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Recordando a Muso

Las fortunas (Parte I)
Fecha de Publicación: 13/08/2020
Tema: Construir el Estado
Fortunas enriquecedoras y fortunas empobrecedoras

 Este el primero de una trilogía sobre ese tema. Fue publicado originalmente por su autor, Manuel Francisco Ayau Cordón, en el diario Prensa Libre, el 26 de septiembre de 1996.


El hecho de que existan grandes fortunas en medio de la pobreza ha molestado a muchos y repugnado a algunos desde tiempo inmemorial, al grado de causar conflictos que a la postre costaron millones de vidas.

Además, el tema de las diferencias de riqueza ha tenido enorme influencia en las políticas fiscales y económicas, cuyo efecto empobrecedor ha sido contrario a la posible intención del legislador, aunque no se perciba así.

Las llamadas transferencias, hanllegado a formar parte del lenguaje económico contemporáneo. Principalmente, no son sino un medio para disminuir coercitivamente esas diferencias (por la fuerza de la ley), ofreciendo productos y prestando servicios a unos que son pagados por otros.

Las serias y extensas consecuencias del problema de cómo se perciben las diferencias, obliga a todo hombre de buena voluntad a ponerlo sobre el tapete de cuando en cuando. Hay que revisar las premisas que ya en todo el mundo se aceptan como dogma religioso. Mientras sea así, mientras no intervenga la razón, más tiempo se prorrogará la pobreza de muchas personas, de muchas familias, de muchas naciones.

El problema surge de la falta de discernimiento entre dos tipos de enriquecimiento lícito. Hay fortunas enriquecedoras; lo son porque se hacen enriqueciendo a los demás y fortunas empobrecedoras que, por lo contrario, se erigenempobreciendo a los demás. Evidentemente, las implicaciones morales de una y otra son diametralmente opuestas.

¿Cuál es la diferencia entre unas y otras fortunas? La frecuente confusión entre igualdad de oportunidades e igualdad de derechos complica el tema. Las diferencias de oportunidad están más allá de la ley y de los gobiernos.
Nadie negará, por ejemplo, que tiene más oportunidades quien está dotado de inteligencia o algún talento apreciado por la comunidad, quien no es feo, quien nace en un país rico o de una familia rica, en una época próspera, en época de paz, dentro de una cultura avanzada, etcétera.
Además, toda persona tiene una individualidad propia, que es tan distinta (desigual) como lo es su voz, el iris de su ojo o su huella digital. La desigualdad de circunstancias, producto del azar, de la historia y de los genes, no corresponde ni puede ser corregida ni compensada por los medios coercitivos al alcance de los gobiernos.

Lo deseable, y lo más que podemos aspirar a tener, es un régimen de igualdad de derechos, donde el débil y el poderoso estén sujetos a las mismas leyes. Esto implica aceptar que en lo económico y en otros órdenes habrá resultados que serán desiguales, como lo aceptamos en competencias deportivas. En ellas, con las mismas reglas para todos, los resultados no lo son.

En el deporte no se ajustan las reglas para disminuir las diferencias. Simplemente no es dable pensar que hubiese un consenso para regirnos por reglas distintas, según a quién se le van a aplicar, como ocurre con el sistema mercantilista que ha regido en América Latina. En contraste, un genuino Régimen de Derecho sí merecería aprobación consensual de la comunidad porque, como todos gozan de igual trato, nadie se siente injustamente tratado. No hay privilegiados por ley.

Comentario de pie de página:

El artículo anterior incluía una nota del autor que refería la reciente (a mediados de septiembre de 1996) desarticulación de la así llamada Red Moreno, dedicada al contrabando. El gobierno lo presidía Álvaro Arzú y la investigación había sido desarrollada personalmente por Luis Flores, vicepresidente de la República. Dos de los más importantes militares de la época fueron vinculados. La nota decía lo siguiente:

26 de septiembre de 1996
Me uno a las múltiples felicitaciones al presidente por su decisión y firmeza en la persecución de criminales y defraudadores. Es muy triste, pero es la verdad, que es tan raro que pase por el Gobierno un presidente honrado y dispuesto a que se cumpla la ley, que cuando al fin llega uno, todo el país se congratula por tan buena suerte.

Una palabra de cautela: Ya hemos visto en los últimos años cómo se destruyen reputaciones de personas inocentes por aligeradas acusaciones sin pruebas. El daño para esas familias honradas que han vivido una vida de sanos principios es irreparable y constituye una gran crueldad. Ojalá el celo de los funcionarios sea responsable y no manchen la encomiable labor del Presidente, cometiendo injusticias. Pocas cosas son más valiosas que una buena reputación, y lamentablemente, la gente está siempre propensa a no dar el beneficio de la duda, por falsa que resulte después una acusación.