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Recordando a Muso

Fortunas enriquecedoras
Fecha de Publicación: 24/09/2020
Tema: Construir el Estado
 

Fortunas enriquecedoras y fortunas empobrecedoras. Este es el tercero –y último-- artículo de la trilogía sobre la formación de las fortunas. Fue publicado originalmente por su autor, Manuel Francisco Ayau Cordón, en el diario Prensa Libre, el 17 de octubre de 1996.

 

Nota del editor: En 1996, cuando este artículo fue publicado, el señor Gates gozaba de indiscutible prestigio. La controversia que ahora rodea su vida y actos (incluso el origen de su fortuna) aún no acontecía.

 


La inmensa fortuna del hombre más rico del mundo, Bill Gates, es producto de haber aumentado la riqueza de todos quienes acrecentaron la propia gracias a las invenciones en computación que él aportó. El mundo es inmensamente más productivo gracias a sus inventos: él enriqueció enriqueciendo al mundo.

Cuando se vive bajo un sistema de igualdad de derechos, la única forma de hacer fortuna es enriqueciendo a los demás. En cambio, cuando el Gobierno o el Congreso concede privilegios a personas, empresas o corporaciones la fortuna producida es a costa del empobrecimiento de la sociedad. Estos privilegios son otorgados dentro de la legislación vigente, por ejemplo, mediante una ley que los ampara y les asegura permanencia.

Bajo un régimen de igualdad de derechos no existe la posibilidad de usar el poder coercitivo del Estado para privar a los demás de su derecho de recurrir a opciones que otros voluntariamente ofrecen. Prevalece lo que se conoce como un libre mercado o una economía de mercado, basada en la conocida trilogía: respeto a la vida, a la propiedad y a los compromisos.

Bajo el Estado de Derecho, las personas compiten entre sí para satisfacer las necesidades del resto de la población porque no tienen otra opción. Compiten cuando compran recursos y cuando venden productos. La fortuna la logra quien enriquece más al resto de pobladores tanto cuando compra como cuando vende. El empresario siempre está sujeto a las prioridades, gustos y poder adquisitivo de los pobladores. En una sociedad libre no hay cabida para leyes que impidan a la gente recurrir a opciones que ofrezcan mayor calidad o menor precio.

Bajo la libertad que ofrece el Estado de Derecho, los trabajadores pueden cambiar de empleo, yéndose a la empresa que mejores condiciones les ofrezca. En teoría al menos, esa es una decisión que moviliza todos los días a la fuerza laboral de un país. De igual manera, quienes producen los insumos o prestan los servicios que las empresas necesitan pueden otorgarlos a quien mejor pague por ellos, al que más los enriquezca.

Por su parte, el empresario que acierte mejor en satisfacer (o enriquecer) al consumidor será quien, a su vez, puede pagar mejor al dueño de los recursos que contrata, incluidos, desde luego el trabajo físico o intelectual. Es así como, indirectamente, los dueños de tales recursos, obtienen su mejor remuneración en la continua negociación del mercado, conforme su habilidad para contribuir al bienestar de los demás.

La competencia por los favores del consumidor consiste en una permanente búsqueda por conocer sus gustos, preferencias y prioridades. Cuando no existen leyes que distorsionen los precios, de los recursos y productos para el consumo, estos se establecen a manera de satisfacer los usos prioritarios de la sociedad. He allí la función del sistema de precios mediante el cual se reciben las señales que guían la acción a manera de maximizar el bienestar general.

El destino de todos los recursos lo determina el plebiscito económico diario, donde el elector es el consumidor que elige a quien habrá de enriquecer. Vota con el dinero que, a su vez, recibió a cambio de su propio aporte al enriquecimiento de los demás. Ese voto es dado con más íntimo conocimiento de causa que el que otorga a un político, como el alcalde, el diputado o el presidente.

Aquí, su derecho a votar lo obtuvo como recompensa, al haber participado en la competencia por servir a los demás. Es un voto fraccionado: cada billete que posee representa un voto y él decide a quién o a quienes otorgarlo. La sociedad libre automáticamente enriquece con el voto de los habitantes, concedido a quienes le han servido mejor. Es decir, eligen a quién enriquecer y a quienes no enriquecer; esto sucede en un ambiente de libertad para producir, consumir y servir sin coerción ni privilegios.

Es una competencia donde todos tratarán de aumentar su bienestar y fortuna enriqueciendo a los demás, aunque su motivación no sea altruista. El hecho es que bajo esas condiciones una fortuna sólo se puede acumular sirviendo a la población. El altruismo no se practica en el acto de hacer fortuna, sino en la forma cómo se dispone de ella. Quien, en el ámbito de la producción, se comporta de manera altruista, no podrá competir en enriquecer a los demás por mucho tiempo, salvo que todos sus competidores se comporten de igual forma.

La riqueza del mundo no es estática. Aumenta con el trabajo, el ingenio, la iniciativa y cada intercambio libre. En una compraventa libre no es cierto que lo que uno gana es lo que el otro pierde. Las dos partes ganan, pues para cada uno, lo que recibe, vale más que lo que entrega a cambio. De no ser así, tal intercambio no sucedería. Aunque aparente ser contrario a la lógica, se puede demostrar que, en un intercambio, la suma de lo que las dos partes reciben es mayor que la suma de lo que cada uno entrega.

La riqueza en el mundo cada año es mayor. Hay más casas, más caminos, más electrodomésticos, más medicinas, más tiempo para descansar y estudiar. Hay más de todo lo que hace agradable la vida. Y toda esa riqueza ha sido creada por el hombre, porque el estado natural del ser humano es la pobreza.

La fortuna enriquecedora es legítima porque a todos los que contribuyeron libremente para hacerla son retribuidos; el trabajador, con su salario; los proveedores, pagando los precios contratados; el empresario, con sus utilidades y el Gobierno, con los impuestos.

Los trabajadores colaboran con quien les ofrece la mejor opción, dadas las condiciones del país. En este sistema, las grandes fortunas no causan pobreza, son evidencia del grado en que han contribuido a disminuir la escasez. Son fortunas enriquecedoras. En cambio, cuando el Gobierno o el Congreso conceden privilegios, las fortunas empobrecen a la población y los trabajadores, perjudicados, emigran a otros países buscando mejores condiciones de vida.