la bienvenida a Alberto Garín y su columna Papiroflexia en sus páginas; sus artículos conformarán nuestra sección literaria. Garín es un académico fuerte, un peso pesado. Investigador profundo, asiduo lector, analista implacable...

Ricardo Rojas, abogado y economista argentino, autor de varios ensayos sobre derecho aplicado, ha incursionado en el mundo de la literatura de ficción con su primera novela El amanecer.
La trama la presenta el autor desde el inicio: en la Argentina contemporánea se desarrolla un movimiento estatalista que va poniendo fin a las iniciativas individuales de empresarios, periodistas, jueces… hasta imponer una dictadura colectivista.
No es, por tanto, una novela de suspense. Desde el principio sabemos (casi) todo lo que va a ocurrir y Rojas lo que quiere es invitarnos a reflexionar sobre la pérdida de la libertad.
Es una novela dentro de la larga tradición de la literatura utópica. La que arranca con La República de Platón, pasa por la Utopía de Moro y llega a la Rebelión de Atlas de Ayn Rand, hasta el punto de que Rojas afirma que El amanecer es una adaptación argentina de la Rebelión de Atlas, lo que facilita la lectura de la novela a los hispanoamericanos. Así el Buenos Aires de la novela podía ser Guatemala sin gran dificultad.
El Amanecer está bien escrito, los personajes son veraces, pero al mismo tiempo es un texto duro. No busca el favor del lector si no que trata de provocarlo.
Para ello, se basa en tres ejes que se desarrollan en paralelo. Por un lado, la revolución colectivista. El proceso analizado por Rojas no se aleja mucho de los movimientos revolucionarios más conocidos: de la Revolución Francesa de 1789 a la toma del poder por Chávez en Venezuela. Las legítimas reivindicaciones de libertad terminan en una dictadura que, en nombre del bien social, instaura un poder totalitario. Hasta aquí, la novela de Rojas es indiscutible. La pérdida de libertad es un proceso que se puede medir día a día hasta llegar a la tiranía.
Arranca entonces el segundo eje de la historia: la solución utópica, el archipiélago de la Libertad, que uno de los protagonistas, Juan Adams, descubre en el Atlántico Sur. Allí huyen los enemigos del régimen totalitario que se está imponiendo en Argentina. Podía ser una metáfora del exilio que suele acompañar la imposición de las dictaduras. Pero no se trata de una metáfora, sino todo un proyecto alternativo al régimen colectivista. Y, aquí, Rojas se muestra más débil. Como ya ocurriera con Rand, la idea es atractiva, pero pobremente desarrollada. No entraremos en el hecho de que además de los exiliados, los regímenes totalitarios también han de enfrentarse a una resistencia interior, menos vistosa, pero, a la larga, la razón de que estos regímenes se hundan. Rojas elimina esa resistencia para dar todo el protagonismo a sus viajeros hacia una nueva forma de libertad.
Esa nueva forma, como decimos, es la parte donde flaquea el Amanecer, pese a sustentarse sobre todo el fundamento filosófico objetivista, que es el tercer eje de la narración. Para los conocedores de los principios de Ayn Rand, nada nuevo anuncia Rojas, salvo que lo hace con ejemplos que pueden ser más didácticos. Los seres humanos no son una masa difusa sino una suma de individualidades. Cada uno de esos individuos se desarrolla a partir de su capacidad racional, centrada en la habilidad para reconocer la realidad y saber sacarle provecho a través de la producción industrial, de la creación artística… Ser capaz de explicar y defender los derechos que cada individuo posee como persona no tiene mayor dificultad cuando se utiliza esa racionalidad: libertad de ser, de poseer, de producir.
Sin embargo, el hecho de que las personas somos seres sociales (esto lo afirmo yo, no Rojas), hace que el problema lleguecuando se ha de hablar de derechos individuales dentro de esas relaciones sociales. Ahí, Rojas pasa de puntillas. En su archipiélago utópico, se llega a crear una constitución que defiende los derechos individuales, haciendo que cualquier administrador de los individuos libres asociados no pueda coartar dichos derechos. Pero el conflicto no se puede reducir a administrador-administrado, como si las personas sólo nos peleásemos contra el Estado (contra sus funcionarios). Más en una sociedad donde no habría Estado. Cómo resolver un problema de lindes, de derechos de paso, de uso de las aguas de un río que discurre por dos propiedades privadas consecutivas… Ahí es donde realmente una sociedad libertaria se expresa. No sólo en la defensa del individuo, sino en la forma de resolver los problemas entre individuos.
Pero hay un problema mayor. Rojas considera que la visión racional de las personas les llevará a aceptar una realidad única donde se hallará la solución. Pero la realidad de Rojas puede ser errónea. Un ejemplo rápido: su forma de ver el arte y, sobre todo, el Renacimiento italiano de los siglos XV-XVI como un periodo de resurgimiento del hombre como protagonista del mundo, frente a las tinieblas apegadas a la religión de la Edad Media. Esto es un cliché, repetido por muchos historiadores desde el siglo XIX, que no es cierto. Ni el hombre había perdido protagonismo en la Edad Media, Tomás de Aquino recuperó a Aristóteles en el siglo XIII, el filósofo más “humanista” del mundo clásico; ni los siglos XV y XVI son ese mundo antirreligioso que nos venden. La lucha inicial entre los Papas y los concilios, en el XV, y, más tarde, entre reformados y contrarreformados, en el XVI, pusieron el debate religioso en el centro de la sociedad como no había estado antes.
Rojas se equivoca. Su racionalidad no le ha llevado a un resultado correcto porque su análisis de la realidad no es el correcto, a pesar de que él crea que sí (porque aceptar clichés es creer, no razonar). Ese es el verdadero riesgo de una sociedad objetivista: cuando el debate se produzca entre dos realidades aparentemente contradictorias. Pudiéramos pensar que Rojas peca de soberbia intelectual. Pero no hemos de olvidar que El Amanecer es una novela, no un tratado político o un ensayo jurídico, que su objetivo es provocarnos desde la ficción y, a partir de ahí, lanzarnos preguntas, cuestionarnos, despertar nuestra inquietud, hacernos dudar de lo que en principio parece absoluto: no sólo es el Renacimiento, es también el valor de la música clásica o la educación sexual frente al amor romántico, el interés personal frente a la amistad... En este sentido, Rojas logra su objetivo. La lectura de El Amanecer no deja indiferente a sus lectores.