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Reflexión

Politización del Ejército y el "triunfo" de Jacobo Arbenz Guzmán
Fecha de Publicación: 01/10/2013
Tema: Historia

 

Estas últimas semanas en las que la figura de Jacobo Arbenz fue elevada a niveles de prócer de la independencia, de la conciencia social, de la santidad y del heroísmo, particularmente por quienes consideran que el socialismo marxista es lo que resuelve la ansiada satisfacción de los ciudadanos, es necesario reabrir los episodios sumamente destructivos de su gestión destapando el doble rasero con el que los ideólogos de la extrema izquierda ensalzan la gestión de sus representantes pero ocultan las ilegalidades, el despotismo y la satrapía con que ejercieron el poder cuando les llegó su turno.


Y es que cuando uno vivió de niño y adolescente, aquellos años de la “primavera democrática” no puede dejar de indignarse ante la engañosa pretensión de los grupos “progre” de pintar un panorama de perfección, que suaviza los tonos rojos con que también fue manchado el territorio nacional en aquella época.


El 20 de octubre. Mi primer recuerdo de aquella madrugada, fue la alarma que provocó la visión de una tanqueta colocada en la esquina de mi casa, allá en la zona 1, por la iglesia La Recolección. Por ser mi padre sobrino de Jorge Ubico, (aunque lejos de gozar de privilegios fue “disciplinado” con una buena dosis de arbitrariedad), no solo se amenazaba la integridad de la familia sino se llegó a rumorar que querían linchar a mi padre por su parentesco con el expresidente. Luego, la veloz salida del inmueble para evitar que mi madre y yo fuéramos objeto de abusos ante el cateo anunciado para horas de la tarde. Con el temor pintado en la cara de mi madre fuimos trasladadas a la casa de mi abuelo materno, en busca de seguridad contra los actos vandálicos y las turbas revolucionarias que si bien no llegaron a saquear mi casa, si lo hicieron llevándose todos los haberes que se encontraban en la casa que aun habitaba el expresidente y su esposa.


Politización y división en el Ejército. Pasados un par de años, ya estando Arévalo en el poder, contaba mi padre cómo la organización del ejército fue reformada para ubicar en puestos de mando a dos de los tres triunviros, sin supeditación de uno u otro. Así se dispuso el nombramiento por parte del Presidente, de Jacobo Arbenz Guzmán como Ministro de la Defensa; el Congreso a su vez, escogió a Francisco Javier Arana como Jefe de las Fuerzas Armadas, convirtiendo así al Ejército en una especie de Estado dentro del Estado.


Se creó también el Consejo Superior de la Defensa, cuyos miembros eran electos por medio de sufragio directo emitido por todos los jefes y oficiales de alta en la República, quienes pasaron a constituir una instancia que determinaba decisiones importantes relativas a la institución. Esa modalidad de organización provocó la división y la politización de las fuerzas armadas, desvirtuando su tradicional jerarquía y su sentido de unidad.


De allí la pugna que en 1949 fue subiendo de tono entre las corrientes de la oficialidad que definirían el apoyo hacia el contendiente que sería ungido como el candidato oficial ante el inminente proceso electoral para la elección general, que determinaría al sucesor del doctor Arévalo.


Consecuente con esa dualidad de las jefaturas, se conformaron dos planillas: una encabezada por el Jefe de las Fuerzas Armadas, el Coronel Francisco Javier Arana, y la otra, por el Ministro de la Defensa, Coronel Jacobo Arbenz Guzmán. Obviamente, el Presidente se inclinaba por Arbenz con quien había estrechado relaciones durante su gobierno ante la visión de promover la transformación de Guatemala hacia un Estado socialista. Arana creía en el sistema republicano y democrático y por eso rechazó las propuestas que le instaban a dar un golpe de Estado. Su respuesta siempre fue, “Si llego al Palacio quiero hacerlo por la puerta grande”


El asesinato de Arana: Fue en ese contexto y encontrándose dividida la oficialidad alrededor de los dos jefes militares, cuando el 14 de julio de 1949, encontrándose mi padre en funciones como Jefe de la Escuela de Aviación en los Cipresales, fue llamado para informarle que, por órdenes del Coronel Arana, Jefe de las Fuerzas Armadas, había sido nombrado Comandante de la Fuerza Aérea en sustitución del Coronel Cosenza, aliado de la facción que apoyaba a Arbenz, ya que había llegado información que se planificaban acciones para excluir a Arana de la contienda.


Ante las instrucciones terminantes, tomó posesión el día siguiente, viernes 15, iniciando de inmediato el proceso de revisión y levantamiento de actas sobre el inventario de armas en posesión de esa base aérea. Esa actividad tuvo continuidad el fin de semana, y el domingo 17 se sorprendió al encontrar en un cuarto oscuro, reservado para develar fotografías, varios baúles con ametralladoras Raising, calibre 45 y otras tantas de marca argentina, además de 5000 cartuchos, fajas de tiros, bayonetas y algunas bombas incendiarias. De inmediato informó a Arana del hallazgo quien enterado se trasladó a verificar el armamento y le dijo: “Esto es algo de lo que estaba buscando pero me faltan 300 fusiles.” Mientras llegaba el Jefe de Maestranza a recoger las armas encontradas, Arana se sentó a platicar con él y con el Coronel Marco Antonio Vargas, quien asumiría la jefatura de la Escuela en Los Cipresales.


Antes de retirarse y habiéndose depositado el armamento donde correspondía, le comentó a mi padre que al día siguiente, mandara a recoger las urnas con los votos emitidos por la oficialidad en las que se definiría quien sería el candidato apoyado por la institución. Efectivamente a primera hora fueron enviadas naves aéreas a cumplir con lo ordenado transportando las urnas y a los representantes, testigos de las votaciones en Cobán y otras zonas militares de difícil acceso por tierra.


Así llegó el lunes 18 de julio, y todavía en el proceso de levantar inventarios, alrededor de las 9 de la mañana, le avisaron que lo buscaba el Jefe del Estado Mayor, Coronel Arana, quien había llegado acompañado del coronel Absalón Peralta y de su piloto, Francisco Palacios. Arana le comentó a mi padre, que iba camino al Morlón a recoger los 300 fusiles que faltaban del embarque. Mi padre le manifestó preocupación por ese viaje, en el marco de un ambiente enrarecido y ofreció ir él mismo, pero Arana le dijo que no se preocupara porque el Presidente iba a ir con él.


Sin embargo, cuando se encaminaban desde un hangar hacia la oficina, un oficial se acercó para decirle a Arana que lo llamaban por teléfono. Este se dirigió a la oficina para tomar la llamada y cuando salió le dijo a mi padre que ya no lo acompañaría el Presidente sino el Jefe del Estado Mayor presidencial, coronel Felipe Antonio Girón.


Arana subió a su camioneta y se sentó en el lugar del chofer a quien dijo que se pasara atrás con el coronel Peralta, pues solo pasarían por el Coronel Girón y él se iría manejando hacia Amatitlán.


Pasado el mediodía mi padre se dirigió en su carro (en ese tiempo los jefes manejaban su propio vehículo) a la Escuela de Aviación Los Cipresales para hacer entrega del cargo al Coronel Vargas. Siendo las 13.40 y cumplida su misión, pidió a un oficial que llamara a la Aurora para avisar que ya iba en camino hacia la Fuerza Aérea; sin embargo le indicaron que no se podían comunicar y que la línea estaba cortada. Al salir de la zona 6 para dirigirse hacia el sur de la capital sí notó un movimiento excepcional y circulando sobre la 12 avenida lo alcanzó un jeep que le tocó insistentemente la bocina. Era el coronel Ernesto Neiderheitmann quien le preguntó si ya tenía conocimiento que habían matado al Coronel Arana y que le aconsejaba que se refugiara en una Embajada porque a él lo matarían. Mi padre le indicó que su obligación era hacia la Fuerza Aérea y que iba a presentarse de inmediato con la esperanza de que no hubiera sido tomada a esa hora.


Dejó su carro en la casa de un amigo a quien le pidió que lo fuera a dejar. Comentaba mi padre, cómo, al pasar Los Arcos, un jeep con ametralladora corría tras ellos y comprendió que era demasiado tarde. Al llegar a la Aviación, la puerta estaba cerrada. Bajó del vehículo y dijo a su amigo que se fuera y avisara a su casa lo que ocurría. Al abrirse la puerta inmediatamente un capitán y un teniente que eran parte del Estado Mayor del presidente Arévalo le pusieron ametralladora en la espalda. En esa condición vio venir al Coronel Cosenza quien se dirigió a él conminándolo a entregar su arma e indicando que lo sentía pero que lo tenía que enviar preso al sótano del Palacio.


Cuando esperaba que lo llevaran detenido hubo una llamada del Coronel Arbenz quien pidió su colaboración a mi padre a lo cual le respondió que no la necesitaba pues estaba claro que ya muerto el Coronel Arana él tenía todo el poder para nombrar a quien quisiera. Al subir al jeep que lo llevaría escoltado vio entrar a unos 30 hombres, a quienes identificaron como del SAMF, que llegaban a buscar las armas que ya no encontraron. Minutos después, Cosenza habló de nuevo con Arbenz quien le ordenó que llevaran a mi padre a su casa, la que tendría por cárcel en tanto se resolvía la situación. Ese “favor” lo salvó de ser baleado y asesinado en el sótano del Palacio por achichincles del Presidente y de su ministro de la Defensa.


A decir de mi padre, la muerte del Coronel Arana se debió a que habiendo ganado la elección la planilla que él encabezada por el voto favorable de los oficiales, se definía el apoyo del Consejo Nacional de la Defensa para lanzar su candidatura en las elecciones generales que ya se perfilaban. Por supuesto aquello no era lo deseado ni esperado ni por el Presidente ni por sus cercanos colaboradores, de manera que la muerte de Arana, vino a resolver aquel estorbo; se anularon las elecciones, se repitió el proceso y el triunfo de Arbenz quedó asegurado.

 

(Continuará)

 
 
   
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