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Teorema

Años de terror
Fecha de Publicación: 28/04/2013
Tema: Guatemala

 

Conducía sobre La Reforma, con dirección Sur. Vi el reloj del carro con ansiedad, pasaban diez de la una. Sabía que llegaría tarde. Pero no podía ir más de prisa, el tráfico estaba inusualmente lento, la gente conducía con temor.

A pesar del apuro, bajé la velocidad al pasar frente al Banco del Café. Observé otra vez los destrozos en su amplio ventanal; en cosa de segundos, una bomba había hecho todo ese daño. Recordé los también rotos cristales del nuevo edificio del Banco Industrial, en la Zona 4. Era el mismo cuadro de terror. Razoné que era por eso, precisamente, que a los guerrilleros también les llamaban terroristas.

El cruento bombazo del Parque Central un año antes, los daños al edificio Anel, el ataque durante varias horas a un conocido periodista, su esposa y sus cuatro pequeños hijos, eran actos recientes de terror intenso. Atrás había quedado el asesinato de embajadores y empresarios destacados. El secuestro (y asesinato) de los periodistas más conocidos del país ahora se veía lejano. Recordé haber leído que una joven preguntó a su profesor en la Universidad de Tulane si sería seguro venir a nuestro país. Él respondió: Si esperas una época segura para viajar a Guatemala, nunca vas a ir.

Me alejé del Banco del Café razonando que los actos terroristas recientes no parecían tener final. Con lo que debe costar hacer un edificio y esta gente tranquilamente bombardeándolos… En medio de esas cavilaciones, había llegado al Camino Real, donde sería mi reunión para almorzar.

En ese tiempo, lo usual era estacionar en la calle. Los “cuidadores” se conformaban con diez centavos. Sin embargo, ahora en la calle frente al hotel y en muchas otras calles, había barriles con concreto. De esa manera se evitaba que los carros estacionaran allí, reduciendo la posibilidad de autos-bomba como los que habían dañado a los bancos y otros edificios.

Fui el último en llegar. Llevábamos varios años juntándonos una o dos veces por mes para charlar mientras almorzábamos. Disfrutaba mucho esas reuniones, las disfrutaba más que nada en mi vida. Generalmente utilizábamos otros lugares para reunirnos pero con el clima de peligro latente, el hotel ofrecía mayor protección y seguridad. Como todos en la ciudad, experimentábamos una intensa sensación de peligro.

Irremediablemente la conversación giró sobre ese tema. Mirko pidió que habláramos de otra cosa, argumentando que echaríamos a perder lo agradable del momento. Lo intentamos, pero sin éxito. La conversación siempre regresaba a la situación de terror que estábamos viviendo. Había muchas cosas que no se publicaban, noticiar con lo que sucedía era un acto de valor suicida.

Creo que fue Marta quien razonó sobre la ironía de estar todos allí, frente a la piscina, disfrutando el almuerzo, mientras del otro lado del muro, a pocos metros de nosotros, habría gente matando gente. Había dolor y desesperanza, incertidumbre por el futuro de Guatemala y de nosotros, sus habitantes. Tal vez nuestra próxima reunión sea en otro país, ironizó Mario. La broma era macabra pero la perspectiva real.

Iniciaba el año de 1982, la campaña política estaba en su apogeo, la elección presidencial sería dos meses después. El régimen de Lucas García era denigrante, infame, vergonzoso para el país. Había desgobierno, descomposición, desorden y corrupción doquier, pero a eso ya estábamos habituados. Lo terriblemente novedoso ahora, era la ofensiva guerrillera desatada desde fines del año anterior.

En la televisión, como si fuera una película, entre el estruendo de balas de ametralladora, Benedicto Lucas se arrastraba subiendo una loma. Era grotesco, evidentemente se trataba de un montaje (la toma era de frente para ver la cara sudada del militar; de ser real habría expuesto al camarógrafo a una muerte segura por la espalda). La escena era patética, pero de todas formas causaba inquietud, acentuaba el temor. Aquellos eran días en los cuales, cuando los padres acostaban a sus hijos, los abrazaban inusualmente fuerte.

Aún se podía ir a la Costa Sur, pero para hacerlo había que llegar a la garita de salida y esperar a otros vehículos para formar una caravana. Se decía que por lo menos debían ir 20 carros. Las camionetas y camiones también se unían a la peculiar procesión. Prácticamente nadie se atrevía a viajar solo. Usar la carretera interamericana podía ser peor ya que se incursionaba por territorios “tomados”. Casi ninguno se animaba a usarla. Para viajar a Quetzaltenango, lo más aconsejable era ir primero a Escuintla y Mazatenango.

La gente que tenía casa por Panajachel o los alrededores del lago, había dejado de ir. Llevaban meses sin hacerlo, habían cesado los trabajos de mantenimiento. La situación de desempleo y pobreza se extendía aún más sobre un país que siempre fue pobre. Cuando el peligro alcanza esas dimensiones, uno sabe que debe privilegiar la vida sobre todo lo demás.

Afortunadamente para los finqueros, el Ejército no los molestaba, tampoco los ayudaba u ofrecía protección pero no representaba una amenaza para ellos. Los guerrilleros sí. Los finqueros pequeños se quedaban, cuidando su propiedad, vigilando su cosecha. Mandaban a esposa e hijos con algún familiar en la ciudad. Ellos se quedaban solos, a la espera de ser atacados, sabiendo que no se podrían defender.

Los finqueros medianos se trasladaron a una ciudad cercana, alquilaron una casa y desde allí atendían su finca yendo tan seguido como posible a ver sus cultivos. Sabían que en cada viaje les podía caer encima la guerrilla. Cuando eran alertados de gente extraña en su propiedad, corrían a esconderse. Algunos no lo lograban. Circulaban anécdotas de casos donde la guerrilla había invadido la finca, saqueado la casa, violado a las mujeres en presencia del esposo o padre y luego incendiado las instalaciones con los propietarios adentro.

Los finqueros grandes siguieron viviendo en la ciudad. Visitaban la finca por helicóptero. Se decía que en esa época Guatemala llegó a ser el segundo país en el mundo con más helicópteros por cien mil habitantes. El peligro para ellos existía cuando descendían llevando dinero para hacer los pagos. Sucede que entonces, no se percibía diferencia alguna entre un guerrillero y un asaltante o un secuestrador.

Seguramente la peor parte correspondía a la gente humilde que habitaba en el campo. Ellos estaban entre dos fuegos. A pesar de su larga experiencia viviendo dentro de una economía de subsistencia, la falta de transporte y el asedio por los “canches” y por los soldados debió ser terrible.

En una pared del rancho, se alzaba una vara alta en cuyo extremo ataban un trapo blanco. De esa manera buscaban anunciar que eran neutrales al conflicto. Sabían que tanto a soldados como a guerrilleros, los trapos blancos les valían madre, pero sí conseguían (o esperaban conseguir) que no les dispararan de entrada, que primero preguntaran, confiaban tener así una oportunidad para conservar la vida.

Dos meses después habría elecciones. Pero eso no proveía tranquilidad a nadie. El fraude electoral que llevaría a Guevara a la Presidencia era más que evidente. En la 11 Calle, entre la 7ª y La Reforma, estaba la sede del partido oficial, todos los vecinos, cuadras a la redonda vivían asustados con el flujo de gente “rara” que llegaba a alterar su normalidad. Algunos se mudaron.

Al finalizar el almuerzo, el abrazo fue más efusivo que normalmente.

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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