ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Mi Esquina Socrática

La injusticia globalizada
Fecha de Publicación: 11/02/2014
Tema: Justicia

 Desde Poncio Pilatos sabemos los cristianos de la calidad moral de la “justicia” meramente humana.

Y no hay excepciones de grupo o clase entre sus actores: lo mismo tirios que troyanos, ateos o devotos, izquierdistas y derechistas, todos cargamos a nuestras espaldas un pasado indecible.

Recuerdo los films confidenciales, tomados por nadie menos que la Gestapo, que se me dio ocasión de ver, sobre cómo le fue al “Estado de Derecho” de la República de Weimar en la Alemania bajo Adolfo Hitler.

Recuerdo también de algo más lejos las “purgas” de Stalin en los años treinta, y mucho más de cerca la justicia “popular” de los Castro, en Cuba, lo mismo que el “proceso” seguido aquí ¡por “genocidio”! a Ríos Montt…

Por otra parte, también he leído la “Apología pro Domo Sua”, de Sócrates, y un largo etcétera de condenas, entre ellas las de Savonarola, Tomás Moro, Giordano Bruno y Galileo, en este último ejemplo dictada por un tribunal que presidió un hombre de virtudes heroicas, un santo actualmente elevado a los altares, Roberto Belarmino.

No quiero hacer juicio aquí de los condenados sino de sus acusadores… que en cierto modo lo venimos a ser todos, en cuanto hemos internalizado, sin cuestionamientos, lo que los vencedores pro boca de los historiadores nos han narrado. La raíz de nuestros prejuicios históricos más arraigados.

A escala casi minúscula, quiero llevar hoy a un juicio de conciencia a la acusadora omnipotente que avergüenza a Guatemala, Claudia Paz y Paz. Y, de paso, solidarizarme con las valientes denuncias en su contra, hechas por una de sus tantas víctimas, la ex-Fiscal Gilda Aguilar, una “voz que clama en el desierto” de nuestro desolado contexto jurídico.

Paz y Paz ha violado la Constitución y las leyes en repetidas ocasiones; ha transformado el Ministerio Público en un cementerio para las carreras profesionales de abogados y fiscales; ha servido de escudo para los agresores más violentos de la ley y los inocentes, y ha permanecido en todo ello impune por cuatro largos años.

El “Establishment” ha callado, empezando por sus máximas autoridades electas: el Presidente de la República, su Ministro de Gobernación, el Congreso y los tribunales de justicia. También el CACIF, que apenas ha dejado oír su voz, así como la totalidad de los accionistas dueños de los medios masivos de comunicación, radiales y televisivos, y al igual que sus editorialistas por escrito, y nuestros partidos políticos de papel, amén de la jerarquía eclesiástica, los sindicatos, y, por supuesto, el inepto Procurador actual de los Derechos Humanos, Jorge Eduardo de León Duque… La misma constelación, en fin, que puso punto final al Estado de Derecho entre nosotros con la conclusión de aquellos “acuerdos” de una paz ilegítima y, encima, prometida mendazmente como “de carácter firme y duradero”. Negro aniversario el de ese ominoso 29 de diciembre de 1996.

Todo esto me trae a la memoria el escandaloso caso de “Dreyfus”, en la Francia tan admirada de su “Belle Époque”. Permítaseme elaborar para mis lectores un brevísimo resumen.

En 1894 fue acusado de traición a la patria el único oficial judío que para aquel entonces servía en el ejército francés. Fue públicamente degradado y condenado de por vida a reclusión perpetua en la infame Isla del Diablo, de la Guayana francesa.

El traidor era otro, pero el cómodo “Establishment” de su tiempo se propuso aceptar, sin incomodarse, la sucia maniobra del Estado Mayor por obra del coronel Henry, para deleite de los antisemitas de toda laya: la ultramontana derecha católica, los militares nacionalistas al estilo de aquella época, y los prohombres proteccionistas de la industria y del comercio.

Gracias, en cambio, a la familia del condenado, de nombre Alfred Dreyfus, y también a un oficial íntegro al comando del contraespionaje francés, el Teniente Coronel Georges Picquart, pero, sobre todo, a la corajuda pluma de un novelista “libre pensador”, Émile Zola, así como, también, es de reconocérseles, al apoyo incondicional de los socialistas franceses de entonces, tras cinco años de agitación ciudadana y de un cisma profundísimo en la sociedad (que hubo de extenderse hasta la segunda guerra mundial), se logró la repetición del juicio, en el que contra la más elemental justicia se le reiteró a Dreyfus su condena, aunque esa vez más suave, a pesar de ya ser del dominio público la identidad del verdadero traidor, el Coronel Ferdinand Esterhazy.

No fue sino hasta 1906 que se le restauró a Dreyfus su honor, su posición en la jerarquía militar y sus plenos derechos. Doce años de infierno inmerecido que le quedaron definitivamente escritos como con punzón en el alma. Es más, el movimiento sionista hubo de tomar de esa ocasión el impulso para su formación, que hoy triunfante se ofrece de refugio final a todos los judíos del mundo tras las fronteras del Estado de Israel.

Durante todo ese calvario, Dreyfus había reafirmado muchas veces su inocencia, pero tal insistencia no llegó a la opinión pública por vía de la prensa escrita durante cuatro años, dada la indiferencia culpable de sus poderosos dueños.

Volvamos a Guatemala, país convulso desde que lo gobernó Jacobo Arbenz.

En nuestro caso, otro “Establishment”, el de la izquierda internacional, tanto de Europa como de las Américas - Barack Obama en ella incluido -, calla los desmanes de Claudia Paz y Paz. Los más vociferantes a favor de Claudia Paz y Paz son ciertos ex-guerrilleros, “malinchistas a la zurda”, como el muy ambiguo y escurridizo Frank La Rue.

Pero, gracias a una solitaria heroína, Gilda Aguilar, la verdad ha empezado a transparentarse en el ámbito nacional, y muy pronto espero, también, en el internacional.