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Mi Esquina Socrática

"La Pasión Inútil"
Fecha de Publicación: 23/04/2013
Tema: Política

          Jean Paul Sartre acuñó esa frase.

Y yo la aprovecho para referirme a algo muy cotidiano y universal: califico así los intentos apasionados, casi siempre fallidos, por moldear a la fuerza al mundo según nuestras muy subjetivas y limitadas expectativas. 
Entre los más duraderos (ya por todo un siglo), y más crueles y dañinos, han figurado los reiterados arrebatos marxistas-leninistas, desde 1917. Responden a un estado psicológico más bien típico en adolescentes: si la realidad no se ajusta a mis expectativas, tanto peor… para la realidad. 
Marx, por ejemplo, rehusó publicar su segundo y tercer volumen de El Capital a la espera de poder resolver el reto que intelectualmente le planteaba la teoría marginalista del valor. Murió una docena de años después sin haberla encontrado. Eso lo creo una muestra de honestidad intelectual de su parte, no empero de Federico Engels, que sí los editó y publicó dos años más tarde sin los escrúpulos de su difunto amigo.
“Lenin” fue aún peor. Tradujo a la acción política la teoría incompleta marxista sin tomarse el menor esfuerzo por contrastarla con el marginalismo. Al fin y al cabo, lo que le interesaba, aprendido de su Maestro, no era entender el mundo sino cambiarlo.
El mismo síndrome se ha evidenciado en todas partes entre los “entusiastas”. De ahí el comentario ácido de Raymond Poincaré: “el joven que antes de los veinte años no sea socialista no tiene corazón; y el hombre que después de los cuarenta permanezca socialista no tiene cabeza”.
En Guatemala abundan los jóvenes. 
Aquí, la primera loca embestida tuvo lugar con el consentimiento benévolo de Jacobo Arbenz. La segunda, inspirados desde algo lejos por Fidel Castro. La tercera, se acaba de estrellar el jueves 18 y viernes 19 de este mes de abril.
Me llama la atención un rasgo “sociológicamente” notable en este último intento: los dos primeros fueron liderados por hombres, este último, empero, por mujeres, vientos nuevos…
En Guatemala hace treinta años, no hubo genocidio, ni lo mencionaron siquiera los más interesados en que se pudiera constatar su verdad: los propios jefes autoritarios y agresivos de los grupos que conformaron la URNG. 
¿Quiénes, pues, los traen de repente a colación? Damas muy modernas, muy privilegiadas y digamos que… muy jóvenes. 
Cada uno de esos ensayos por sovietizar este país fracasó ante el muro de ciertas reservas morales mínimas todavía operantes en la población guatemalteca. Bajo Arbenz, se tropezó con la sensibilidad teológica de Monseñor Mariano Rosell y, encima, la jurídica constitucional de figuras como las de Arturo Herbruger y José Vicente Rodríguez. Durante los gobiernos “militares”, contra un mínimo sentido patriótico de autopreservación compartido por la mayoría, entre la que descollaron Carlos Arana Osorio y Mario Sandoval Alarcón. Ahora, ciertos elementales valores democráticos ya bastante consolidados entre nosotros, sobre todo, en un puñado de dirigentes con poder de convocatoria como Luis Flores Asturias o Gustavo Porras.
Guatemala merece felicitaciones por haber mostrado al mundo en esas tres ocasiones sucesivas que no por ser un país pequeño y pobre ha de someterse a los caprichos de movimientos políticos predominantes entre los extranjeros.
En nuestro caso de la semana pasada, resaltan ciertas verdades de a puño: la CICIG ha demostrado una vez más en su inutilidad, su impudicia y su hipocresía que muchos esperábamos desde que fuera blindada con tantas inmunidades y privilegios, gracias a nuestros “tontos útiles”, ¡para combatir la impunidad en Guatemala!
Hagamos recuento: el papel jugado por el Ejecutivo, se vio desleal y oportunista.
La calidad de la información con la que la prensa informó los acontecimientos, inframediocre; y de la que investiga y analiza, escasa.
Las actuaciones de la Fiscal General y de la jueza del Tribunal, Jazmín Barrios, irresponsables y lesivas del debido proceso como nunca antes.
En cambio, las de la defensa fueron correctas y dignas. Y el comportamiento general de la población ante las provocaciones de agitadores profesionales, civilizado.
El usual intervencionismo (desde los acuerdos de apaciguamiento de 1996) por europeos y americanos nórdicos, una vez más repudiable. Las declaraciones del Embajador de los Estados Unidos, tontas, y las del Comisionado de la CICIG, el costarricense Francisco Dall´Anese, imprudentes, sesgadas y superficiales.
Fidel Castro, el protagonista entre telones durante este último medio siglo guatemalteco, se atrevió a decir: “la historia me absolverá”. 
Craso error: pues acaba de ser por ella definitivamente condenado. Y con él, sus peones locales.
 
Jean Paul Sartre acuñó esa frase.
Y yo la aprovecho para referirme a algo muy cotidiano y universal: califico así los intentos apasionados, casi siempre fallidos, por moldear a la fuerza al mundo según nuestras muy subjetivas y limitadas expectativas. 
Entre los más duraderos (ya por todo un siglo), y más crueles y dañinos, han figurado los reiterados arrebatos marxistas-leninistas, desde 1917. Responden a un estado psicológico más bien típico en adolescentes: si la realidad no se ajusta a mis expectativas, tanto peor… para la realidad. 
Marx, por ejemplo, rehusó publicar su segundo y tercer volumen de El Capital a la espera de poder resolver el reto que intelectualmente le planteaba la teoría marginalista del valor. Murió una docena de años después sin haberla encontrado. Eso lo creo una muestra de honestidad intelectual de su parte, no empero de Federico Engels, que sí los editó y publicó dos años más tarde sin los escrúpulos de su difunto amigo.
“Lenin” fue aún peor. Tradujo a la acción política la teoría incompleta marxista sin tomarse el menor esfuerzo por contrastarla con el marginalismo. Al fin y al cabo, lo que le interesaba, aprendido de su Maestro, no era entender el mundo sino cambiarlo.
El mismo síndrome se ha evidenciado en todas partes entre los “entusiastas”. De ahí el comentario ácido de Raymond Poincaré: “el joven que antes de los veinte años no sea socialista no tiene corazón; y el hombre que después de los cuarenta permanezca socialista no tiene cabeza”.
En Guatemala abundan los jóvenes. 
Aquí, la primera loca embestida tuvo lugar con el consentimiento benévolo de Jacobo Arbenz. La segunda, inspirados desde algo lejos por Fidel Castro. La tercera, se acaba de estrellar el jueves 18 y viernes 19 de este mes de abril.
Me llama la atención un rasgo “sociológicamente” notable en este último intento: los dos primeros fueron liderados por hombres, este último, empero, por mujeres, vientos nuevos…
En Guatemala hace treinta años, no hubo genocidio, ni lo mencionaron siquiera los más interesados en que se pudiera constatar su verdad: los propios jefes autoritarios y agresivos de los grupos que conformaron la URNG. 
¿Quiénes, pues, los traen de repente a colación? Damas muy modernas, muy privilegiadas y digamos que… muy jóvenes. 
Cada uno de esos ensayos por sovietizar este país fracasó ante el muro de ciertas reservas morales mínimas todavía operantes en la población guatemalteca. Bajo Arbenz, se tropezó con la sensibilidad teológica de Monseñor Mariano Rosell y, encima, la jurídica constitucional de figuras como las de Arturo Herbruger y José Vicente Rodríguez. Durante los gobiernos “militares”, contra un mínimo sentido patriótico de autopreservación compartido por la mayoría, entre la que descollaron Carlos Arana Osorio y Mario Sandoval Alarcón. Ahora, ciertos elementales valores democráticos ya bastante consolidados entre nosotros, sobre todo, en un puñado de dirigentes con poder de convocatoria como Luis Flores Asturias o Gustavo Porras.
Guatemala merece felicitaciones por haber mostrado al mundo en esas tres ocasiones sucesivas que no por ser un país pequeño y pobre ha de someterse a los caprichos de movimientos políticos predominantes entre los extranjeros.
En nuestro caso de la semana pasada, resaltan ciertas verdades de a puño: la CICIG ha demostrado una vez más en su inutilidad, su impudicia y su hipocresía que muchos esperábamos desde que fuera blindada con tantas inmunidades y privilegios, gracias a nuestros “tontos útiles”, ¡para combatir la impunidad en Guatemala!
Hagamos recuento: el papel jugado por el Ejecutivo, se vio desleal y oportunista.
La calidad de la información con la que la prensa informó los acontecimientos, inframediocre; y de la que investiga y analiza, escasa.
Las actuaciones de la Fiscal General y de la jueza del Tribunal, Jazmín Barrios, irresponsables y lesivas del debido proceso como nunca antes.
En cambio, las de la defensa fueron correctas y dignas. Y el comportamiento general de la población ante las provocaciones de agitadores profesionales, civilizado.
El usual intervencionismo (desde los acuerdos de apaciguamiento de 1996) por europeos y americanos nórdicos, una vez más repudiable. Las declaraciones del Embajador de los Estados Unidos, tontas, y las del Comisionado de la CICIG, el costarricense Francisco Dall´Anese, imprudentes, sesgadas y superficiales.
Fidel Castro, el protagonista entre telones durante este último medio siglo guatemalteco, se atrevió a decir: “la historia me absolverá”. 
Craso error: pues acaba de ser por ella definitivamente condenado. Y con él, sus peones locales.