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Mi Esquina Socrática

La Paz de Cristo
Fecha de Publicación: 03/01/2014
Tema: Religión


Franz Gruber, el genial compositor austriaco del más popular de los villancicos navideños, “Noche de Paz, Noche de Amor”, lo compuso apenas finalizado el torbellino arrasador de las guerras napoleónicas de principios del siglo XIX.

Europa ansiaba paz y algo de estabilidad social. Resultó un período más bien reaccionario el de 1815 a 1848, la plenitud de la época romántica, nacida tímidamente, a un mismo tiempo, al final del barroco, en Inglaterra y Alemania. Durante su vigencia sentimental, también fungió de contrapunto amortiguador al impetuoso avance de la Revolución Industrial, a ambas riberas del Atlántico.

Es un texto musical de muy escasa teología, dulzarrón y sencillo, como para niños, de ritmo pausado y de una melodía muy fácil de retener. Es esto último, creo, reside su popularidad mundial.

Pero, ¿de qué paz habla?... ¿La de “acuerdos” embusteros? ¿La de los regímenes despóticos?  ¿La paz de los mediocres indolentes?  ¿O la del cementerio, quizás?...

De ninguna de ellas. Habla de la de Aquel que dijo …No he venido a traer la paz sino la guerra porque he venido a poner discordia entre el hijo y el padre, entre la hija y su madre, entre la nuera y su suegra; de modo que tendrá cada uno por enemigos a la gente de su propia casa..."(Mt 10,34)

                ¿Cómo así?

            “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mt. 10, 37-39).

            La paz del libre.

            Jesús siempre habló “como quien tiene autoridad y no como sus escribas.” (Mt. 7, 29)

Las “buenas nuevas” (el Evangelio), pues, no son para leer de prisa sino pausadamente, y siempre con atención al contexto.

Un poco más adelante el mismo evangelista añade que Jesús les advirtió: “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre;” (Mt. 10,22). Es, entonces, también por causa de su nombre, que su presencia entre los hombres de todos los tiempos habrá de entrañar persecución y sufrimiento para quienes le sigan, es decir, para quienes hayan tomado su cruz, incluso si todo ello le aisla y lo separa, y hasta si lo enfrenta, a sus seres más queridos.  

Sobre tal supuesto, nos dice: “Mi paz os dejo, mi paz os doy.”

¿Mi?...

Y entonces aclara:

No os la doy como os la da el mundo.” (Juan 14, 27)

La paz de Cristo significa algo totalmente “otro”, comparada con esas “treguas” condicionadas que a veces nos otorgamos recíprocamente.

Tampoco es la paz del que ha logrado sus metas y se cree seguro. Como en la parábola  según la cual “los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ¿Qué haré pues no tengo dónde almacenar mi cosecha? Y dijo: Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años.  Descansa, come, bebe, banquetea.  Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?  Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios.” (Lc. 12, 16-21)

            En traducción criolla y popular: “Nadie sabe para quién trabaja”.  Por lo tanto, tampoco ahí pongamos la paz de Cristo.

            La paz para El significó “hacer la voluntad del Padre”, y por ella bien vale la pena renunciar a todo lo que nos ata a este mundo, absolutamente a todo. Pero El también sabía que tenemos obligaciones muy legítimas con nuestros prójimos. La renuncia que nos pide es interior, es la del desprendimiento afectivo de este mundo que de todas maneras habremos de abandonar un día.

            Es, repito, la paz del hombre o la mujer LIBRE.

            Libre de ataduras emocionales de simpatías o antipatías, libre de adicciones que le recorten su libertad, libre de apegos a todo lo que nos da placer pero que es de naturaleza transitoria, libre, en fin, de prejuicios, de rencores, de envidias, de crueldades, de injusticias…

            La paz de Cristo es lo mismo que la libertad interior del cristiano en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Benito Juárez, anticlerical consumado, la supo, sin embargo, traducir al lenguaje político de nuestros días: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

            Sólo es verdaderamente libre quien respeta el derecho ajeno para poder defender el propio. De ahí también el gozo de la paz, una vez que hayamos hecho por nuestra parte las paces con Dios.