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Teorema

La metáfora del hacendado
Fecha de Publicación: 02/07/2014
Tema: Finanzas

 La palabra metáfora (del latín metaphŏra, que en español se interpreta como “traslación”), se refiere a la aplicación de un objeto, una expresión, de una historia en este caso, utilizada para desarrollar un concepto sin describirlo directamente, sino a través de otro, cuya similitud busca hacer evidente.

 
En la Costa Sur un hombre, ya entrado en años, que poseía cerca de una caballería de tierra regada por dos ríos. En una parte sembraba el forraje, con el que alimentaba el hato de ganado que ocupaba el resto de la propiedad. Su ingreso provenía de la leche del ordeño y de la venta de los novillos. Algunas veces también vendía las vacas que ya no producían o los mismos chivos, para salir de algún apuro.
 
Sus ingresos habían aumentado cada año, compensando el aumento de costos y dejando para acrecentar el tamaño del hato. A veces le quedaba algo para ahorrar. El negocio dependía del balance entre la cantidad de leche que tomaba en el ordeño y la que dejaba para amamantar a los chivos. Si se ordeñaba más de la cuenta, el crecimiento de los chivos era precario y a la hora de venderlos ya convertidos en novillos, tenían poco peso y enfrentaba pérdidas. Si ampliaba el período de engorde, dejaba de criar otros animales y el resultado era igualmente negativo. “Pan para hoy, hambre para mañana”, solía decir el hacendado.
 
Aunque con restricciones, aquel negocio que permanentemente demandaba su presencia, le había permitido vivir con algunas comodidades. En su oportunidad había alcanzado para pagar los estudios de sus hijos quienes después se habían casado y establecido sus propios hogares en la capital. Él no percibía en ninguno de ellos el necesario interés para seguir el negocio. Así, que había decidido vender la propiedad.
 
Ya tenía un comprador, quien ocupaba un cargo importante en el gobierno; vivía en la capital con su familia y se manifestaba dispuesto a pagar lo que pedía por la hacienda. De tal manera que el negocio se llevó a cabo. Aunque salir de su propiedad le causó tristeza, encontró consuelo al sentirse liberado de las arduas tareas y de los semanales compromisos de pago. Tenía melancolía pero una suma respetable de dinero en el banco le permitiría enfrentar los gastos propios de la vejez.
 
La familia del comprador no se entusiasmó mucho con la adquisición, la excepción fue su mujer. Ella muy pronto se posesionó del lugar y, empoderada, dejó muy claro quién mandaba. Persona robusta y acostumbrada a dar órdenes, pronto consiguió intimidar a los empleados y hacerlos cumplir su voluntad. Exigió que la producción y venta de leche aumentara 19.4%, asegurando que los chivos estaban absurdamente obesos. El jefe de los vaqueros, trató de hacerla entrar en razón pero solo consiguió ser despedido. El político, preocupado con otros negocios suyos,  la dejó hacer.
 
Un nuevo caporal, escogido por ella de entre los vaqueros, se hizo cargo. Este, aunque sabía del negocio decidió ser obediente y mandó ordeñar las vacas más allá del límite. Algunos de los enflaquecidos chivos murieron y otros demoraron mucho en alcanzar el peso adecuado para la venta. Los ingresos por ese concepto declinaron. Pero ella no se amilanó. Al año siguiente exigió un aumento adicional en la producción de leche. Las vacas, ordeñadas en extremo, también empezaron a reducir su producción. No sólo no se alcanzó la meta que ella había impuesto, sino el crecimiento histórico obtenido por el propietario anterior se convirtió en disminución.
 
Unos años después, el hato se había reducido a una fracción de lo que un día fue. La hacienda se veía sucia y descuidada, la moral de los trabajadores era de derrota, habían perdido el orgullo de pertenecer a una empresa próspera. Se producía muy poco, había pérdidas y ya no quedaba a quien culpar ni a quien despedir. El político, hombre sagaz, encontró a quien vender la tierra, que ya no hacienda, y por separado, las pocas reses que quedaban. Con cierto desprecio, refiriéndose al nuevo propietario dijo: El que venga atrás, ¡qué arree!
 
Desde luego que la metáfora, como usted habrá comprendido, está relacionada con la falta de ingresos que aqueja el gobierno. Primero se culpó de negligente al superintendente anterior y se le despidió. Ahora es la cabeza del actual sobre la que pende la guadaña. La prensa contribuyó a satanizarlos, haciendo referencia a una supuesta incapacidad de ambos. Un diputado exige que, en cumplimiento de la ley, se despida al segundo superintendente. El público parece apoyar esas medidas.
 
No sé si se trata de incapacidad de los superintendentes, a favor de quienes no querría abogar. Pero sí me parece que no se ha revisado detenidamente si las metas que les dieron (y que ellos cometieron el error de aceptar) fueron demasiado altas, imposibles de alcanzar. Me pregunto: ¿Y si la economía, como el hato, ya no da para más? Si la reforma tributaria de principios de 2012 fue incapaz de mejorar la tributación ¿habrá que intentarlo otra reforma y quizá después otra más…?
 
Todos estamos convencidos de que existe una enorme defraudación aduanera. Nos vemos rodeados de contrabandistas. Estamos convencidos de que una parte importante de las importaciones entra de contrabando. Esto se ve apoyado por ese contrabando fronterizo de huevos, gasolina y algunos comestibles enlatados. Aún recordamos cuando se habló de una red de contrabando dirigida por varios generales en retiro, en la cual figuraba el emblemático señor Moreno. Hay un par de comercios de electrodomésticos, electrónicos y repuestos que hace una década progresaron sospechosamente rápido. Todo esto ha afectado la imaginación popular que busca castigar a los infractores.
 
¿Existe realmente tanto contrabando como afirman las autoridades cuando dicen que, por lo bajo, se trata de diez millardos de quetzales por año? ¿O solo son pamplinas?  Hace unos 15 años, el vicepresidente Flores se hizo cargo de las aduanas y dedicó toda su energía a resolver ese flagelo. Mucho consiguió en esa época pero los ingresos fiscales no lo reflejaron de manera tan contundente como se esperaba. El año pasado el gobierno intervino las aduanas marítimas haciendo uso de la policía y del ejército nacional en un operativo formidable. Pero único resultado fue entorpecer gravemente la actividad productiva con consecuencias negativas y terribles para el fisco. Justamente lo contrario de lo que esperaban.
 
En pocos días el Ejecutivo enviará al Congreso el presupuesto para el año próximo, basado en la necesidad de aumentar el gasto público en un año electoral. Pensando con cierta ingenuidad uno diría que el régimen quiere hacer en los siguientes 18 meses lo que no consiguió desarrollar en los 30 previos. Sin reparar en la crisis actual, se habla de 80 millardos de quetzales. Cómo puede ser, cuando este año no pudieron completar uno de 67 millardos ¿De dónde va salir un incremento de 19.4%?
 
Causa preocupación que la voracidad fiscal termine ensañándose, a la mala, contra la propiedad de los pobladores, primero la de los más vulnerables, después, progresivamente, contra la de todos. No puedo dejar de citar como ejemplo lo sucedido al entrenador de fútbol de Coatepeque. Salió rumbo a Uruguay y no declaró llevar $14,600 al momento de salir por el aeropuerto. Un extranjero, sin nadie que viera por él, con una falta así… todo un bocado. Le aplicaron la ley de extinción de dominio, se quedaron con su plata y lo metieron preso con cargos de narcotráfico ¿Un narco de $15 mil? Vamos, que las cifras en esa actividad suelen ser significativamente mayores.
 
Y usted ¿es suficientemente fuerte como para evitar el despojo de lo que le pertenece mediante argucias legales? Su casa, su carro y hasta su celular, podrían estar en peligro si enfrenta cargos que ahora le darían risa. Pero la voracidad fiscal no es cosa de gracia. El gobierno se muestra muy interesado en proveer la seguridad que prometió durante su campaña. Para poderlo hacer, requiere mayor número de policías, armamento, helicópteros, radares, cámaras de seguridad y servicios tecnológicos y de inteligencia. Sin ellos no podrá cumplir tales promesas.
 
Además los maleantes que serán apresados podrían hacer aún más grave el hacinamiento que ya sucede en las cárceles del país. El ministro de Gobernación, previsor que es él, se propone construir nuevas celdas para 5,760 presos, a un costo estimado en mil millones de quetzales. Estas cifras resultan en un costo de 173,600 quetzales por recluso, cantidad que a los profanos nos resulta exageradamente alta. Uno sabe que con 173,600 quetzales se pueden adquirir por lo menos tres viviendas con dimensiones y características de construcción superiores a las que tiene más de la mitad de nuestra población. En esas tres viviendas pueden habitar, cuando menos, 16 personas. Mujeres y hombres trabajadores, honrados y dignos, que ahora tendrían que contribuir a pagar las instalaciones carcelarias de un solo presidiario.

 

 
Eso con el Ministerio de Gobernación. Pero las otras dependencias, aunque con cifras menores transitan el mismo camino. A nadie interesa saber, investigar siquiera, si la economía da para tanto. Siempre será más fácil decir que el superintendente es incapaz.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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