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Mi Esquina Socrática

A una bella amiga afligida por el asedio a Donald Trump
Fecha de Publicación: 02/02/2021
Tema: Política
Primero, aclaro, que tanto ruido mediático del momento es de carácter temporal y provisorio.

Tengo el honor y el gusto de conocer a otras damas igualmente merecedoras de esta misma misiva, de manera que no quiero apropiarme de la angustia por nombre y apellidos de tan solo una.

Desde mi modesto ángulo de educador, Trump ya estuvo en su mejor momento durante esos cuatro años de su gestión presidencial. Y creo que para dentro de otros cuatro es muy probable que se le dé una reiterada oportunidad para lograrlo de nuevo.

Porque parece ser esa probabilidad de su regreso el único aguijón tan subjetivo y prejuicioso de parte de quienes tanto lo resienten y odian, y que por eso mismo pretenden ahora anticipársele con esa jugarreta de un nuevo “impeachment”. Lo que resulta más escandaloso cuando para ese momento Trump, ya fuera del cargo, ha regresado a ser un ciudadano común y corriente más.

Y todo ello con la no menos retorcida intención de cerrarle el camino constitucional a un retorno suyo a la presidencia.

El enanismo humano de Nancy Pelosi, Chuck Schumer y Adam Schiff, que de por sí ya han degradado tanto la calidad moral de aquel documento único de los Padres fundadores de esa democracia tan genuina de otrora.

Pero Donald Trump, al fin y al cabo, es y lo ha sido siempre un hombre de negocios. Y en cuanto tal, un personaje de singular éxito, lo que ha exacerbado la envidia en su contra, o la simple animadversión, de sus competidores aun más opulentos del Silicon Valley y de la industria de Hollywood.

Tanto teatro cínicamente montado en su contra por lo muy menos me entretiene y por lo muy más aún me sirve de herramienta educativa a mi avanzada edad.

Porque la clave que retengo para mi salud mental en estos momentos de tantos peligros potenciales es la autonomía ética de mi conciencia derivada a su turno de ese otro concepto clave de la mercadotecnia: el de sopesarlo todo al largo plazo.

Y a tal plazo me resulta fácilmente predecible el momento de su reivindicación final tras otros dos no menos decisivos: el de las elecciones parciales en los Estados Unidos para dentro de dos años y el de las elecciones generales para dentro de cuatro.

Con respecto a las primeras, entreveo que Donald Trump podría arrebatarles a los demócratas por segunda vez su muy tenue mayoría del presente en la Cámara de Representantes al tiempo que reconquistaría numéricamente el control del Senado. Y con respecto a las segundas otra posterior mayoría que le permitiría el regreso triunfal a la Casa Blanca.

Esa es de veras toda la motivación para el montaje de ese ilegal “impeachment”.

Para ambos plazos baso lo por mí razonado en dos supuestos simples: el monumental fracaso que anticipo para el gobierno presidido por Biden, sobre todo en lo económico, y en lo exterior su no menor debacle respecto a su capitulación frente a la dictatorial China comunista.

Pues la vida de Trump, como la de cualquier otro empresario, se ha desarrollado en torno a esa visión tan típicamente empresarial del “largo plazo” en mundo de continuos altibajos. Sin ella, cualquier otro que se lanzase a competir en ese mismo mundo de la oferta y la demanda fracasaría con absoluta certeza.

Es este, a su vez, el teatro de la competencia empresarial, el más propicio a un tiempo para los triunfos múltiples y los reiterados fracasos, y quien no disponga de los arrestos para perseverar en esa lucha sin cuartel de la implacable competencia en cualquier mercado de su elección, estará de antemano condenado a su extinción temprana.

Y es esa determinación también lo que más admiro en el empuje empresarial: el indómito coraje para perseverar en la lucha tras cada derrota.

Es más, lo mismo hago extensivo a cualquier otra actividad competitiva, sea, por ejemplo, en la militar o en la deportiva, desde aquellas con arcos y flechas hasta las más ominosas del presente atómico.

Y a este último respecto, quiero recordarles ahora ciertas figuras no menos heroicas de mi juventud:

El 18 de junio de 1940 un recién ascendido al rango de General en el ejército de Francia, Charles de Gaulle, cuando ya sus enemigos alemanes habían ocupado esa joya universal que llamamos París, dejó oír su firme voz desde la BBC de Londres con estas palabras verdaderamente inspiradoras: “franceses y francesas, Francia ha perdido una batalla pero no ha perdido la guerra”.

Casi en los mismos términos simultáneamente se expresó aquel otro león británico que respondía al nombre de Winston Churchill y ante la misma aplanadora militar de la “Wehrmacht” alemana en cuanto instrumento potencialmente invencible de Adolfo Hitler para la invasión de las islas británicas:

Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas, pero ¡jamás nos rendiremos!

También recuerdo a otro contemporáneo de esos dos gigantes de la competitividad militar al “largo plazo”, aunque remarcando que tan solo siete años más temprano (1933). Me refiero al poliomielítico Franklin D. Roosevelt, quien se hacía cargo de la presidencia de los Estados Unidos en la situación más difícil de todas, en plena Gran Depresión económica. En tan desalentadoras circunstancias, animó a su deprimido pueblo con otra exhortación no menos motivadora: “permítanme asegurarles mi firme convicción de que a lo único que debemos temer es al temor mismo…

Tal actitud la creo imprescindible para triunfar al “largo plazo” aun en cualquiera escenario de máximo riesgo, tanto en la competencia empresarial como en esa otra de manumilitari que es la guerra.

Jamás cejar ante la adversidad ha sido siempre la clave para todo aquel que pretenda competir al muy “largo plazo” en cualquier campo y en cualquier circunstancia.

Y de esa fibra está hecho, creo, este sorprendente político improvisado de nuestros días que se llama Donald Trump.

Sea dicho de paso, algo muy parecido ha ocurrido en las competencias deportivas. Recuerdo todavía vivamente el caso sensacional de mi más temprana juventud cuando para las olimpiadas de 1936 el afroamericano Joe Louis inesperadamente derrotó de un certero nocaut al símbolo racial de Hitler, Max Schmeling.

Y de la misma manera podría aludir a innumerables casos más en los variados campos para competir al “largo plazo”. Por eso creo que quien se mantenga en la lucha, aun al precio de múltiples derrotas, son los selectos para quienes siempre les es asequible el triunfo final.

Así estimo que piensa también Donald Trump.

Y de esta manera, en cuanto testigo de tan novedosa y no menos enconada competencia por el supremo poder político entre multimillonarios de los Estado Unidos de hoy, el veredicto definitivo está muy lejos de haberse en definitiva pronunciado.

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