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Teorema

Debate sobre la deuda
Fecha de Publicación: 25/10/2013
Tema: Congreso

Uno podría congratularse y decir: ¡Por fin los diputados suspendieron la absurda interpelación a Batzín! Ahora se van a poner a trabajar, a cumplir las tareas que ordena la Constitución… ¡Cuidadito! Que mientras estuvieron en ese pseudo paro, los pobladores estuvimos a salvo de ellos. Para sobresalir debían fiscalizar las instituciones del Estado… y encontrar algo con qué sorprender a los periodistas.

Ahora ya de regreso, en el primer día (jueves 24), nos aumentaron 2 diputados en vez de rebajar cien. Aprobaron leyes de transparencia pero protegieron los cuestionados fideicomisos. Elevaron de 2 a 3.50 US$ (¡75%!) el pago por voto a los partidos políticos. Obligaron a que los candidatos a cargos públicos tengan que estar afiliados a los partidos. Y así…

Asimilaron lo más importante en los dos últimos puntos de la agenda, mismos que eventualmente tratarán la semana próxima. Aunque siempre pueden suceder cambios sorpresivos, entonces estarán discutiendo la aprobación de dos empréstitos por casi tres millardos de quetzales.

El gobierno ha dicho que atraviesa una crisis financiera compleja, situación difícil de creer ante la costosa campaña publicitaria actual, con la que busca silenciar a los medios. Quejándose asegura que no le alcanza para pagar los sueldo y que tendrá problemas con los aguinaldos ¡Bienvenido al club! A la inmensa mayoría de familias guatemaltecas les sucede lo mismo: la plata no alcanza. Fuera de ironías, lo cierto es que una buena parte del crédito que eventualmente obtengan servirá para pagar sueldos y otra para cancelar deudas con varios años de antigüedad (se dice que entre más vieja la deuda, más alta la “comisión” que el tenedor está dispuesto a pagar).

El tema de la deuda pública de Guatemala permitiría un debate intenso porque no sólo cubre aspectos financieros sino también se adentra, entre otros, en asuntos económicos, sociales e ideológicos. Varios diputados tienen las más altas credenciales para participar en una discusión así.

Pongo un ejemplo, quizá el del más conocido por ser columnista de opinión: José Alejandro Arévalo fue Ministro de Finanzas, Presidente del BCIE, Gobernador del Banco Mundial, director y fundador de la SAT, Vicerrector de la URL, decano de la Facultad de Economía de laURL, profesor en URL y UFM…

Pero no es el único con altas calificaciones. Emmanuel Seidner Aguado también tiene lo suyo y así, quizá una docena más de diputados están capacitados para un debate de la mayor altura y profundidad sobre ese tema. Pero tal debate difícilmente se dará, contradictoriamente nuestro Congreso no es un lugar para debatir sino para negociar. Los diputados en vez de brillar por la profundidad de su conocimiento, experiencia y exposiciones, a menos a ojos de la población son un grupo de incultos, ineptos y oportunistas ¿O no le sorprendió a usted que José Alejandro tuviera las altísimas credenciales antes consignadas?

Ahora bien, en el evento de que tal debate llegara a darse, posiblemente sería iniciado con argumentos acerca del tamaño del Gobierno. Tema intenso y profundo que podría concluir asegurando que esa debiera ser una decisión directa de los pobladores, no de sus representantes. Que los ciudadanos debiéramos ser quienes decidiéramos si queremos un gobierno más grande, lo que implica una mayor gasto público o uno más chico, que nos permitiera pagar deudas y sanear la economía.

Quizá otro acotaría que esa no debería ser una decisión de todos, sino exclusivamente de quienes pagan los impuestos. Acaso razonaría que los políticos y funcionarios, quienes viven de los impuestos, siempre querrían más y que lo mismo sucedería con utilizan los servicios públicos que presta el Estado; ellos siempre querrían más y mejores servicios sin importar cuánto cuesta ya que la factura la cubrirá otro. En tono festivo, alguno apoyaría el comentario diciendo: Así es, el que paga los mariachis, escoge las canciones.

Muy probablemente algún diputado recordaría a sus colegas, con la seriedad de un profesor universitario, que hay tres maneras principales de cubrir el costo de tener Gobierno: Impuestos, deuda e inflación (emisión de moneda sin respaldo). Que todas las demás formas juntas (donaciones, herencias, decomisos…), son comparativamente poco importantes.

Agregaría que los impuestos constituyen la forma económicamente más sana para financiar el gasto público, pero también la más impolítica. Lo reforzaría diciendo: ¿O es que dentro de los presentes está el guapo que se atrevería a subir el IVA? El disertante también diría que la Inflación es la forma más infame, ruin y cobarde para financiar el gasto público. Agregaría que por fortuna esa posibilidad quedó proscrita cuando constitucionalmente se prohibió al BANGUAT hacer préstamos al Gobierno. Ilustraría el tema con una anécdota histórica: En Berlín, el 3 de noviembre de 1923, una cajetilla de cigarrillos llegó a costar 4 billones de marcos. Se dijo que para entonces prácticamente todos habían perdido la fe en el futuro y en el presente.

Y terminaría diciendo que con la deuda se trasladan los gastos que causa hoy el gobierno, a las generaciones futuras, a quienes ahora son Jóvenes o niños o aún no han nacido. Es muy probable que algún diputado exaltado cite las palabras del nuevo embajador alemán, Matthias Sonn, en su discurso del Día de la unidad alemana, cuando dijo: “No es justo vivir a costo [costas o costillas] de generaciones futuras”.

Algunos diputados piensan que la libertad no es inherente al hombre sino algo que debe proveer el Estado. La conceptualizan como aquella que hoy disfrutan los cubanos. La entienden como la que tuvieron los alemanes del Este hace 25 años o los rusos durante más de 70 años el siglo pasado.

Ellos razonarán que sólo un Estado grande y fuerte puede someter a los poderosos grupos económicos al imperio de la Ley y proveer a los ciudadanos más débiles el soporte que necesitan para evitar ser explotados. Dirían que la Suecia de hoy (les encanta citar a Suecia) que no es un estado comunista sino uno con una economía capitalista, toma 49.6% del PIB para cubrir el costo de tener gobierno.

La réplica no tardaría en llegar: En Suecia, los empleados aportan al Estado 29.6% de sus salarios y el IVA se eleva a 25%, mientras que solo se grava el capital con 7.1% y a las sociedades con 3.6%. En otras palabras, los suecos gravan el consumo y el trabajo pero no el capital. También les responderían que Suecia es un país de ricos, donde los muy ricos son sumamente escasos y los pobres (6%), no son suecos sino inmigrantes.

Además, si los suecos son felices teniendo un gobierno grande, eso es parte de su libertad. Porque allí los mariachis los pagan prácticamente todos. Los diputados terminarían dando vuelta a ese argumento, afirmando que en Europa, solo Luxemburgo y Noruega tienen una deuda menor que la sueca.

Alguien podría intervenir diciendo que hay deudas buenas y deudas malas y que la satanización del endeudamiento es un error. Pero ese argumento lo desbarataría inmediatamente otro diputado, con una simple pregunta como: Dígame usted, señor diputado ¿considera usted que esta, la que estamos discutiendo de casi tres millardos de quetzales, es una deuda buena o una deuda mala? Fin de ladiscusión.

Cuando se teoriza sobre la deuda pública, suele abstraerse el entorno nacional. Se discute como si los políticos, sus partidos, sus ambiciones y su corrupción no existieran. Se crean escenarios que permiten considerar que endeudar más al país puede ser bueno. Pero al poner los pies sobre la tierra y volver al mundo real ninguna deuda puede ser considerada buena, ningún monto diferente de cero puede ser ideal. Ningún plazo, por largo que sea, ninguna tasa de interés por baja que fuera, es capaz de justificar el endeudamiento que hace que nuestros hijos y nietos se obliguen a pagar la malversación de los gobernantes en todos los tiempos.

El endeudamiento debiera ser una acción completamente privada. Porque cuando se endeuda un empresario, él está poniendo en riesgo su capital, su bienestar y el de sus hijos y nietos, mientras que los políticos en ningún momento arriesgan lo suyo. Ellos siempre han de ganar, porque juegan con el dinero de otros, el de los ciudadanos que pagan los impuestos.  

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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