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Mi Esquina Socrática

Nuestra prensa diaria… ¿Cuán buena?... ¿Cuán mala?
Fecha de Publicación: 21/05/2014
Tema: Prensa

             He ahí un tema que casi nunca salta a las páginas de opinión de nuestra prensa escrita. No soy yo, por supuesto, el llamado a hacer un juicio de valor en conjunto y definitivo sobre la misma, pero sí puedo adelantar algunos criterios para cimentarlo. 

          Estudié periodismo hace muchos años, cuando la tecnología digital apenas se incubaba en secreto en el Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

El mundo hoy es todo otro en múltiples respectos, sobre todo en la globalización de esa herramienta informática. 

            En aquellos mis años mozos se nos inculcaba a los estudiantes de periodismo un respeto absoluto por la verdad, la más  exacta y objetiva posible, acerca de los hechos que se reportaban.

De los reporteros se esperaba en cada caso una investigación exhaustiva sobre lo que se les hubiese encargado investigar, y verificar, además,  una o dos veces la exactitud de los datos recabados así como la confiabilidad de nuestras fuentes.

Por ello se subrayaba la importancia de contar en cada empresa periodística con un Jefe adicional “de Información”, encargado de determinar la relevancia relativa de cada reportaje a la hora de publicarlo. Diferente al Jefe de Redacción, cuya responsabilidad principal serían las páginas editoriales de opinión y crítica. 

Se nos machacaba en que la prioridad número uno de todo reportaje periodístico habría de ser la fidelidad a los hechos, y a nada más. Las opiniones subjetivas del reportero, sobre todo sus propios juicios de valor, habrían de ser excluidos tajantemente, para no sesgar la información a transmitir.  

En ese sentido, el más genuino periodismo -y su auténtico héroe- es el de quien reporta, no el de quienes opinamos o criticamos sobre la base de lo reportado.

Aquí, por el contrario, se tiende hoy a sobrevalorar a esos últimos, no a los primeros, en quienes de veras descansa la calidad de la información que se publica. Tanto más de lamentar cuanto la búsqueda de la misma conlleva riesgos y peligros hasta mortales, lo  que no suele afectar en la misma medida  a nosotros, los articulistas de opinión.  

De lo contrario, los lectores no dispondrían de un conocimiento adecuado sobre los hechos concretos, a partir de los cuales tomar decisiones importantes. Además, así se evitaría en lo posible lo que constituye la némesis de todo buen periodismo: hacerse eco anónimo de meros rumores.

Por eso en los principales centros urbanos donde se toman las decisiones de mayor trascendencia económica o política sobresale  la mejor prensa del mundo y la más tenida en cuenta.

Ello también  entraña en los reporteros la obligación ineludible de hacerse del dominio más completo que les sea posible del propio idioma, a fin de reducir al mínimo las ambigüedades, las vaguedades o imprecisiones, y hasta ciertas falacias informales en las que comúnmente se incurre.

Para ello también se nos insistía en la importancia de la buena lectura como la mejor fuente de enriquecimiento de nuestro vocabulario y del claro bien decir, así como para poder reducir al mínimo los malentendidos atribuibles a una mala sintaxis.

Ni olvido tampoco el hincapié que se ponía en nuestra ética profesional de periodistas. Desconozco si hoy en día se continúa con esa práctica en las actuales escuelas de periodismo.  Pero entre los valores a tener como prioritarios, además del supremo de la verdad, se nos insistía en el respeto debido a toda persona en cuanto persona, y a las leyes, y a las instituciones sociales más ejemplares como la familia, la Iglesia o la escuela, lo que constituía una guía casi infalible guía  para no herir injustamente a nadie.

A propósito de la reciente y muy grave crisis del Estado constitucional, en torno a la elección de un nuevo Fiscal General, pude notar con tristeza en algunos, tanto entre reporteros como entre comentaristas, una absoluta indiferencia, rayana en  el desprecio, por la verdad constatable de los hechos, así como por el sentido literal y el espíritu de la legislación vigente.

De generalizarse tal actitud, desaparecería automáticamente toda justificación o reclamo por una prensa independiente.

Una prensa libre, encima, se reconoce responsable en su totalidad de lo que hace público,  imprescindible para el progreso democrático y para la preservación de la paz civil.  

Pero en nuestro caso, por entre la pobreza informativa que se nos cuela  casi a diario asoma un feo matiz, muy peculiar a esta Guatemala nuestra, que a duras penas sobrevive a ciertas disposiciones constitucionales de 1985.

Me refiero al creciente “malinchismo”, cada vez más descarado entre ciertas corrientes contestatarias, que antepone toda “opinión” o “juicio de valor” denigrante de nuestras figuras e instituciones públicas a la obligada  referencia a  hechos objetivos y respetuosamente  presentados.  Error mayúsculo, sobre todo si se les asigna un sitio preferencial simplemente  porque los calzan  reconociblemente firmas de extranjeros de muy atrás ideológicamente sesgados en contra de todo lo guatemalteco.

Los “malos vientos” que nos  anuncian ignoran ellos que ya  han soplado desde hace décadas sobre Guatemala, con vehemencia destructiva, y precisamente desde las latitudes en que ellos habitan.

Quédense con sus euros, con sus dólares, con sus francos suizos.

Nos bastan nuestros honorables  hombres y mujeres de prensa, que necesitan de nuestra ayuda, de nuestro apoyo y de nuestro agradecimiento; no de las monedas que haga circular entre ellos cualquier Judas chapín…