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Recordando a Muso

El fracaso de la política económica
Fecha de Publicación: 06/07/2020
Tema: Economía
Este artículo fue publicado originalmente por su autor, Manuel Ayau Cordón en el diario Prensa Libre, el 15 de junio de 1968.

El CEES publicó un folleto del autor titulado: «Riesgos del Mercado Común Centroamericano» (Folleto No. 97 de lo. de Marzo de 1965). Allí se preveía el resultado natural de la política económica adoptada. Lamentablemente tenía razón. Las patadas de ahogado que ahora dan los gobiernos de Centro América para salvar «la balanza de pagos» evidencia el fracaso de la política económica adoptada.

Pero más lamentable: Las medidas recién establecidas no son más que una intensificación de la misma política y una extensión de la misma filosofía que ha causado la presente situación, y que, de no dar un viraje radical, la agravarán aún más.

El criterio simplista e ingenuo que priva es el siguiente: La balanza de comercio es la diferencia entre las exportaciones y las importaciones. Si esta diferencia es negativa, es decir, si tenemos una balanza de pagos «desfavorable» el remedio es restringir las importaciones; primero con altos aranceles, y luego como ello no ha dado el resultado deseable, con control selectivo de importaciones.

A primera vista, un argumento muy lógico. Pero es un argumento superficial que intentando corregir los efectos, agrava aún más las causas. Por ello es por lo que invariablemente se puede observar que siempre, cuando fracasan las primeras medidas, en seguida se adoptan otras que con semejante lógica también habrán de fracasar, agravando más cada vez más las causas del problema.

Tal es el caso que nos ocupa: Según nos informan los ministros, las primeras restricciones fracasaron. Entonces, ingenuamente se supone que no fueron suficientes. Ahora ponen más de las mismas y así veremos que a medida que se vaya tratando de corregir efectos con medidas que agravan las causas, indefectiblemente iremos cada vez más intensamente al fracaso.

Incurriré en el común error de tratar brevemente tan complicados temas, que son objeto de tratados serios sobre economía (aparentemente inadvertida por nuestros funcionarios y asesores).

Los ciudadanos de un país importan lo que no se produce localmente o que en otros países es producido más barato o de mejor calidad. Lo que se produce localmente y es mejor o más barato no se importa en cantidad importante, sino más bien se exporta. Es decir, y esto es lo importante, que lo que va a decidir la balanza de comercio es la productividad, la eficiencia de la economía.

La productividad de la economía depende de la óptima utilización de los recursos disponibles. Entonces, para desarrollarla es necesario:

Primero: Conseguir más recursos, escasos complementarios para aprovechar los que ya abundan. En nuestro caso, abunda mano de obra y falta mucho el capital y la tecnología que obligadamente lo acompaña.

Segundo: No distorsionar, a través del sistema impositivo, la estructura de precios, para que todos utilicen precios reales, y no precios artificiosos sesgados por distorsiones impositivas.

Tercero: No proteger —es decir, no garantizar el éxito a nadie— exponiendo a todos a la competencia internacional para eliminar, de antemano, la utilización de recursos que no es económica.

Pero todo lo anterior, no funciona sin individuos que lo hagan funcionar ¿Y cómo se logra que actúen? Garantizando al individuo su patrimonio, el fruto de su trabajo, de sus ahorros, de su ingenio y de su iniciativa. Es decir, eliminando el ataque constante a los frutos del éxito: Garantizando la propiedad y la no discriminación al producto de la utilización pacífica y legal de recursos y actividad individual.

Teóricamente, lo anterior es la receta ideal. ¿Y qué, o quién, entonces, impide que se adopte? Lamentablemente vivimos una época de crisis intelectual. Han resurgido bajo nuevos nombres teorías feudales nacionalistas y mercantilistas de hace siglos.

Siempre, el hombre inquieto ha considerado que, en su planteamiento, él es dueño de la razón. De lo contrario, ya hubiera cambiado de opinión, y adoptado el criterio correcto. Y eso está bien, y es lógico que así sea. ¿Cómo va una persona honrada a sostener un punto de vista que considera errado?

Sin embargo, sí constituye pretensión de dictador y de omnisciencia, y es por lo tanto es censurable, imponer un criterio utilizando para ello todo el poder coercitivo propio de la ley.

Y eso, precisamente, es lo que impide el desarrollo. La teoría anteriormente enumerada no es necesario imponerla para que entre en vigor. Lo único que es necesario para que predominen tales condiciones, que son necesarias para progresar, es abolir la legislación que impide que se establezcan.

Hay que quitar obstáculos. Lo único que se necesita es establecer un régimen de libertad para todo acto pacífico. Hay que expulsar el «crimen económico» eliminando las prohibiciones que convierten en fechoría aquellos actos pacíficos y libres dentro de un régimen legal. Hay que introducir leyes que garanticen los genuinos derechos del hombre de producir, consumir y servir, sin coerción ni privilegios. Es decir que nadie imponga su empresa por ley, para que se pongan en práctica todo emprendimiento que sea compatible con la libertad, excluyendo, por tanto, los que no lo sean.

Lograrlo no es tarea fácil: Debemos estudiar. Al legislar tenemos que dejar de improvisar. Suficientemente difícil es enmarcar la actividad creativa de los ciudadanos dentro de un régimen de derecho. Más difícil es reforzarlo. Pero todo ello, por difícil que sea, no debe crear impedimento para que intentarlo. Para que, definida la orientación hacia ese objetivo, nos acerquemos cada día más, dentro de nuestras limitaciones, hacia un verdadero régimen de derecho, el cual, a través de su manifestación positiva, la ley, haga posible la libertad y el progreso que de ella se deriva.