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Teorema

Ratzinger
Fecha de Publicación: 12/04/2013
Tema: Religión

 Acaso la mejor descripción del cardenal Ratzinger, quien durante su papado tomara el nombre de Benedicto XVI, la ofrece Mario Vargas Llosa en un artículo del 24 de febrero anterior, que tituló “El hombre que estorbaba”. Dice lo siguiente: Era (el Papa) un hombre de biblioteca y de cátedra, de reflexión y de estudio, seguramente uno de los Pontífices más inteligentes y cultos que ha tenido en toda su historia la Iglesia católica. En una época en que las ideas y las razones importan mucho menos que las imágenes y los gestos, Joseph Ratzinger era ya un anacronismo, pues pertenecía a lo más conspicuo de una especie en extinción: el intelectual. Reflexionaba con hondura y originalidad, apoyado en una enorme información teológica, filosófica, histórica y literaria, adquirida en la decena de lenguas clásicas y modernas que dominaba, entre ellas el latín, el griego y el hebreo.

El mensaje con la renuncia del Papa circuló por el globo con impresionante velocidad, como solo un suceso capaz de conmocionar al mundo puede hacerlo. Resulta imposible imaginar que algún medio noticioso, en el más recóndito paraje del orbe haya dejado de reproducir esa noticia. Porque eventos como ese no afectan solo a los católicos, nos afectan a todos.

En mi opinión de no creyente, la renuncia de Benedicto XVI expone un acto de honradez sin precedente. Posiblemente constituya el antecedente sobre el cual, en el futuro, sus sucesores hagan descansar decisiones parecidas. Afirmo lo anterior, razonando que la responsabilidad de conducir una iglesia tan grande, poderosa y con tanta incidencia en la vida de todos, fieles e impíos, es superior a la fuerza de un hombre disminuido por el peso de los años. Requiere de uno pleno de salud y energía; la sabiduría por sí sola, es insuficiente ante la magnitud de la tarea.

Hay muchas razones para comprender la honradez en su renuncia. Acaso la más banal pero no por ello puedo dejar de referirla, se refiere a su actitud ante las pompas fúnebres, que de no haber renunciado, habrían honrado su vida. Se trata de las más majestuosas sobre la tierra. Duelo en todo el mundo católico, misas doquier, rezos y lágrimas. Varios días de velación, la asistencia de prácticamente todas las grandes autoridades del mundo, esforzándose por mostrar consternación, cientos de millones de fieles orando por él, toda la liturgia  y más mucho más. Se puede decir que en más de 100 países habría habido luto por su muerte.

En cambio, ahora el día que fallezca, habrá una congregación casi familiar y le llorarán tan solo sus más cercanos y la gente de ese centro donde ha dispuesto pasar sus últimos días. Acaso un jardinero piadoso pensando que le gustaban sus rosas y colocará una sobre su ataúd y esa sea la ofrenda más auténtica que reciba. Cuando un nuevo Papa haya asumido, el mundo se olvidará de él, en dos o tres meses muy pocos lo recordarán. Para la inmensa mayoría, será como si hubiera muerto.

He leído y escuchado muchas objeciones a su renuncia. Han “argumentado” que no hay antecedente semejante en 7 siglos. Uno diría que es de necios perpetuar un error y que 7 siglos es más que suficiente. Dicen que ante la fragilidad de su salud, siempre hubiera podido delegar en otros la mayoría de sus tareas y reducirse a salir al balcón para bendecir a los fieles congregados en la Plaza. Bueno, pues si ha de delegar las demás responsabilidades, más honesto es también renunciar al cargo, como ha hecho.

Algunos afirmaron que el tema de los sacerdotes pedófilos se había desbocado ¡Vamos! entre casi medio millón de sacerdotes y semejantes, los pedófilos representan menos de 1%. Si bien se trata de un número importante y sus crímenes merecen un castigo particularmente severo, no es para que un Papa renuncie. Además, al denunciarlo, su postura en este tema fue la correcta.

También se dijo que le hicieron llegar un documento en el cual se mostraba una iglesia disminuida, corrupta, en decadencia… y que, ante lo cual, desanimado había renunciado ¡Por favor! En La sal de la tierra (http://istmo.mx/2006/01/la_sal_de_la_tierra_quin_es_y_cmo_piensa_benedicto_xvi/), Ratzinger ya había descrito, con objetividad, la situación de la Iglesia en distintos países. Además, no se puede desestimar su experiencia como redactor en las revistas laicas Der Spiegel y Stern. Si fuera cierto lo del documento (no creo que lo sea) Ratzinger habría sido el último en sorprenderse. Así, ninguna de esas especulaciones me parece razonable.

Prefiero aceptar su propia versión, que tiene una lógica impecable: La dimensión de la Iglesia católica y sus múltiples actividades, es simplemente formidable. Conducir a esa grey, administrar las actividades de más de 1.2 millones de monjas, sacerdotes y otros religiosos que trabajan para la iglesia y viven de ella, no puede ser cosa simple. Además, bien cierto es que hay una crisis que afecta a todos los niveles de su organización y eso requiere esfuerzos adicionales.

Habría otra explicación, una que ninguno pronunció y que para mí tiene el mayor de los sentidos y no riñe con la explicación de Ratzinger, acaso la complementa. Hace 7 años, el 2 de abril de 2005, su antecesor falleció y a él correspondió presidir sus funerales, dentro de la más estricta y longeva normativa. Más que un honor, una delicada misión. Durante las semanas que precedieron a su muerte, y desde mucho antes, el que sería su sucesor ya era considerado como la segunda persona, después del Papa, más influyente en el Vaticano. Así, necesariamente tuvo que participar en las discusiones y decisiones relacionadas con la gravedad del Pontífice y sus consecuencias.

Juan Pablo II tenía 84 años, (muy próximo a cumplir 85) cuando falleció. Sufrió una rotura en el cuello del fémur que se agravó con septicemia y colapso cardiopulmonar sobre un cuerpo que ya estaba disminuido por la enfermedad de Parkinson que padecía. Aquel que lo había nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe primero y Decano del Colegio Cardenalicio después, languidecía ante sus ojos. Ratzinger, considerado desde años atrás como el cardenal más importante de la iglesia y una de las 100 personas más influyentes del mundo (Time Magazine) y reconocido como un intelectual de primer orden, debía hacerse cargo de la situación que presentaba el Papa. 

¿Qué hacer con un Papa bajo una condición clínica compleja, que podía llevarlo a un estado severo de pérdida de consciencia? Aun cuando se trata de un miembro del grupo familiar, esa es una decisión difícil que muchos no quisiéramos jamás enfrentar, una que nunca querríamos heredar a nuestros familiares. Si tal situación acontece, no al familiar querido sino al jerarca de la más antigua e importante institución sobre la faz dela tierra ¿Qué hacer? ¿Cómo proceder?

¿Podía la Iglesia, con su estructura piramidal por excelencia, permanecer acéfala ante una condición así, que podía alargarse indefinidamente? Y si llegara a acontecer una condición irreversible que terminara en muerte cerebral ¿habría que mantener artificialmente, con la ayuda de una unidad de cuidados intensivos, la respiración y el flujo sanguíneo del jerarca? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Debía toda la organización entrar en oración rogando por la muerte del Papa? ¿Se pediría a los fieles que hicieran lo propio?

Una iglesia con enormes problemas y acéfala es un escenario que sus dirigentes no se pueden dar el lujo de permitir. Afortunadamente para todos, la condición física de Juan Pablo II tuvo un prontísimo desenlace.

Ratzinger vivió esas vicisitudes y lo hizo desde la primera línea. Cuando fue investido Papa, debió jurarse ante sí, que no heredaría un problema de esa naturaleza a los demás y por ello, con mucha dignidad, pleno de sentido común, con absoluta honradez, el pasado 10 de febrero, presentó su renuncia la cual, conforme los reglamentos eclesiásticos tiene carácter de no revocable. Todo un tipazo ¿no?

Si en vez de Ratzinger hubiera investigado acerca de Wojtyla, posiblemente habría encontrado condiciones distintas pero igualmente elevadas. Y si lo hubiera hecho sobre muchos de sus antecesores recientes, atendiendo su entorno histórico, imagino que habría encontrado similares condiciones de excelencia ¿Cómo se las ha arreglado la Iglesia católica para permanentemente tener tan buenos dirigentes al tiempo que nosotros, como país, no conseguimos hacerlo con uno solo? 

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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