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Invitado de honor

Mateo Echeverría: Madrugadas tristes
Fecha de Publicación: 15/08/2020
Tema: Piel adentro
El hambre me despertó en medio de la oscuridad. Quizás fue al revés, primero desperté y después me dio hambre, ya no estoy seguro. Aunque sospecho, juzgando por los rastros de lágrimas en mis ojos, que se trata de la arrolladora tristeza que habita en mi interior.

Sí, ahora que lo pongo por escrito, no tengo duda de que se ha escapado y anda merodeando de nuevo por aquí en mi pequeña habitación. Siempre he pensado que la sonrisa que todos me conocen, esa que está inmortalizada en mis fotos, está averiada. Porque si no, no me explico por dónde se me escapa.

Mi primera hipótesis es que duermo con la boca abierta y quizás aproveche por la noche para salir entre la hendidura de mis labios. La segunda es que lo hará entre la rendija de mis ojos dejando sus huellas mojadas en mis pupilas. Imperceptible pero regia, aflora por todas partes como si de una tormenta que llega sin previo aviso se tratara. Todo esto, en medio del silencio nocturno.

Si no está averiada, mi sonrisa debe ser falsa. Y entonces pienso en Robin Williams, pero prefiero olvidarlo. Veo mis fotos y no me reconozco, toda esa tensión muscular no puede ser mía. Por lo menos, no del mismo que escribe estas palabras sin sentido. O quizá solo sea cierto eso de que no hay alegría sin tristeza, como escribió Benedetti.

No sé por qué habré llorado mientras dormía, pero no tardaré en descubrirlo. Y es importante que lo haga, porque, ahora que lo pienso, si existe una razón por la que casi siempre estoy contento es porque aprendí que cuando la congoja te arropa, hay que dejarla pasar, hacerle espacio y vivirla por dentro. Es una manifestación fuerte de vida, por lo que no hay que temerle. La tristeza es bondadosa, aunque no lo parezca, es nuestra compañera, jamás te deja con las manos vacías al marcharse. Es más, creo que la tristeza es el menos egoísta de los sentimientos, porque viene, te da todo lo que le permites, liberándote del dolor que te sobra. Y después, te deja preparado para la alegría. No es como el amor que insaciable, exige todo de ti, te pide más y más hasta dejarte vacío y solo. La tristeza siempre pierde, es parte de su naturaleza.

Sentado en la cama escucho el incesante goteo del grifo que viene desde la cocina. Reparo en ello porque el silencio de estas horas de la madrugada le permite existir. Y hay personas y objetos que solo existen bajo las condiciones del silencio y la soledad más absolutas. Creo que debería callarme más seguido para apreciar todos esos grifos en mi vida que permanecen allí a pesar de mi indiferencia, mezquindad y egoísmo. Todas esas personas y objetos que pasan desapercibidos.

Uno de ellos es nuestra querida amiga la tristeza a quien, como un ignorado grifo interior que contiene el dolor, se le escapa una gota tras otra sin que lo notemos, cada una contenida de pequeñas penas y diminutas frustraciones, hasta que se acumulan y se convierten en una carga imposible de llevar. Entonces, la tristeza interviene y te desahoga sacándolas por la hendidura de los ojos en forma de lágrimas. Y te relaja. Llorar libera y sana. Es una de las cosas más sublimes que provee la tristeza. Luego, lo importante, hay que preguntárselo, hay que preguntarle por qué ha venido y escuchar el mensaje que trae.

Me levanto y, a través de la oscuridad, veo de frente la soledad. Para ser más preciso y no falsear la realidad de lo que siento con este lenguaje artificioso debo decir: me doy cuenta de que estoy solo. Y no es una queja, es la afirmación de un hecho. Un hecho común, e intrascendente por otra parte. Intrascendente porque creo que todos lo estamos; aunque también es verdad que hay algunas soledades más pesadas que otras, algunas que aprenden a hacerse compañía.

Salgo del cuarto y voy por una taza de café. Nunca es muy temprano para empezar el día, a pesar de que la noche se resiste y niega a marcharse. Siempre he tenido esa mala costumbre, la de empezar una cosa sin haber terminado la otra. Y cuando vuelvo la vista observo retazos inacabados, inconexos, desperdigados, perdidos y olvidados en mi memoria. Mi memoria: una unión de deseos y recuerdos en los que no reconozco qué leí, qué viví, y qué inventé. Todo está a medias.

El silencio de la madrugada también me permite escuchar el tumultuoso ruido interior mientras camino hacia la cocina. ¿Por qué habré llorado durante la noche?pregunto con esperanza de que la tristeza me conteste. Me sirvo el café sin darme cuenta de que lo estoy haciendo. ¿Cuántos detalles me pierdo por estar ensimismado en este diálogo interior que jamás calla?

Presto atención: siento el frío del suelo en la planta de mis pies, el calor que entra por la garganta con el café, mis párpados pegajosos que se mueven con lentitud, y escucho el goteo del grifo que me acompaña. La noche es un prolongado grito silencioso que puede ser amenazante y a la vez hermoso, en el que todos los grifos de todas las casas luchan por hacerse notar, reclaman nuestra atención y desean existir.

Todo esto lo cuento como lo recuerdo porque, tras las inútiles cavilaciones matutinas, me senté a leer y pronto me quedé dormido, dejando otra lectura a medias y otra tristeza desatendida. Me desperté y vi el libro abierto, la taza con el café frío y medio vacío, el cuaderno con una frase sin terminar y el corazón palpitando vigoroso sin entender nada y sin tiempo para preguntar. El corazón me pide salir con cada latido, quiere vivir, y no necesita razones para hacerlo. Su tendencia es crear, amar, ymultiplicarse para engañar a la muerte.

Tengo el recuerdo de que estaba triste, pero nunca averigüé por qué, y si lo hice, ya lo olvidé. Ahora me encuentro en la activa y feliz ignorancia. Así como volví a olvidarme del grifo, también olvidé el motivo de por qué escribí esto en un primer lugar. Por suerte, la alegría y la felicidad no necesitan razones ni motivos, se bastan ellas mismas. Y yo les agradezco por ser así.