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Teorema

El otro lado del presupuesto
Fecha de Publicación: 22/06/2014
Tema: Finanzas

 

Se dice que los recursos son insuficientes para sufragar los gastos e inversiones que quisiera hacer el gobierno. Que es necesario aumentar los impuestos. Esa una historia que se repite casi todos los años con argumentos de soporte que cambian muy poco. No es una particularidad de este gobierno, el anterior y el que antecedió a este y… casi todos se quejaron de lo mismo como si fuera algo que ignoraban al asumir. Aun los ministros, los más incapaces, se cobijan bajo ese manto. Son argumentos que han dejado de ser razones para convertirse en excusas o justificaciones.

 

Siempre lo mismo: el dinero no alcanza porque la carga tributaria es muy baja. Que si no aumenta ingreso fiscal, no se puede ofrecer seguridad porque se necesitan más policías y no alcanza para contratarlos. Que es necesario construir más escuelas y contratar profesores adicionales, de lo contrario no se podrá ofrecer estudio a los niños. Que el abastecimiento de medicinas para los hospitales requiere apremiantes recursos de lo contrario los pacientes morirán por la falta de una pastilla. Hay que dar mantenimiento a las carreteras, si no se llenarán de baches… ¿Puede usted imaginar a Ubico o alguno de sus ministros en semejantes lloriqueos públicos?

 

Nada se dice de la forma de cómo se ejecuta el gasto. Sobre los viajes y viáticos se guarda silencio. De la multimillonaria cuenta de publicidad del gobierno y sus ministerios no se dice una palabra. Hay un velo sobre los compromisos contraídos por el Presidente con los sindicatos que lo chantajearon. Los gastos en la compra de insumos, como computadoras, cámaras, armas y aviones se manejando con el mayor sigilo. Nadie explica por qué la ampliación de un tramo de carretera costará 21.7 millones de quetzales ¡cada kilómetro! O por qué quitar un túmulo cuesta diez mil quetzales. El gasto en teléfonos celulares de los funcionarios y el consumo de combustibles sigue siendo reservado. Los muy discutibles gastos de distribución de fertilizantes, bolsas con alimentos, repartición de tierras, construcción de vivienda… ¿Forman parte de la “inversión política” o no?

 

¿Acaso no se habla de millardos? ¿Puede usted estimar cuánto cuesta al año, en promedio, un vehículo con placas oficiales, considerando depreciación, repuestos, reparaciones, combustible, chofer, etcétera? A los sindicatos de las entidades estatales se les da lo que quieren (semana de cuatro días, honorarios, seguridad, automóvil, viajes pagados). Las ambulancias nuevas permanecen paradas por falta de combustible, no así los vehículos asignados al transporte y al personal de seguridad de las esposas de los funcionarios. Cada quetzal destinado al legislativo es un quetzal perdido sin beneficio alguno. Así… ¿no será por eso que de los 70 millardos de quetzales aprobados en el presupuesto no alcanzan ni para las pastillas de los hospitales?

 

Ningún funcionario, empezando por el Presidente, reconoce que el presupuesto tiene dos lados. Que un aumento en los ingresos tributarios es idéntico, para efectos fiscales, a una reducción de monto equivalente en los egresos. Alguna persona muy identificada con el régimen podría negar, la existencia de “comisiones” y otras formas de robo y hurto en las compras de gobierno. Lo que le sería imposible contradecir es que los precios a los que compra el Estado son muy altos. Que una computadora, dentro de un lote de mil, sorprendentemente cuesta el doble o más al Estado que a una persona particular que solo adquiere una. Tampoco podría negar que la “la inversión social” es en realidad, principalmente, “inversión política”.

 

Los funcionarios odian analizar las finanzas del Estado a partir de las finanzas familiares. La lógica de las familias es contundente: si no alcanzan los ingresos, se reducen los gastos. Así de simple. En vez de comprar en el súper se compra en La Terminal. En vez de carne de res se come pollo o salchichas. La dieta se inclina más hacia los vegetales y los granos. Las salidas a cenar o al cine se vuelven ocasionales. La ropa y los zapatos se remiendan. Los gastos de gasolina se reducen por mitad… El cambio de carro, del amoblado, de electrodomésticos y todo lo que se puede postergar, se difiere. Punto. De esa forma, ahorrar 20 o 30 quetzales por cada cien del gasto manirroto actual del Estado, sí se puede hacer.

 

Pero el Estado no actúa así. Su única respuesta es endeudarnos y empobrecernos con más deuda pública y más impuestos. Aún peor, con inaudita frecuencia se les ocurre una Reforma Tributaria Profunda, como la de 2012. Crea nuevos gravámenes, sube las tasas de los existentes, introduce nuevas reglas para prevenir la evasión… Los sectores protestan, se quejan, demuestran lo insensato del nuevo esquema y algunos consiguen exenciones. El modelo, que ya era malo, termina lleno de parches y grietas.  Así, después de sólo unos meses, el problema financiero del Estado, comparativamente simple de resolver, adquiere la dimensión de un problema económico nacional cuya solución es mucho más compleja. Piense en Argentina, Grecia, España...

 

El problema económico nacional, creado por el mismo gobierno, provoca menos ingresos fiscales futuros. Pero el gobierno niega la crisis y proyecta ingresos tributarios como si tal problema no existiera (1). El funcionario a cargo de la SAT no puede cumplir las metas que le obligaron a aceptar y con las cuales en mal momento se comprometió. Empieza el cambio, de superintendentes primero y de ministros después. Entre tanto, los ingresos siguen cayendo, imperturbables, y empieza el pánico dentro del gobierno. Usted conoce esa historia, porque la ha visto repetida tantas veces… (1). Ha trascendido que ahora, que hacen falta fondos hasta para pagar sueldos en el MP, se contempla un presupuesto de 80 millardos para el año próximo.

 

Uno se pregunta: ¿Cuál es el mejor esquema fiscal, el más adecuado para Guatemala? La respuesta puede ser muy complicada o muy simple. Permítame intentar explicar la versión compleja por medio de un supuesto, acaso absurdo. Suponga que el Congreso resuelve poner orden por medio de una nueva Reforma Tributaria. Pero las bancadas no consiguen ponerse de acuerdo. Así, deciden que las seis mayoritarias hagan un proyecto cada una, mismo que después será puesto en prueba durante seis meses cada uno.

 

Las bancadas aceptan el reto, contratan expertos y dedican a ello todo su esfuerzo. Consiguen hacer un trabajo verdaderamente excelente. Después, ponen en prueba cada uno de los seis modelos y definen como medir sus bondades. El que ofrezca mejores resultados será el que se adopte de manera definitiva. Una vez medidos los efectos de cada uno, se está en el momento de decidir cuál es el mejor. No importa cual elijan, después de esos tres años de pruebas y cambios constantes, ya no habría país. Una nación puede vivir con un mal sistema tributario. Pero no sobreviviría ante las sucesivas reformas tributarias. Los cambios son letales para la economía.    

 

Lo que quedó después de la Reforma Tributaria Pavel-Pérez, fue un mamarracho que, en dos años, solo ha conseguido demostrar que nunca debió haberse hecho. Ahora, la economía ya se ha ido adaptando a ese modelo y resulta más fácil convivir con un mamarracho que enfrentar los dolores de un nuevo parto. Hay mucho que cambiar en ese modelo para hacerlo funcional. Lo más importante es que los cambios sean graduales, uno por uno y estén sujetos a una regla, solo una, pero muy estricta. 

 

Los cambios en el esquema fiscal deben ser para mejorar su neutralidad económica, para hacerlo más universal y evitar posibles duplicaciones entre los distintos impuestos que lo componen. Habrá que trabajar en conseguir que los impuestos que comprenda, sean fáciles de entender y de pagar. Pero nunca, por ninguna razón, cambio alguno debe ser hecho con el propósito de aumentar los ingresos tributarios.

 

El ingreso fiscal aumentará, con los mismos impuestos e idénticas tasas, cuando la producción aumente, cuando la economía crezca. La certeza de las reglas que afectan la actividad empresarial es básica para que haya inversión y para que con ella, el empleo formal crezca. Mientras eso sucede, que no será inmediato, el gobierno tendrá muchas oportunidades de solventar las actuales dificultades en sus finanzas, revisando sus compras, reduciendo gastos, postergando adquisiciones que no son esenciales y concediendo mayor diligencia y esmero a cuidar los centavos que le ha trasladado la población. La solución está en el otro lado del presupuesto, en el lado de los gastos.

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 73 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería el&eacu
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