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Mi Esquina Socrática

¿Cuestión de sentido común...?
Fecha de Publicación: 03/01/2014
Tema: Política

Los chilenos votaron y eligieron de nuevo a Michelle Bachelet. Su contrincante, Evelyn Matthei, se apresuró a felicitarla, como es de rigor en los pueblos civilizados.

            La Presidente electa ha prometido un amplio programa de reformas, entre ellas quince mil millones de dólares para la reforma educativa. La más intrigante es su promesa de reducir las desigualdades sociales en la población. Aquí entra el problema del “sentido común”…

            ¿De acuerdo a cuál parámetro intentará lograrlo? ¿De acuerdo al dinamismo de un mercado libre y, por lo mismo, competitivo, o por decretos?

            Su partido se llama “socialista”, en realidad es “social demócrata”, como prefieren identificarse hoy la mayoría de los partidos políticos que profesan tal ideario parecido. Y no creo que en este regreso suyo a la presidencia pretenda emular en absoluto otros “socialismos”, como el contemporáneo “del siglo XXI” inventado por Hugo Chávez, o aquel de su predecesor de los años setenta, Salvador Allende, que llevó a Chile a la ruina. Mucha agua ha corrido desde  aquel entonces bajo los puentes ideológicos del mundo entero.

            Sin embargo, la social democracia chilena bajo Bachelet podría desviarse más hacia la versión francesa de la misma (Hollande) que hacia las versiones británica (“Labor” Party) o alemana (SPD). Lo cual, de hacerse realidad, quitaría bastante de su lustre al “milagro económico” que ha vivido el pueblo chileno desde la incursión en la política local por los “Chicago Boys” (profundamente familiarizados con el pensamiento analítico de Arnold Harberger), e invitados por Pinochet a incorporarse a su gobierno a partir de 1975.    

            El sentido común nos dice a todos que si algo funciona bien, mejor es no querer repararlo. Pero todos sabemos que en materia ideológica el “sentido común” es el menos común de los sentidos.

            Quedamos a la espera.

            Entretanto, quiero añadir aquí unas pinceladas curiosas.

            El porcentaje de votos que le impidió ganar las elecciones a Evelyn Matthei (38%) es exactamente el mismo aquel con el que ganó Salvador Allende las críticas elecciones de 1970.   

            ¿Por qué el resultado entre ambas votaciones ha sido tan diametralmente opuesto?

            Porque en la década de los setenta, en Chile, al igual que en Guatemala, el Parlamento tenía la última palabra si ninguno de los candidatos alcanzaba la mayoría absoluta. En el caso actual, no hubo lugar a dudas: la mayoría absoluta la tuvo Bachelet. Es un claro ejemplo de la mayor  ventaja del sistema electoral francés (“ballotage”), que prevé una segunda vuelta para los casos en que de la primera no surge un claro ganador.  

            Otra lección memorable sería si la Bachelet intenta revolucionar el sistema de libre mercado heredado de Pinochet: las revoluciones estallan cuando las cosas van mejor, no cuando de malo pasan a peor. Ignorado por los más, este fue un factor en la revolución francesa de 1789, en la soviética de 1917, y en la castrista en Cuba de 1959.

            Es verdad que en Francia hubo por aquellos años una hambruna dolorosa atribuible principalmente a las pérdidas de las cosechas, sobre todo la de trigo, en conjunción con una bancarrota fiscal enorme (curiosamente, por la ayuda militar de la monarquía a los independentistas en América del Norte). Pero era el país más poblado de Europa, y el más culto, y su clase media progresaba sin pausa.

Y en el caso de Rusia, se sufrían derrotas repetidas y se desangraba ante  los Imperios Centrales durante la primera guerra mundial. Pero ese gran pueblo gozaba, en 1917, el momento de mayor libertad individual en sus mil años de historia, gracias políticamente al movimiento social democrático en torno a Kerenski, y económicamente, después de un cuarto de siglo de progreso industrial sostenido gracias a las reformas de Serguéi Witte. 

En cuanto a Cuba, sufría de un gobierno impopular desde hacía seis años, el de Fulgencio Batista, pero junto a Uruguay y la Argentina era el país más desarrollado de Iberoamérica.

¿Repetirán los chilenos bajo Bachelet esos monumentales errores históricos? No lo creo, aunque algunas expresiones de ella y de sus más íntimos asesores parezcan insinuarlo.

La razón última de que avances colectivos terminen en desastres retrógrados es la impaciencia. Si hay mejoras, ¿por qué no acelerarlas racionalmente “planificando” mejor el futuro?

La tentación más seductora para todos quienes de veras desean el progreso para todos también.

Lamentablemente, los progresos sociales, sobre todo los económicos, no están sujetos a nuestros caprichos planificadores con el abuso del monopolio estatal de la coacción. La naturaleza del hombre libre jamás funciona así. La “mano invisible” del mercado, sí lo logra.

¿Cómo?

Simplificando, mediante contratos en los que se incurre deliberadamente, y de los que  ambas partes contratantes derivan algún beneficio a los ojos de cada uno de ellos.

El punto olvidado de los revolucionarios utópicos.

¡Que tengan sobre tal base un próspero Año Nuevo!