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Teorema

Buscando al responsable
Fecha de Publicación: 15/01/2014
Tema: Educación

El impuesto indirecto más grande que paga el país es la gente que no sabe interpretar instrucciones escritas, que es incapaz de seguir las indicaciones incluidas en una medicina, que no las lee siquiera; son aquellos que, en un mundo pleno de opciones, carecen de la preparación necesaria  para considerarlas y decidir.

 

Los resultados de la Evaluación de graduados 2012 por DIGEDUCA (por favor ver http://www.opinionpi.com/detalle_articulo.php?id=255), desnuda una realidad que los gobernantes se afanan por ocultar. Muestra la gravedad de la situación  al descubrir que solo 4 de cada cien estudiantes del último año de Diversificado (bachillerato, magisterio y perito contador), tienen el nivel conocimientos de matemática adecuados a su edad y preparación y que sólo 12 de cada 100 pueden leer un texto corto sobre un tema no especializado y comprender bien lo que han leído.

 

Uno se pregunta ¿De quién es la culpa? ¿La tendrán los alumnos por su indolencia y falta de aprovechamiento? ¿Los padres de familia que no dan el seguimiento adecuado en casa a las tareas escolares? ¿Será culpa de la Ministra de Educación? ¿O del Presidente? ¿De este presidente, del anterior o de todos los anteriores? ¿Es responsable esa inmensa mayoría de maestros incapaces? ¿Recae la culpa sobre los líderes sindicales de las agrupaciones magisteriales? ¿Lo es la amplísima burocracia del MINEDUC?

 

Vamos por partes: Siendo los alumnos el objeto del esfuerzo educativo por parte del Estado o de los colegios privados, no pueden ser ellos los responsables de que tal esfuerzo sea un fracaso. Si los padres de familia ponen mayor atención a la educación de sus hijos, ciertamente ellos van a mejorar. Pero si la formación en el colegio o el instituto es deficiente, tal mejora difícilmente será sustancial. Y no se puede exigir a todos los alumnos que sean auto didactas.

 

No creo que haya culpa en la Ministra, ni de la actual ni de sus antecesores. Se trata de un problema cuya solución requiere acciones que escapan a su nivel de autoridad. El proyecto de incluir dos años de Universidad en la preparación de los maestros, el año pasado evidenció el reducido espacio de autoridad de ese ministerio en el área de su competencia. Tampoco es responsabilidad de sus antecesores porque en gobiernos anteriores, hubo una situación semejante. Aún una ministra particularmente fuerte, como lo fue María del Carmen Aceña, habría requerido del apoyo proveniente de  una férrea decisión de gobierno  para transformar el sistema educativo a manera de producir los resultados que necesita el país.

 

El origen del problema parece estar en la alta contaminación del procedimiento de contratación. Este, fuertemente influido por la “recomendación” de terceros, ajenos a los objetivos de la educación, ha facilitado el arribo de la ineptitud al sistema educativo. La “recomendación” es más importante que el resultado de los procedimientos normados. Los exámenes de aptitud, conocimiento y habilidad de los mentores son mucho menos decisivos que una recomendación “de peso”. Antes, se supo que las recomendaciones tenían un precio y que algunos diputados cobraban cada mes a los maestros recomendados por ellos, una parte de su salario. Confío que esa práctica perversa haya desaparecido. Pero entiendo que aún subsiste la venta de plazas que involucra a algunos funcionarios del Ministerio.

 

Aún peor que la contratación perversa, es la forma de promoción de los maestros, particularmente su promoción salarial. Los ascensos salariales provienen de un pacto colectivo, el que por lo general fue negociado bajo amenazas de huelga. Se basa en las necesidades de los maestros pero no de sus méritos para enseñar o en los resultados que obtienen los alumnos. El “pacto” provee de un incremento salarial al peor de los maestros, al más ignorante, descuidado, faltista,… igual que el que recibe el más sabio, diligente, entregado y respetado de los mentores.  El Estado ha convertido al Ministerio de Educación en una entidad al servicio del bienestar de los maestros, son ellos y no los niños que buscan educarse, lo que verdaderamente importa.

 

A través de sus líderes sindicales, los maestros han anulado los mecanismos que habrían servido como incentivos externos para ser mejores. En vez de un sistema que premie a los más destacados, a los más esforzados y los esfuerzos que realizan, presionaron para uno que socializara los beneficios haciendo que todos fueran iguales, destruyendo el incentivo para mejorar. Desde entonces, con pocas excepciones en vez del individual esfuerzo para mejorar, ha privado el colectivo esmero para presionar por montos cada vez más altos del presupuesto, que como botín es distribuido entre todos. Es el triunfo de los mediocres, del gran número, sobre la minoría que reúne a los mejores. Aun así, no creo que se pueda culpar a los maestros porque ellos son parte de un conflicto de intereses en el cual su propio bienestar inmediato tendría que ser sacrificado en favor del bienestar de los niños del país.

 

Tampoco me parece, que sea justo ni válido hacer señalamientos al sector sindical. El emblemático profesor Acevedo, figura central en las negociaciones entre los maestros y el Ministerio, así como los dirigentes de los otros cuarenta sindicatos que hay en ese ministerio, no puede recibir culpabilidad por el fracaso del sistema educativo. Joviel Acevedo y sus pares, cumplen la misión, los objetivos para los que fueron electos por los maestros. Su trabajo como dirigentes consiste en procurar el bienestar de los mentores, no el de los alumnos ni el de nadie más.

 

Anoto otro posible responsable del fracaso de la Educación en Guatemala. Sucede que a la sociedad guatemalteca no le importa mucho la educación. Seguimos pensando que es más importante hacer dinero y que ello no precisa de mayor preparación académica. Los jóvenes se unen a las maras y a estas el conocimientos les importa poco. Posiblemente lo haya, pero no consigo visualizar a un estudiante diligente y exitoso convertido en marero.

 

Con la sola excepción de los círculos universitarios, incluso entre los más importantes hombres de negocios, prevalece la idea de que los estudios de doctorado, por ejemplo, no son sino una pérdida de tiempo. El pragmatismo domina hasta en esos altos niveles. En los estratos medios y populares, donde la ignorancia tiene su feudo principal, donde están los analfabetos y los que saben leer pero nunca lo hacen, la situación es semejante. Sólo que allí, no se habla de estudios de doctorado sino de concluir o no la educación primaria o secundaria.

 

Los padres, con muy poca educación, saben que necesitan del apoyo de los hijos en sus tareas productivas y alcanzan a visualizar los beneficios de que sigan yendo a clases. Creo que esa condición está cambiando, pero aún falta mucho para que la Universidad se convierta en una aspiración generalizada. Si la sociedad tuviera una postura más crítica, más exigente hacia la educación, si en la Presidencia de la República se comprendiera que no se trata de aumentar el presupuesto sino de educar mejor, si hubiera claridad en el pensamiento y amor por la patria convertido en voluntad férrea de cambio, las nuevas generaciones podrían quedar a salvo de la ignorancia que hoy impera.

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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